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Enlace Judío México e Israel – Pocos conocemos el nombre de Larry Tesler. Sin embrago, a diario utilizamos su genial invento, los comandos cut, copy, paste, tres instrucciones que en 1974 desde Xerox, y más adelante con la popularización de la Macintosh, se volvieron esenciales en nuestro día a día. Pues bien, algo similar ha sucedido en el campo de la genética que ha valido un Nobel. Contamos hoy con una herramienta con la capacidad de editar la información de todos los seres vivos, con la forma de cambiar el código de ADN, ya sea una sola letra específica o bien un trozo completo. 

Hace unos años, la anterior frase hubiera sido una idea surgida de la ciencia ficción. Sin embargo, hoy, dos investigadoras, por haberlo logrado, han sido merecedoras de la máxima medalla, el Premio Nobel de Química 2020, que por primera vez se otorga a dos mujeres.

¿Cambiar el código genético? Sin duda una habilidad con grandes aplicaciones, tanto en la medicina, en la agricultura y en la ciencia básica. Pero, ¿cómo?

Todo comenzó hace poco más de una década con el descubrimiento del mecanismo que usualmente las bacterias usan para defenderse de los virus que las infectan. Un tema que pareciera poco interesante para quienes prefieren las investigaciones con beneficios antropocéntricos inmediatos, pero que sin embargo abrió la puerta al posible uso de las de las tijeras genéticas de precisión, al cut, copy, paste de la vida, con innumerables aplicaciones. 

Para explicar un poco sobre ellas, debemos remitirnos a los inevitables acrónimos científicos: CRISPR. Por sus siglas en inglés clustered regularly interspaced short palindromic repeats o “repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente espaciadas”, que básicamente son secuencias repetidas que protegen de forma natural a las bacterias de la invasión viral y que el microbiólogo español Francisco Mojica descubrió y bautizó. Desde su hallazgo en 2005, muchos investigadores estudiaron cómo este proceso de protección funcionaba especulando sobre maneras de llevarlo más allá de las células procariontes.

Sin embargo, no fue hasta que la microbióloga Emmanuelle Charpantier de la Unidad Max Planck para la Ciencia de Patógenos y la bioquímica Jennifer Doudna de la Universidad de California en Berkeley, galardonadas con el Nobel, escribieron un artículo publicado por la revista Science en 2012, que el hallazgo de CRISPR cobró relevancia al poderse utilizar como estrategia práctica de edición.

Las hoy galardonadas con el Premio Nobel de Química encontraron que utilizando una proteína llamada Cas9 podían cortar con suma precisión el material genético, sin hacer daños colaterales, logrando que el sistema CRISPR integre al ADN la corrección deseada justamente en el espacio generado por Cas9. Así, el dúo CRISRP/Cas9 podía reparar a la perfección, y de manera segura, la sección del código genético que se buscaba modificar: copy, cut, paste. Una operación que el dúo de investigadoras hizo con éxito in vitro, es decir en laboratorio, y que inmediatamente provocó un tsunami en el mundo científico, por las enormes posibilidades que ello presentaba. 

De lograr llevarlo a los seres humanos, podría curar enfermedades genéticas, mejorar cultivos, perfeccionar combustibles, producir nuevos medicamento… incluso desarrollar tratamientos antivirales contra COVID-19 y mosquitos, capaces de controlar brotes de malaria. Hoy, cientos de laboratorios de investigación de todo el mundo están en ello, buscando la manera de aprender más sobre esta técnica, y decenas de nuevas empresas de tecnología genética han surgido, con la idea de capitalizar y llevar al mercado estos descubrimientos de forma segura, con un abanico de posibilidades enorme.

Tal como lo hizo en 1956 Bette Nesmith Graham, cuando siendo mecanógrafa inventó el grandioso liquid paper para corregir sus repetidos errores, sin saber que crearía uno de los productos favoritos que revolucionaría la forma de corregir textos eficientemente. Así, veremos sin duda las aplicaciones de CRISPR/Cas9 en un sinfín de ámbitos; seguramente bajo el escrutinio de la bioética y de las buenas prácticas, pero esta tecnología genética transformará de forma significativa nuestras vidas. Tenemos hoy una mirada privilegiada hacia el futuro y una responsabilidad hacia la forma adecuada de usar este revolucionario invento. 

Sin embargo, el mismo día de esta gran noticia para el mundo y la química, recibimos también una súbita despedida. La triste partida a sus 77 años del Premio Nobel de Química mexicano, el Dr. Mario Molina quien en 1995 fue reconocido por la Real Academia de las Ciencias Sueca por haber detectado a los clorofluorocarbonos como responsables de la destrucción de la vital capa atmosférica de ozono, poniendo en peligro de extinción la vida en el planeta. Su trascendencia, su influencia, su legado y su lucha por el medio ambiente queda para siempre en los corazones de todos los químicos, mexicanos, universitarios, pumas. Un goya al gran mexicano universal, por hacer de este, un mundo mejor.

Así, las tijeras acaban el día recordando que también existen las piedras. Inevitablemente hay algunos sucesos que aunque queramos, no podemos editar. Fue un día de dos polos opuestos en la historia de la química.

Descanse en paz.

 


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