Enlace Judío – Bennett, el primer ministro de Israel, ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de un posible ataque contra Irán para ponerle freno a su búsqueda del poder nuclear. El mundo, mientras tanto, busca la manera de negociar con los ayatolas para ver si, por las buenas, los convencen de ser buenos. Y yo me pregunto: ¿De verdad es tan difícil de entender la realidad?

Michel Foucault es considerado por muchos como el más importante filósofo de la segunda mitad del siglo XX. Desde los años 90, por lo menos, ha superado a Marx como el autor más citado en trabajos, tesis, investigaciones y libros académicos. Un tipo brillante, cuyas reflexiones sobre cómo funcionan las dinámicas de poder han sido una importante aportación a la sociedad contemporánea.

Y, pese a ser brillante, cuando llegó el tema de Irán y los ayatolas, se convirtió en un absoluto estúpido.

Foucault se rindió a sus prejuicios antioccidentales y a sus ganas de creer que la realidad era lo mismo que sus ganas de creer. Por eso pensó que el ayatola Jomeini era un verdadero estadista, que no había ninguna posibilidad de que la revolución iraní se convirtiera en un régimen fundamentalista y teocrático, y que el Irán revolucionario sería un ejemplo para todo el mundo sobre cómo mantener una postura antisistema (entiéndase, antigringa) razonable, progresista y humanista.

Sobra decir que falló en absolutamente todo. Cuando los ayatolas, con Jomeini al mando, triunfaron e impusieron un régimen medieval y retrógrado en todo sentido, Foucault se tuvo que tragar sus palabras. Quedó evidenciado como un zoquete en todo el mundo, y dicen quienes mejor lo conocen que se arrepintió profundamente de todo el apoyo que en un momento les dio a los revolucionarios chiitas de Irán. Dicen que porque el muchacho nunca tuvo la decencia de decirlo abiertamente.

Desde entonces, esa postura tan particular de Foucault, característica de los franceses, y muy común entre los gobiernos occidentales, ha sido una fuente inagotable de problemas.

Después de todo lo que se ha visto (desde 1979), ¿cuál es la duda sobre la naturaleza, intenciones y estrategias del régimen iraní? Se necesita ser muy bruto para no ver (o no querer ver) que siguen siendo los mismos autócratas atrapados en una visión feudal y extremista que provoca que todo lo hagan mal. La economía iraní es un desastre, porque quienes la manejan deciden desde sus dogmas religiosos; la sociedad iraní está brutalmente oprimida, porque quienes la controlan deciden desde esos mismos dogmas religiosos; y la política exterior iraní es una agresión permanente contra el mundo, porque quienes la dirigen lo hacen todo desde exactamente los mismos dogmas religiosos que mantienen oprimida a su sociedad, y provocan que la economía esté en crisis permanente.

Peor aún: Irán no trata de disimularlo. Sus clérigos son explícitos cuando dicen que Israel debe ser borrado del mapa, o son descarados cuando se trata de ejecutar a los “ofensores” del régimen, o cuando se trata de encarcelar 50 años a mujeres que cometieron el “imperdonable” agravio de quitarse el hiyab.

“Es que hay que entender su contexto cultural…”, dicen los posmodernos brutos de occidente. No, es que hay que admitir que el régimen iraní es la brutalidad política encarnada en un colegio de teólogos que ni siquiera entienden correctamente la forma del sistema solar o qué es un embarazo.

Y es que todos esos posmodernos occidentales siguen atorados en los disparates de Foucault (y no se podía esperar menos; en muchos sentidos, Foucault tiene el penoso mérito de ser el padre del posmodernismo). Siguen defendiendo a Irán, siguen creyendo que todo se puede reducir a una mera diferencia cultural, siguen aferrados a la tonta idea de que siendo amables, los ayatolas —por algún milagro incomprensible y fuera de toda explicación racional— también comenzarán a ser amables.

Es el Síndrome de Chamberlain, ese cobarde inútil que pasó a la historia podrido en la ignominia por haber creído que consintiendo a Hitler se podía evitar la guerra. Cuando el jerarca nazi exigió que Austria fuera regalada a Alemania, Chamberlain aceptó para que Hitler ya se calmara. Y entonces sucedió lo inevitable: Hitler no se calmó; vio la debilidad de Chamberlain, la falta de criterio, la cobardía absoluta, y entonces pidió más. Esta vez, exigió los sudetes checoslovacos. Y Chamberlain volvió a aceptar, para ver si después de eso Hitler ya se portaba bien. Y Hitler no se portó bien. ¿Por qué había de hacerlo, si el absoluto inútil que estaba al frente de la diplomacia europea ya había demostrado que no tenía un gramo de valor para enfrentar la realidad? Y entonces pasó lo que tenía que pasar: por una parte, Hitler invadió Polonia y con ello dio inicio la Segunda Guerra Mundial; por otra, Inglaterra se hartó de la mediocridad suicida de Chamberlain —maldita sea su memoria—, y lo tiró del cargo de primer ministro para poner a Churchill.

Es increíble que en pleno siglo XXI haya que insistir en algo tan básico: la realidad sólo se enfrente adecuadamente si se acepta tal cual es. Claro, es cierto que no siempre es fácil descifrarla en todos sus detalles. Pero con Hitler no había mucho que buscarle una quinta pata al gato. Su radicalismo hacía muy fácil entender qué tipo de sujeto era. Con los ayatolas pasa lo mismo. Su postura, sus objetivos, su ideología, nunca fueron un misterio. Nadie tenía por qué sorprenderse por el curso que tomaron los acontecimientos después del triunfo de la revolución. Bueno, sí, Foucault se sorprendió, pero fue su culpa. Penosa manera de demostrarnos que un filósofo puede ser brillante, y eso no le quita lo tonto; que la filosofía a veces es un castillo en el aire que no te garantiza entender lo que está ocurriendo frente a tus propias narices.

Y así llegamos a Biden y a la Unión Europea de nuestros días. Otra vez soñando con que si somos amables con los ayatolas, se portarán decentemente y abandonarán sus objetivos de usar su programa nuclear para hacer armas de destrucción masiva que luego, bajo el amparo de una humanidad estúpida y siempre negada a ver las cosas como son, usará para atacar a Israel.

Por supuesto, qué drama si Israel advierte que tomará todas las previsiones necesarias para que Irán no cumpla sus objetivos nucleares. Qué malo es, qué poco amable, qué poco diplomático, qué poco dispuesto al diálogo, que poco se parece a Chamberlain y qué mucho se parece a Churchill.

Mientras, los ayatolas se frotan las manos y se relamen los bigotes, pese a que su situación no es nada cómodo. El país entero se les desmorona en las manos; su propia población cada vez está más harta de ellos. Y, sin embargo y al igual que Hitler, seguirán adelante con sus obsesiones, porque tienen una visión religiosa que les impele a creer que si hacen “lo correcto” (que pasa o comienza por destruir a Israel), recibirán algún tipo de bendición mágica que los sacará de todas las crisis en las que se metieron sólo por incompetentes.

El mundo, sorprendentemente, cree que se puede negociar con eso.

Bueno, es el estilo de Biden. Ya lo ven en su tortuosa relación con Putin: sólo hasta que Rusia está a punto de invadir a Ucrania es que los estadounidenses han reaccionado y empiezan —apenas— a amenazar con imponer sanciones económicas contra el Kremlin. Bueno, por lo menos ya tienen claro lo que hay que hacer (la economía rusa es tan frágil que Putin no va a resistir medio año de sanciones severas).

Lástima que con Irán todavía no digieran la realidad, y sigan creyendo que el problema se puede resolver por las buenas. Lástima, porque es la sociedad iraní la que más sufre como consecuencia de esto (Israel no; tiene con qué defenderse, y lo hará de ser necesario). Por feo que suene, por duro que parezca, lo que hace mucho se debía hacer era ahorcar al régimen iraní. Trump lo entendió —algo no tan frecuente—, y la ruta de sanciones que había optado era la correcta. Biden le ha dado un respiro al régimen, y parece que le quiere dar otro más.

El desenlace lo conocemos: si Israel tiene que llegar al extremo de atacar a Irán —que no tiene con qué defenderse—, entonces el mundo volverá a lloriquear, reclamando que por qué los líderes del Estado judío son tan intransigentes y estrictos. Que qué les costaba ser un poco más amables y suicidas.

Si alguna vez se preguntan por qué Israel tiene tanto éxito allí donde otros países fallan, ahí tienen la respuesta.

A Israel le da por hacer eso que ya casi nadie quiere hacer: aceptar la realidad tal cual es y enfrentarla como se debe enfrentar.

 


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