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Hatzad Hasheni y Enlace Judío México e Israel – Israel vive días históricos: en seis semanas ha acordado normalizaciones y acuerdos de paz con Baréin, Emiratos Árabes Unidos y recientemente con Sudán. En las próximas semanas podríamos presenciar el anuncio de acercamientos o pactos con Yibuti, Omán y la guinda de la torta: Arabia Saudita.

GABRIEL BEN-TASGAL

No me cuento entre los que sufren “Bibifobia”, desmereciendo y objetando los acuerdos en base al hecho que quien los lideró fue el actual premier Netanyahu (de hecho, considero que su cadencia ha culminado). Por supuesto, israelíes cuestionan la venta de F-35 a EAU por parte de Estados Unidos con el visto bueno (negado vehementemente, aunque pocos le crean) por Netanyahu y otro tanto que aduce que Sudán recibió un “soborno económico” a cambio de reconocer a Israel.

Podemos acumular paja por pura ceguera o condicionados ideológicamente. Sin embargo, dos cosas se presentan con claridad: 1) El conflicto árabe israelí culmina e Israel mantendrá otras tres disputas (palestinos, chiitas y países pro-Hermanos Musulmanes); 2) Concepciones aceptadas durante años vuelven a demostrar su irrelevancia.

Desde hace años, se vienen alineando los cometas para la finalización del tradicional conflicto árabe israelí. El proceso se aceleró en los últimos años por una serie de razones:

a) La Primavera Árabe y su fracaso desestabilizó profundamente a las dictaduras dinásticas o a los gobiernos militares que gobernaban los Estados, muchos de ellos artificiales; fundados durante la Primer Guerra Mundial en días del Sykes-Pikot;

b) El mundo comienza a desprenderse de la dependencia hacia el petróleo y los Estados árabes pierden su capacidad para chantajear a la comunidad internacional;

c) La retirada de las potencias internacionales (especialmente Estados Unidos) ha propiciado alianzas y poderes locales;

d) Las fuerzas radicales islámicas amenazan a los gobiernos locales y, en esencia, la “oferta” islamista ha fracasado tras la debacle de ISIS en Siria e Irak por lo que aumentan los que desean desprenderse de esa interpretación del islam;

e) La amenaza iraní-chiita y la ceguera occidental a la hora de tratar con sus anhelos nucleares han provocado que los regímenes sunitas busquen un ancla salvadora;

f) El hartazgo ante el “veto palestino”, el reconocimiento que su liderazgo es esencialmente corrupto y que sistemáticamente ha rechazado cualquier propuesta de paz (esta claridad no la encontrarán en muchos portavoces de occidente, pero se multiplican en el Medio Oriente).

Hemos notado tal hartazgo en la entrevista brindada por el exembajador saudita en los Estados Unidos, el príncipe Bandar Bin Sultan (ofrecemos una pequeña parte):

Recientemente, hemos presenciado sendos intentos por desmerecer el hecho que estos países árabes pasaron de la “esencia” al “formalismo” de normalizar sus relaciones con Israel, surcando con diversas tentativas de desmerecer el terremoto que estamos viviendo con preguntas surrealistas como: ¿Y qué ganamos con todos estos acuerdos?

Si el conflicto con el mundo árabe sunita va desapareciendo, ¿qué enfrentamientos deberían centrar la atención de un verdadero pacifista? Israel se enfrenta a tres disputas: 1) La amenaza iraní y la de sus aliados, ya sean Hezbolá en el Líbano o la posibilidad de nuevos atentados chiitas en nuestras comunidades de América Latina; 2) llegar a un acuerdo territorial y de convivencia con nuestros vecinos palestinos; 3) limitar la capacidad de influencia política regional de los países pro-Hermanos Musulmanes que desestabilizan a la región. Ciertamente, el papel de Turquía es diferente para Israel que el poder de Catar (el otro país islamista) a la hora de sostener económicamente a Hamás.

La ola de acuerdos alcanzados por Israel y la aceptación de nuestra presencia en la región es una brisa de aire fresco que esperemos marque a las generaciones futuras. Los pactos, además, confirman que ciertas concepciones ideológicas se han tornado irrelevantes.

La primera es la asunción que la disputa palestino-israelí era primordial en el Medio Oriente y que sin un acuerdo con Mahmoud Abbas nada se movería en la arena regional. Ahora resta que dicha falsa evidencia sea completada por una segunda certeza: La mejor forma de llegar a un acuerdo con los palestinos es de “afuera hacia adentro”, debilitando sus intentos de dañarnos física y políticamente (como, por ejemplo, el BDS impulsado por su dirigencia) hasta el momento que opten por poner punto final a todo tipo de reclamaciones, obteniendo a cambio, por supuesto, un Estado independiente viable.

Otra de las concepciones problemáticas es la que sostenía que la mejor forma de alcanzar acuerdos era en base a “Medidas de Confianza Mutua”. Era, sin duda, la comidilla cotidiana en las aulas de las universidades israelíes en los 90, siendo que, en base al modelo del acuerdo del hierro y el carbón en Europa, partes en conflicto van colaborando y desarrollando mutua confianza que culmina en la formalización de acuerdos de paz.

El modelo que se ha impuesto en el Medio Oriente es menos racional y más cruel: Israel ha acumulado fuerza militar, poder económico e influencia política y dicha imposición ha acercado la firma de tratados de paz. Ahora, desde esa potencia, Israel debe “anclar” los acuerdos asegurando sus vigencias: por ejemplo, Sudán necesita desarrollar urgentemente su agricultura, allí debe estar Israel para colaborar y asistir.

La tercera y última falacia aseguraba que el tiempo jugaba en contra de Israel y a favor de los palestinos. En los años ochenta el “mantra” era: si Israel no corre hacia un acuerdo con los palestinos entonces nos superarán en número porque vivimos una bomba demográfica. Hoy, el “mantra” es: Si Israel no corre hacia un acuerdo con los palestinos nos impondrán un Estado ninacional en donde deberemos optar por un Estado judío o uno democrático. Ambas afirmaciones son falsas y ningún israelí racional desea anexar las zonas A y B de Cisjordania o Gaza para absorber a 4.5 millones de palestinos como israelíes. Lo más probable es que tras la muerte de Mahmoud Abbas vivamos un periodo de inestabilidad y de anarquía que nos salpicará (incluso puede que violentamente) pero que no terminará en un gobierno directo de Israel sobre la población palestina de Cisjordania y Gaza.

El talón de Aquiles en Israel son sus brechas internas y la violencia ideológica verbal que puede producir desmembramientos y cismas. El COVID-19 nos ha mostrado la debilidad que produce la falta de acatamiento a las decisiones de un gobierno central y la necesidad de contar con un poder político racional y ejemplificador. Los palestinos sufren de mayores disputas internas. De hecho, el genial analista del Medio Oriente, Ehud Yaari, afirma que existen por los menos cinco pueblos palestinos diferentes: “Los árabes israelíes, los de Cisjordania, los de Gaza, los de los campamentos de refugiados en todos los países del Medio Oriente y los de la Diáspora (desde Australia a Chile)”. El experto Mordejai Keidar irá más lejos aún afirmando que son una docena los Emiratos palestinos y que cada Jamula (clan) debería gobernar un terreno específico donde habita.

Con los palestinos, Israel debe seguir centrándose en acumular fuerza y aliados, estando dispuestos, siempre, a ceder territorios a cambio de paz ante una aceptación sincera a nuestra existencia nacional en un pequeño territorio del Medio Oriente.

 


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