A.M. Como dices, nací en México. Desde muy chiquito, mis papás montaban caballo, entonces me metí a ese deporte desde muy chico y fue muy apasionado. En México era muy difícil vivir de los caballos. Entonces, después de que terminé el colegio y la universidad en el Tec de Monterrey, montaba yo y trabajaba en una fábrica de telas allá en México, y después empecé con una persona de Monterrey que tenía un criadero grande de caballos, que se llama Alfonso Romo, y empecé a montar caballos para él y tenía una yegua muy buena que se llamaba Rosalía.
Pude competir por México en el Centroamericano, el Panamericano, que tuve de medalla de bronce y me fui a Europa a entrenar para la Olimpiada de Londres. Quedé quinto lugar individual. Y después de eso me ofreció el señor Romo si me quería quedar en Europa con sus caballos y representar a México a nivel mundial allá. Y lo hice así hasta el 2016. Estuve cuatro o cinco años viviendo en Bélgica y compitiendo en todo el mundo.
Siempre cuento que había muchas noches que me despertaba y me tardaba cinco, diez minutos en acordarme en qué país estaba, porque nos tocaba ir a Noruega, Suecia, a Italia, a Francia, España… por todos lados. Era casi semanal. Pero (fue) una experiencia muy bonita, la verdad. Eso fue algo inolvidable. Conocí todo el mundo. Pude competir para México y y obtuve unos muy buenos triunfos. Y después en el 2016 me ofrecieron un trabajo en Florida, que por razones también de estar más cerca de la familia y todo era más cómodo. Me mudé a Florida, donde sigo viviendo. Estoy casado con Ana. Tengo tres hijos, Elías, Alex y Sofía, y van a una escuela judía en Estados Unidos, cerca de Palm Beach Gardens. Estamos muy contentos ahí. Tengo mi negocio, doy clases de equitación, tengo compra y venta de caballos y hago también un poquito de deporte, increíble.