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Enlace Judío México e Israel – Dos descendientes de lituanos se encuentran en un cruce inusitado de destinos. Ella, nieta de un asesino nazi. Él, nieto de un sobreviviente del genocidio judío. En entrevista exclusiva, estos dos incansables luchadores por la verdad nos cuentan su historia.

Cuando Grant Gochin vio el nombre de Silvia Foti en la bandeja de entrada de su correo electrónico, comenzó a sudar y vio cómo sus manos temblaban sin control. Atónito, se quedó mirando el nombre en la pantalla antes de hacer clic y leer el contenido del mensaje: “Asumo que sabe quién soy”.

Y sí, Gochin sabía quién era Silvia Foti. Y no lo sabía porque esta fuera una escritora famosa —todavía no lo era— sino porque durante muchos años, Gochin había dedicado buena parte de su vida a investigar la historia oculta del abuelo de Foti, el general Jonas Noreika, a quien los lituanos consideran un héroe nacional.

“Mi abuelo solía contarme historias sobre su infancia en Lituania”, narra Gochin desde su oficina en Los Ángeles, unos días antes de que su equipo legal presente una demanda contra el gobierno lituano ante la Corte Europea de los Derechos Humanos, por revisionismo del Holocausto y otros crímenes.

La conversación tiene lugar vía Zoom, el 4 de febrero de 2021, y en ella se encuentra también la propia Foti, quien contará su parte de la historia, esta historia de encuentros inauditos y destinos cruzados.

La historia de dos jóvenes que recibieron cada quien una encomienda que les cambiaría la vida para siempre.

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Grant Gochin

Grant Arthur Gochin se desempeña actualmente como Cónsul Honorario de la República de Togo y como Vicedecano del Cuerpo Consular de Los Ángeles, el segundo Cuerpo Consular más grande del mundo.

“Mi abuelo me decía que si alguna vez iba a Lituania, por favor fuera a la tumba de sus familiares a decir Kadish”, dice Gochin. Habría resultado difícil cumplir con el deseo de su abuelo mientras Lituania permaneciera bajo el control de la Unión Soviética, durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la gran potencia comunista.

Sin embargo, con la liberación de aquel país, en 1990, Gochin no tuvo cómo evadir la misión. Su abuelo había muerto y la deuda moral que había contraído con él y con los muchos familiares asesinados por los nazis en Lituania, donde casi 200,000 judíos perdieron la vida durante el Holocausto, parecía ineludible.

Así, Gochin se convirtió en una “de las primeras personas en ir a Lituania cuando fue liberada de los soviéticos.”

“Un día estaba en el pueblo de mi abuelo y ahí había tres fosas de la muerte (de judíos asesinados). Yo estaba con un académico y le pregunté: ‘¿Quién hizo las matanzas? Había miles de judíos aquí. ¿Quién disparó las armas? ¿Quién los acorraló, sofocó a los bebés, violó a las mujeres? ¿Quién los llevó a las fosas y, de hecho, los asesinó?’”

Así salió a relucir el nombre de Jonas Noreika, el abuelo de Silvia Foti, la mujer quien escucha la historia una vez más, y cuyo silencio asiente al otro lado del enlace que Enlace Judío ha organizado para conocer los detalles de este asombroso encuentro.

De regreso en Los Ángeles, Gochin comenzó una investigación que lo llevaría a conocer los detalles más perturbadores detrás del genocidio de su propia familia pero, sobre todo, a enfrentarse a un país entero en una pugna por la verdad, el reconocimiento de la responsabilidad histórica y la justicia.

La figura de Noreika intrigaba a Gochin. ¿Qué lo había llevado a convertirse en un asesino en masa. “Empecé a investigar sobre Jonas Noreika”, recuerda. “Lituania fue liberado en 1990. En 1984 los alemanes habían revelado el nombre de Jonas Noreika como el hombre que había cometido las matanzas en el pueblo de mi abuelo.”

Más aún: “antes de que Lituania se independizara, era bien sabido que Jonas Noreika era un asesino.” Pero “bien sabido” no siempre es sinónimo de “histórico”. De hecho, lo que entre judíos era un conocimiento extendido, en Lituania se le veía de una forma muy distinta.

Investigando, “descubrí que Jonas Noreika era uno de los más grandes héroes de Lituania. Entonces, pensé ‘esto es absurdo. Los judíos eran ciudadanos lituanos. Solo eran ciudadanos que resultaron ser judíos. Entonces, si alguien viene y mata a miles de ciudadanos lituanos, sólo porque quiere, Lituania no honraría al asesino de sus propios ciudadanos como un héroe nacional.’”.

Debía de haber un error. Quizá el gobierno de Lituania no sabía sobre los antecedentes criminales de Noreika. “Quizá no leyeron los reportes alemanes”, pensó Gochin, quien a partir de ese momento intentó comunicarse con distintas instancias del gobierno lituano en busca de repuestas.

Contactó al Parlamento, a la Presidencia e incluso a la oficina del Primer Ministro, pero todos lo ignoraron. Gochin supo luego que “en 2015, 19 de los líderes académicos de Lituania, incluyendo a un miembro del gobierno, enviaron una petición al gobierno que decía: ‘Dejen de falsear la historia. Dejen de honrar a asesinos de judíos como sus héroes’.

El gobierno de Lituania descalificó a los firmantes. Los llamó “agentes soviéticos, enemigos del Estado, judíos y otra gente estúpida”, y rechazó la petición tajantemente, pese a que entre los firmantes se encontraba un miembro del Parlamento Europeo y el presidente de la prestigiosa Universidad Kaunas.

Gochin también descubrió que el caso de Noreika era solo uno entre muchos: “había todo un grupo de asesinos que ellos honraban. Había todo un programa para volver héroes a criminales, para negar sus crímenes.”

El nieto de los sobrevivientes encontró la situación inaceptable y comenzó una lucha legal que lo ha llevado a las cortes lituanas y ahora, a las europeas, en busca de justicia para los judíos asesinados por Noreika y otros criminales.

Después de varios intentos infructuosos de encontrar un abogado que lo representara en Lituania, Gochin logró que uno tomara el caso. Así fue cómo demandó al gobierno de Lituania por primera vez. Al respecto, asegura que “fue una experiencia de aprendizaje porque descubrimos que las cortes en Lituania no son independientes. Se manejan de acuerdo a instrucciones y fueron instruidas para no apoyar a un judío contra sus héroes.”

Ninguna demanda tuvo éxito. Luego, un día, Gochin vio atónito el nombre de Silvia Foti en su bandeja de entrada.

Silvia Foti: una mujer a la sombra del “héroe”

“La historia, para mí, también empezó en la infancia”, dice Silvia Foti, desde Chicago. “Crecí escuchando historias maravillosas sobre mi abuelo. Crecí en Market Park, que tiene el mayor número de lituanos fuera de Lituania, y casi desde que tuve uso de razón, mi madre y mi abuela me hablaron sobre mi abuelo. Y aprendí que él fue un héroe maravilloso en Lituania, y que él luchó contra los comunistas con gallardía. Y que peleó contra ellos dos veces. Y que lo detuvieron y lo llevaron a prisión, donde lo torturaron dos años y luego lo ejecutaron cuando sólo tenía 36 años.”

La figura de Jonas Noreika era mítica para los lituanos, dentro y fuera de aquel país. Las historias sobre sus gestas contra los soviéticos inundaban el imaginario colectivo en aquel barrio donde Silvia creció. Mil veces escuchó que Noreika había estado en un campo de concentración nazi porque quería salvar a los judíos.

Le dijeron que su abuelo había sido una especie de doble agente que trataba de ayudar a Lituania y a los judíos a la vez. Le dijeron que había sido un periodista y escritor, un hombre muy guapo. Eso último lo confirmaban los retratos que guardaban su abuela y su madre, en la sala de estar, junto a un crucifijo.

Jonas Noreika

“En mi mente, él era prácticamente un dios. Era una leyenda.” Y la madre de Silvia había recibido la encomienda, por parte de la comunidad lituana de Chicago, de inmortalizar la leyenda de su abuelo en una biografía definitiva. Un libro que hiciera honor al héroe nacional que, para ella y para su hija, era un motivo indiscutible de orgullo.

Durante décadas, la madre de Silvia reunió información cuantiosa, entre la que se contaban “3,000 páginas de transcripciones de archivos de la KGB”, producto de los interrogatorios a los que su abuelo había sido sometido por los comunistas que terminarían por ejecutarlo.

Pero por alguna razón, su madre fue incapaz de cumplir la misión de redactar esa biografía. Y luego, un día de enero del año 2000, fue hospitalizada. Silvia recuerda que la salud de su madre había sido precaria. “Tenía diabetes y un dolor en la espalda”, y aunque Silvia estaba hasta cierto punto acostumbrada a ver a su madre enferma, cuando la vio tendida en la cama del hospital supo que las cosas no estaban bien.

“Se veía terrible. Yo sabía que sería algo muy malo. Todavía no estaba segura de que moriría pero se veía mal.” Entonces, Silvia interrumpe el relato porque de pronto recuerda algo que había pasado por alto: “Hoy es el día en que murió, hace 21 años: 4 de febrero”.

Luego continúa con su relato. (Mi madre) “me dijo ‘Silvia, ven aquí. Tú tienes que escribir el libro’.” No hacía falta aclarar de qué libro hablaba. Ella conocía de sobra la obsesión de su madre por contar la historia del abuelo. Y aunque su primer impulso fue negarse, porque también se negaba a aceptar que su madre moriría.

Terminó por aceptar.

Ese libro había era la misión de la vida de su madre, dice, y no podía morirse sin estar segura de que le transmitía la encomienda a ella. “Yo era la candidata natural porque era periodista, era escritora. Así que dije que sí y ella cerró los ojos y yo dejé el cuarto.”

Al día siguiente, su madre entró en coma. “Murió dos semanas después, el 4 de febrero de 2000”.

Un año de locura

Aquel sería un año muy duro para Silvia Foti. Primero tuvo que sobreponerse a la tristeza que la muerte de su madre había dejado sobre ella. Pero eventualmente pensó que su misión era una especie de bendición que su madre la había dejado. Le permitiría conectarse con ella y con su abuelo.

Detrás de la figura de Foti, la cámara de su computadora revela un librero repleto. Ella se hace a un lado para permitirnos mirar el cúmulo de documentos que lo habitan. Los archivos que su madre tradujo del ruso al lituano y que ella se dio a la tarea de estudiar a conciencia para deshilvanar la historia de Jonas Noreika.

Probablemente no sabía entonces que la misión emprendida la llevaría a vivir una aventura de muchos años.

Lo que, seguro, jamás pasó por su mente fue que, lejos de descubrir los detalles de las hazañas del héroe nacional lituano, se encontraría con las sombras de un asesino en masa, el responsable del asesinato de familias enteras.

Un día, pocos meses después de la muerte de su madre, su abuela sufrió un infarto. “Fui a verla al hospital y cuando entré, me tomó de la mano y me dijo: ‘Silvia, no escribas ese libro’.” La petición de su abuela le pareció absurda. “Claro que lo tengo que escribir: ¡fue el deseo de mi madre’”.

Deja que la historia repose. No hay necesidad de husmear”, replicó su abuela pero ella estaba convencida de que debía cumplir el encargo y así se lo hizo saber a aquella. “Me soltó la mano y me dio la espalda. (Pensé) es el fin de la conversación y salí del cuarto. Cuando volví ella estaba en coma. Y luego murió, un par de semanas después.”

Ese 2000 fue el primero de “20 años de locura” por los que Silvia Foti ha cursado. Y para el mes de julio, estaba aún lejos de concluir. En octubre seguirían las sorpresas que sacudirían la vida de Silvia. Porque fue ese el mes en que, junto con su hermano, la periodista visitó Lituania para satisfacer el deseo de su madre y de su abuela de ser enterradas en aquella tierra.

Justamente ese octubre se cumplían 90 años del nacimiento de Jonas Noreika y Silvia y su hermano, que se encontraban en Lituania, aceptaron la invitación del director de una escuela que llevaba el nombre del general, a platicar con los niños en un acto conmemorativo.

Silvia recuerda el evento como uno festivo, en el que los niños llevaban flores y cantaban canciones, pero sobre todo recuerda que, al final, el director los llevó a ella y a su hermano a su oficina, donde sostuvieron una conversación reveladora.

“¡Qué bueno que estás haciendo el libro!”, le dijo el director. “Es muy importante para Lituania tener héroes.” Silvia le preguntó entonces cómo había ocurrido que le dieran a la escuela el nombre de su abuelo. “Bueno, ya sabes, antes de 1990 la escuela tenía un nombre ruso horrible y queríamos que tuviera un nombre lituano. Entonces, el nombre de tu abuelo surgió de inmediato porque él nació en esta ciudad.”

A ella le pareció lógico. Lo que no esperaba era lo que vendría a continuación: “¿Sabes?”, le dijo el director, “Siento pesar por haberle puesto el nombre de tu abuelo a la escuela”. ¿Por qué sentiría pesar por algo así?, quiso saber ella. “Por lo que los judíos han estado diciendo sobre tu abuelo”, fue la respuesta.

Silvia jamás había escuchado nada al respecto, así que se quedó helada cuando el director completó la frase: “Ya sabes, que mató a muchos judíos”. Al ver su reacción, el hombre intentó tranquilizarla: “Es sólo propaganda, no te preocupes.

Y esa fue una frase que escucharía una y otra vez a lo largo de la investigación que estaba por comenzar. No aquella que le fue encomendada por su madre sino la verdadera, la que su abuela había querido impedir y que la llevaría a descubrir no solo que su abuelo había sido un criminal sino que el gobierno de Lituania había hecho hasta lo imposible por ocultarlo.

“Es propaganda comunista”, escuchó muchas veces. Lo escuchó de la voz de su padre cuando, al volver a Chicago, le preguntó al respecto. “Nadie me dijo nada sobre eso”, le reclamó. “¿Para qué te íbamos a decir si no es verdad? Es solo propaganda comunista”, respondió su padre.

Y durante 10 años, también ella misma se dijo la frase para aplacar su mente: “es propaganda comunista. Estoy segura de que no es cierto. Simplemente, no puede ser verdad.” En su cabeza se gestaba una guerra: la nieta del héroe debatía contra la periodista que pujaba por desenmascarar al asesino.

El abuelo de Silvia Foti mató a la familia entera de grant Gochin. Ambos piden a Lituania asumir su responsabilidad

 Foto: Times of Israel

La búsqueda de la verdad

Para Silvia, el libro sobre su abuelo era un proyecto paralelo. Su actividad como periodista consumía la mayor parte de su tiempo y no tenía una fecha límite de entrega. La acusación que pesaba sobre el nombre de su abuelo era una idea que le rondaba en la cabeza pero ella seguía pensando que no podía ser verdad.

Sin embargo, pensó que no podía escribir el libro sin al menos mencionar el tema. Incluso llegó a pensar que su misión consistiría, básicamente, en limpiar el nombre de su abuelo, en encontrar las pruebas definitivas que lo exculparan de aquellas acusaciones sin fundamento que tanto contrastaban con la imagen que su madre, su abuela y Lituania entero habían sembrado en su cabeza desde que tenía uso de razón.

Pero conforme se adentraba en la historia, revisaba documentos e indagaba sobre el asunto, Silvia fue encontrando, paulatinamente, la confirmación de aquello que quería desmentir.
Enterrado entre los documentos de su madre, encontró una especie de manifiesto que su abuelo había escrito a los 22 años: “¿Por qué hay tantos judíos en Lituania? ¿Por qué tienen todo el dinero? ¿Por qué debemos comprar cualquier producto de judíos? Yo digo que debemos boicotear todo lo que los judíos produzcan y comprar sólo de lituanos. Lituania es para los lituanos, no para los extranjeros”.

Era un documento de 32 páginas que redundaban en eso, recuerda Foti, quien a partir de ese momento tuvo cada vez más problemas para aceptar lo que hasta entonces había sido para su familia y para su pueblo una verdad inapelable.

El golpe definitivo, el descubrimiento que haría que la imagen de su abuelo se tambaleara por completo ante sus ojos, fue un documento que daba cuenta de que “el 22 de agosto de 1941, él firmó un documento como gobernador de la región de Šiauliai, para enviar a todos los judíos y medio judíos al gueto (…). No me tomó mucho tiempo enterarme de qué les había pasado a esos más de 2000 judíos: fueron salvajemente asesinados en octubre, unos meses después.”

Entonces, la periodista comenzó a tomar el control de la investigación, pese a las súplicas de la nieta. Y lo primero que le llamó la atención es que abundaban los documentos que daban cuenta de las actividades de su abuelo antes y después de la ocupación nazi, pero no durante esta. “Eso me hizo preguntarme por qué.”

Durante años, Foti redactó decenas de versiones de la historia, pero no tuvo éxito cuando intentó que algún editor se interesara por el asunto. Un texto estrictamente periodístico parecía carente de atributos para los dictaminadores. Entonces, un maestro suyo la convenció de escribir una historia más personal, la de su hallazgo, en la que expusiera sus sentimientos y diera cuenta de su búsqueda de la verdad. El texto debía centrarse en esos tres años oscuros del “héroe”, su etapa como criminal nazi.

El libro

Para escribir un libro más vívido, más personal, era necesario viajar a Lituania, situarse en el epicentro de los acontecimientos y dar rienda suelta a las emociones y a las ideas que acudieran a la mente. Y la forma en que Foti encontró su camino por Lituania en busca de las huellas macabras de su abuelo es digna de mención.

Un colega suyo, judío, le contó que había tomado un “tour del Holocausto” en Lituania. Sorprendida por la sola existencia de un servicio semejante, Foti quiso saber más al respecto. Su amigo le explicó que muchos judíos pagan porque un guía los lleve a los sitios donde sus antepasados fueron confinados, torturados, asesinados y enterrados.

Entonces, Foti pensó que, quizá, ella misma podría tomar ese tour. “Silvia, es una idea horrible”, respondió su amigo antes de agregar: “tan horrible que hasta me parece buena.” Foti lo recuerda hoy, 4 de febrero, día de la entrevista a dos voces en que ella y Gochin reconstruyen la historia, rica en giros inesperados, paralelismos y muestras, si así se las quiere ver, de un destino empeñado en conjuntar sus caminos en uno solo: la búsqueda de la verdad.

Foti contactó al guía que había ayudado a su colega, le dijo quién era y qué quería. El hombre se mostró sorprendido y le pidió a la periodista algunos días para pensarlo. La respuesta llegó poco después: “estuve investigando más sobre tu abuelo y decidí que quiero hacerlo.”

Así, Foti voló a Lituania en el verano y se encontró con Simón, el guía. A su lado, recorrió los escenarios de la barbarie. “Simón me llevó a muchos lugares donde los judíos fueron ejecutados por órdenes de mi abuelo. Él nunca había hecho nada como eso. En esa semana, Simón y yo nos volvimos amigos.”

Durante siete semanas, Foti buscó respuestas en la tierra de su abuelo. Luego volvió a Estados Unidos y se puso a escribir. Le tomó cinco años terminar el libro. Ahora, mientras muestra la edición en español de Mi abuelo, el general Storm: ¿Héroe o criminal nazi?, Foti confiesa que reescribió el libro unas cien veces.

El resultado parece haber valido la pena. El nombre de Silvia Foti se ha abierto camino en el mundo del periodismo y de la historia, y la autora ha sido entrevistada múltiples veces por medios de gran prestigio internacional. “Es uno de los mejores libros que he leído en años”, dice al respecto Gochin para luego describir el trabajo de Foti como un acto de develación, capa por capa, del entramado de encubrimiento con que los gobiernos lituanos han pretendido sepultar los crímenes de Noreika.

Pero el libro no era suficiente. Alguien convenció a Foti de crear una plataforma web que reuniera su investigación, y fue así que, un día, un hombre lituano que investigaba por su cuenta la historia de Noreika, la contactó para contarle sobre la existencia de un judío estadounidense del mismo origen que había decidido demandar al gobierno lituano por falsear la historia de Noreika y otros criminales nazis.

Asumo que sabes quién soy

Sí, cuando Grant Gochin leyó en la pantalla de su computadora el nombre de Silvia Foti, sabía quién era o, al menos, de quién era nieta. Por eso, aunque aceptó conversar con ella, le pidió algunos días para tranquilizarse antes de tener la llamada que los uniría para siempre.

El día que conversaron, recuerda Gochin, él estaba a la defensiva, hosco, incluso grosero. “Leí su investigación y solo quiero que sepa que cometió un gran error”, le dijo ella. “Y pensé ‘OK, ahí viene toda la basura nazi’, narra Gochin para Enlace Judío.

“Usted omitió a 10 mil de las víctimas de mi abuelo”, agregó ella entonces.

“Tan pronto como dijo eso, todas mis sospechas se disiparon. Supe que estaba hablando con una persona honesta y real”. Hoy en día, dice Gochin ambos conversan todo el tiempo, y han encontrado una causa común por la que trabajar.

Cuatro días después de concedernos esta entrevista, Gochin presentó una demanda contra el gobierno lituano en la Corte Europea de Derechos Humanos. En ella, el activista busca el reconocimiento histórico de los hechos que supusieron el exterminio de sus antepasados y de los antepasados de los judíos lituanos que hoy habitan en países como Israel, Estados Unidos o México.

Tras una odisea de varias décadas, a Gochin aún le queda un largo camino por recorrer. A la Corte, que a decir del activista rechaza 90% de los casos que se le presentan, le podría tomar hasta un año pronunciarse siquiera sobre si lo acepta.

Sin embargo, para él es una cuestión vital. “Además de mi familia, esto es lo más importante en mi vida.” Por eso, ya invertido no solo tiempo sino una generosa suma de dinero para asegurarse de contar con la mejor representación. Para su causa trabajan abogados en la Unión Europea (incluyendo Lituania) y en Estados Unidos. Aunque al momento de la entrevista no puede revelar muchos detalles, dice que su abogado ante la Corte Europea de Derechos Humanos es William Schabas, un prestigioso especialista en derecho penal internacional.

En Estados Unidos, Gochin tiene también una sólida representación: “Mi abogado estadounidense, Arthur Traldi, fue uno de los fiscales en el caso de Slobodan Milošević. Así que esta es una demanda internacional muy seria, y de muy alto perfil.”

Gochin no recibe ayuda de ninguna institución, y debe cubrir él mismo los cuantiosos honorarios de sus abogados. “Trabajo siete días a la semana, 18 horas al día. Esto me está costando mi retiro”, afirma sin lamentarse. Seguro como está de la valía de su causa.

Un hombre contra un pueblo

No puede preverse si la gesta de Gochin ante la justicia internacional rendirá frutos, pero la verdad sobre el encubrimiento que el gobierno lituano ha hecho durante décadas de los criminales nazis es ahora un hecho público en todo el mundo, en parte, gracias al trabajo de Foti, en parte, gracias al esfuerzo de este descendiente de lituanos que escaparon al horror y llegaron a Estados Unidos al comienzo de la cuarta década del siglo pasado.

Sin embargo, para los lituanos, la verdad sigue siendo inaceptable. “Cuando Lituania recuperó su libertad , ‘alguien más mató a los judíos pero no los lituanos’, y ellos rehabilitaron a todos estos asesinos en masa (…). Sus mentiras han sido tan completas durante tantos años que ahora realmente se las creen ellos mismos.”

Foti va más allá cuando se le pregunta si algún día los lituanos conocerán la verdad: “No quieren. En este caso la ignorancia es una bendición”. Ambos coinciden en que, para Lituania, el asunto es de una relevancia superlativa.

“Es un gran trauma para Lituania (…). La gente no sabe porque el gobierno nos lo ha estado ocultando”, dice Foti. “Va a ser un trauma nacional para Lituania porque, primero, la gente se va a dar cuenta de qué tan deshonesto ha sido su gobierno con ellos, y luego tienen que aprender la verdadera historia….”, remata Gochin.

Entre la nieta y la periodista

Así, la lucha por la verdad continúa para ambos. Hoy, tras decenas de reescrituras de su libro, Foti parece orgullosa de haber vencido a las voces internas que tantas veces trataron de disuadirla de buscar la verdad. El debate interno entre la nieta y la periodista fue cruento, recuerda sonriente.

Y cuando se le pregunta si en algún momento pensó en detenerse, responde: “Como 100 veces… Todo el tiempo. Lo dejaba, me tomaba una copa de vino o dos y pensaba ‘no puedo hacer esto’. Pero luego, unos días después, pensaba: ‘me pregunto… ¿habrá hecho (mi abuelo) esto…? Era como un imán y siempre terminaba volviendo a ello. Quería saber qué pasaba después. Traté. Traté de parar”, pero no pudo.

Y antes de despedirnos, Foti nos lleva de vuelta a la sala de hospital donde su abuela perdiera la vida hace casi 21 años. A ese momento en que la anciana soltó su mano y le dio la espalda, ante su negativa de renunciar a la escritura del libro.

Creo que mi abuela sabía. Sabía que yo me iba a dar cuenta (de la verdadera historia) y que no iba a falsear la información como los lituanos hicieron”. Durante años, Foti vivió una guerra interior entre la nieta y la periodista. “Y la periodista ganó.”

Reproducción autorizada con la mención siguiente: ©EnlaceJudío

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