Confieso: las palabras pronunciadas por el presidente Joe Biden al concluir su breve pero trascendental presencia en nuestro país movió las fibras de mi cuerpo.
Nunca antes un presidente norteamericano llegó a nuestro país, después de casi 24 horas de vuelo, con el fin de entregarnos un mensaje personal, casi íntimo, de comprensión y apoyo en estas difíciles horas que nuestro país desde hace diez días conoce.
Su fragilidad física no es un secreto, y bien se conocen los dilemas políticos que encara en su propio país, dilemas que ampliarán su peso y magnitud conforme el avance del juego electoral norteamericano.
Llegó aquí, sin embargo.
En esta rápida pero efectiva visita, cuando la agresión por parte del Hamás no conoce pausas ni límites, impartió una elocuente lección al gabinete que, de momento, con sus 39 miembros apenas acierta a enhebrar claras directrices y rumbos en un rojo escenario que ha cobrado hasta aquí más de 1,500 víctimas.
Los medios no ignoran la intención de la mayor parte de los líderes que en estos días dirigen a las fuerzas armadas de renunciar a sus importantes funciones cuando cerrará el escenario bélico que hoy conocemos.
Sentimientos de culpabilidad, justificados o no, les abruma.
Pero no es el caso de los políticos, y, en particular, de Benjamín Netanyahu.
Y en este contexto cabe elogiar la equilibrada y constante presencia del presidente Yitzhak Herzog.
A mi parecer, sus funciones como puente entre grupos antagónicos y como símbolo de la unidad nacional son importantes e ineludibles.
Hasta aquí ha logrado superar a factores que pretenden restringir su peso y pública presencia. Llegará la hora de juzgarlos.
Y retorno al principio: el presidente Joe Biden nos ofreció en estas difíciles horas un respaldo ejemplar en unión de no pocos líderes, diásporas y multitudes en el mundo.
¿Aprenderán nuestros políticos esta lección?
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