Si bien en Memento, genial drama psicológico del año 2000, Christopher Nolan también integró efectos de color para mostrar distintas perspectivas de una misma narrativa, en Oppenheimer la dicotomía es más que cromática e involucra el continuo necesario conflicto entre los objetivos políticos y la destreza de la ciencia, ésta última con sus propias tensiones: el quehacer de la ciencia básica y los alcances de la ciencia aplicada.

Una narrativa sobre el debate moral, intelectual y práctico que desata un malabarismo que en ocasiones sólo puede juzgarse desde la perspectiva histórica, pero que en los escenarios del tiempo real resulta un reto polarizante. Y esto, porque los intereses, visiones, curiosidades, responsabilidades, ambiciones, pasiones, orgullos, personalidades, estrategias, prioridades y metas se encuentran desalineadas.

Hoy, una preocupación similar gira en torno a la inteligencia artificial y el cambio climático. Hace poco, frente al manejo de la pandemia. Recientemente, era con la edición génica. No hace mucho, con el poder de la fisión nuclear. Y siglos atrás, con la concepción de que los planetas giraban alrededor del Sol y no en torno a nuestra Tierra, tambaleando con ello los dogmas de la época.

Con el desarrollo de ideas innovadoras que rompen paradigmas establecidos -según el órgano rector vigente en ese momento- las fracturas entre el conocimiento derivado de la ciencia, su posible aplicación y la mirada política, provocan sismos difíciles de contener. Surgiendo así la necesidad de una formación ética en todo humano -o máquina- que emprenda una vida profesional. Así, el uso de herramientas tan útiles como pueden ser el fuego o un cuchillo para hacer el bien, construir y progresar, pudieran en las manos equivocadas hacer el mal y destruir. 

Para qué partir el núcleo de un átomo, para generar energía eléctrica en una central nuclear e iluminar una ciudad, o para hacer una bomba y aniquilar esa misma ciudad. La ciencia es prácticamente la misma. La cuestión reside en cuando las agendas de las personas que toman las decisiones no están sincronizadas, y buscan responder preguntas distintas: ¿qué?, ¿para qué?, y ¿cómo?

Pero eso sí, la ciencia que da pie a todo es pura y carece de valor moral. Surge de la observación, del pensamiento, de la creatividad. Decidir lo que se hace después con ella, es obligación del científico o es más bien responsabilidad de quienes deciden cómo, dónde y para qué usarla.

La ciencia básica, que responde a cuestionamientos infinitos sigue, y seguirá en su búsqueda por respuestas abstractas que generen aún más preguntas. La satisfacción de la curiosidad científica es insaciable. Einstein y el descubrimiento de la dualidad de la luz como onda y partícula, la postulación de aquella ecuación que encuentra que cualquier masa acelerada al cuadrado de la velocidad de esa luz se convierte en energía son ideas bellas; conceptos que no son ni buenos ni malos. Simplemente son. 

Por su parte, la ciencia aplicada, esa que vincula al saber con el hacer, que es el puente que permite la transición de la teoría con la práctica: como el flujo de electrones con la electricidad y el bulbo incandescente, la Teoría de Relatividad con el funcionamiento del navegador GPS, y el entendimiento del átomo con la bomba de plutonio, es esencial para lograr que la ciencia sea realmente el motor del avance de las sociedades, las comunidades, y nos haya otorgado mayor expectativa y calidad de vida.

La tecnología es el catalizador del desarrollo. Pero en este punto es donde necesariamente hay que considerar el contexto y las implicaciones, los riesgos y ventajas, para tomar las decisiones adecuadas respecto a cada uno de los descubrimientos e inventos.

La ciencia logra aislar microorganismos causantes de enfermedades humanas, importante para poder hacer las vacunas que salvan a millones, pero también vimos en 1980 cómo países como la URSS los usa para construir bioarmamento. La ciencia entiende las bases de la genética, y entonces puede diseñar medicamentos para enfermedades antes incurables, pero causan daño al desvirtuarse para propagar ideas equivocadas sobre el supuesto origen biológico de las “razas”.

En qué lado de la historia quieres estar. Oppenheimer trae a Estados Unidos la física cuántica, lidera el Proyecto Manhattan en que más de 30 Premios Nobel participaron y luego dedica los subsecuentes años de su vida en una lucha por regular el uso de la bomba que con tanto cuidado desarrolló. ¿Su pasión era científica, tecnológica, política, o un poco de todas a la vez?

La ciencia es un conjunto de métodos que buscan explicar los fenómenos. No es una guía ética, no es un manual práctico, no provee de un listado de aplicaciones para sus importantísimos hallazgos. Sabemos que existen hoyos negros. Aceptamos la concepción de la evolución de las especies. Conocemos la química tras la elaboración de plásticos a partir de tambos de crudo.

Elaboramos proyecciones de trasmisión de enfermedades. Ofrecemos soluciones farmacéuticas cuando dilucidamos mecanismos fisiológicos. Pero, aunque luego la ciencia hace recomendaciones, sigue estándares éticos establecidos en convenciones post-2ª Guerra Mundial, y se junta en comités de pares para avalar estudios, los científicos NO toman decisiones sobre las políticas públicas, sobre las implementaciones, sobre la transferencia de tecnología.

Recordemos que el 2 de agosto de 1939 Albert Eistein co-firma una carta al presidente Roosevelt avisándole de la posibilidad de que los alemanes elaboren su propia bomba atómica, sugiriendo que Estados Unidos debiera comenzar a construir la suya. No es ahí donde comienza el diálogo tan complejo entre Strauss y Oppenheimer. La reflexión del mismo Oppenheimer con Einstein. La genialidad de un gremio de científicos cuyo objetivo era más intelectual que bélico, en un momento en que la guerra consumía al mundo entero. 

Pero este es sólo un lado de la moneda. En la película de Oppenheimer vemos a una política que cuando los necesita, invita a los científicos para lograr puntualmente su misión y luego le son prescindibles. Y tenemos a otra película, Don’t Look Up estrenada en 2021, que muestra cómo por otro lado los científicos pueden advertir y anunciar con antelación un riesgo, como puede ser el cambio climático o el coronavirus, y los oídos sordos de los tomadores de decisiones hacen frustrante la labor. ¿Para qué saber, entender, investigar si las cúpulas no nos dejan ayudar?  

La ciencia seguirá su emocionante curso, la tecnología seguirá sorprendiéndonos, pero sin duda el inevitable tango que bailan con la política forzosamente debe estar en armonía, oscilando en un marco ético y moral. Siempre.

Gran lección la de Oppenheimer


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