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Enlace Judío México e Israel – Todo empezó cuando Pablo Cúneo, a quien no conozco pero a quien leo, escribió: “Siempre me llamó la atención la dificultad de Einstein de captar el descubrimiento freudiano, de ese universo interno que es el inconsciente”. Inmediatamente le puse un “buenísimo” y me puse a recordar que en un pasado yo había leído libros sobre autosugestión, pensando que en ellos encontraría el camino para llegar a mi subconsciente, a quien le haría sugerencias y hasta le daría órdenes que me ayudarían a tantas cosas. Segura estaba que hablándole face to face a mi subconsciente, encontraría la forma de adelgazar, salir a caminar y otras soluciones a problemas personales que no creo les interesen.

Durante esta época de coronavirus, voy por mi aburrido y accidentado camino, cometiendo errores, olvidando nombres, buscando las llaves, mis lentes, yendo hacia la recámara cuando debiera ir a la sala, y en general enredándolo todo con singular diligencia, como lo pueden testimoniar algunos familiares desinteresados.

Sin embargo, cuando me quedo dormida, mi subconsciente toma el volante y empieza a funcionar, haciéndose amo y señor de mi vida. Fechas y nombres de películas y actores que no he podido recordar durante el día, aparecen de pronto con la luminosidad de anuncio de neón de Las Vegas, ante mis parpados cerrados. Ideas que durante el transcurso de la tarde han permanecido ocultas, sepa Dios en qué recovecos de mis circunvalaciones cerebrales, empiezan a saltar con euforia de conejos (o conejas) en noche de luna. Soluciones a problemas que me han hecho comerme las uñas durante horas enteras, surgen con asombrosa nitidez y simplicidad. Si tan sólo pudiera entrenar a mi subconsciente para escribirlo todo o grabar en el celular, estoy segura de que al día siguiente lograría yo resolver en un minuto el conflicto palestino israelí  y hasta el déficit de mi cuenta bancaria. Bueno, no tanto.

Ayer, por ejemplo, estaba aquí en casa con dos amigos que acaban de llegar de México. Uno de ellos preguntó que cómo se decía paz en hebreo. Rápida como un rayo le dije que la palabra era shalón. Como tampoco el otro, amigo de mi amigo, sabía hebreo, no me rebatió, lo cual me animó a preguntar con arrogancia argentina (sin serlo), si deseaban saber alguna otra palabra en el idioma de la Biblia. Afortunadamente no querían.

Pero anoche, tan pronto me había quedado dormida después de ver Rebeca en Netflix, mi subconsciente apareció muy enojado: “Tú bien sabes que paz en hebreo se dice shalom y no chalón. Sin una ene final sino con eme. Ahora levántate, aunque tengas sueño, y llama por teléfono a tu amigo para pedirle disculpas y decirle cuál es el término correcto. Estas metidas de pata tuyas Shulamit después se reflejan en mí, carajo”.

Por espacio de dos horas estuve discutiendo con mi subconsciente, tratando de convencerlo de que mi amigo mexicano recién llegado al país podía esperar hasta el día siguiente para recibir la “vital” información de cómo se dice correctamente paz en hebreo. Pero no hubo manera de hacerlo entrar en razón. Ustedes no saben qué complicado y enrollado es mi otro yo. No tuve más remedio que llamar y darle una explicación a mi amigo mexicano. Bueno, a mi examigo, pues desde ese momento dejó de serlo, en medio de violentas interjecciones y ásperos adjetivos calificativos, diciendo que me había burlado de él, sabiendo que los latinoamericanos no podían pronunciar la eme final. Todas esas palabras de enojo me las dijo en un criollo puro.

Mi problema es que desde hace un tiempo no sé cuándo soy yo y cuándo es mi subconsciente el que está de guardia. Me ha ocurrido estar leyendo las noticias en mi iPad en la cama y quedarme dormida a la mitad de un párrafo, sobre todo cuando de Netanyahu se trata. Mi subconsciente se posesiona entonces del artículo que estoy leyendo y no solo que termina de leer ese párrafo, sino el resto del artículo con interpretaciones muy suyas. El resultado es que después me cuesta mucho relacionar las dos versiones y saber cuál es la verdadera. Si la escrita en el iPad o la leída por mi otro yo. Lo peor de todo es que me convence a tal punto de su interpretación, que después puedo jurar haberla leído yo misma, y al día siguiente mando WhatApps diciendo que leí que Benjamín Netanyahu desmintió toda anuencia israelí a la venta de armamento sofisticado a EAU, pero que luego reconoció que sí había acuerdo, pero que no había informado al ministro de Defensa. Esto, como ustedes comprenderán, confunde a todos.

De cualquier manera, mi subconsciente es mucho más astuto, inteligente y culto que yo, por lo cual estoy haciendo todo lo posible para que sea él quien tome definitivamente los controles de mi vida durante el día y me deje a mí olvidar nombres y fechas, llaves y lentes, así como equivocar direcciones e inventar maravillosas fantasías orientales durante las noches.


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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Llegué de Israel a México a la edad de siete años. La primaria y la secundaria las hice en el Colegio Hebreo “Tarbut”. Mis recuerdos de aquella época son excelentes. Mi primer trabajo como periodista, lo hice recortando periódicos en la Embajada de Israel, en el departamento de prensa, a cargo en aquel entonces, de Sergio Nudelstejer. La prepa, fue en la Escuela de la Ciudad de México, en Campos Elíseos, que me permitió conocer otra gente y otros aspectos de la vida mexicana. Estudié y me gradué en antropología y en letras, en la universidad de las Américas, en Cholula. La maestría, en Antropología, fue en la UNAM. Antes de incursionar a la universidad viví en Teloloapan, Guerrero, haciendo trabajo de comunidad y siendo jefa de organización campesina para varias instituciones gubernamentales. Viví varios años en Israel. En esa época, los ochentas, fui productora de Ariel Roffe y Erika Vexler para Televisa desde Medio Oriente. Tuve una columna que se llamaba “Burbujas” en el periódico israelí en español Aurora, otra, “Al Margen” en la revista Semana, que ya no existe. Viví cuatro años en Caracas, cuando mi ex esposo fue sheliaj del KKL. Actualmente vivo entre Londres y Venezuela, he dejado de creer en la política y mi pasión es la literatura, el cine y la música. Confieso que ya no tengo grandes respuestas ante la vida, pero que soy muy feliz.

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