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lunes 22 de julio de 2024
Carol Perelman, salud y judaísmo

¿Qué fue primero, el cuidado a la salud o el judaísmo?

El clásico y milenario dilema de “¿qué fue primero, el huevo o la gallina?” es una paradoja que ha entretenido lo mismo a pensadores y académicos con enfoque reflexivo, como a niños y jóvenes con un toque recreativo. “Nada surge de la nada” decía Aristóteles y por tanto debía ser la gallina: el acto precede a la potencia.

A lo que el astrofísico Stephen Hawking respondió que evolutivamente tuvo que haber sido el huevo. De hecho, según el texto bíblico, la gallina fue creada antes que el huevo, pero si la pensamos en términos de la cosmogénesis científica la respuesta sigue inconclusa. Así, cuando preguntamos la metafórica pregunta en el contexto de si el judaísmo es antes o después del cuidado a la salud, la solución es poco clara, ya que, desde el origen mismo del judaísmo, y embebida en su esencia misma, está como pilar inamovible la procuración de la salud.

Sin salud no hay vida, y la vida es el valor supremo.

A lo largo de la historia del pueblo judío, la tradición médica ha sido vasta; desde épocas antiguas, pasando por las medievales, durante la Edad Moderna y sin duda hasta el día de hoy. Tanto, que en la Torá oral que se hereda de una generación a otra, se incluyen consejos de práctica médica que van desde recomendaciones de ejercicio, alimentación, higiene personal, el buen dormir, y hasta guías para tratar dolores de muelas, de estómago, fiebres y complicaciones cardiacas. De hecho, el primer médico judío, exceptuando los rabinos que fungían como médicos mencionados en la Guemará, fue Asaf Harofé que escribió sus vastos saberes en hebreo entre los siglos 3 y 7, y quien posiblemente contribuyó al primer texto médico judío el libro de los remedios: Sefer Refuot.

Más adelante hubo varios médicos judíos en los siglos 9 a 11 en Arabia, hasta que, en el siglo 12, en Córdoba hoy España, nació el gran Rambam, Moisés ben Maimón, conocido mejor como Maimónides (1138-1204). Maimónides, quien fuera un sabio judío, astrónomo, filósofo y médico del sultán de Egipto, escribió además de interpretaciones usadas hasta hoy de la ley ó alajá judía (Mishne Torah y La Guía de los Perplejos), diez libros médicos analizando los textos griegos de Galeno e Hipócrates, con 25 capítulos que trataban de anatomía, fisiología, patología, sintomatología, etiología de las enfermedades, diagnóstico, tratamientos y medicamentos, así como tratados específicos sobre asma, hemorroides, drogas y venenos, temas ginecológicos, cirugía y de estilo de vida.

Pero antes de las contribuciones de eruditas judíos que lo mismo eran médicos como líderes espirituales, es importante recalcar que el judaísmo se basa en principios fundamentales entre los que destacan tres que tienen que ver con el cuidado de la salud.

En primer lugar, según la filosofía judía, nuestro cuerpo pertenece a D-os; segundo, el cuerpo físico está integrado a la persona y por ello el cuerpo no es moralmente neutro y depende de la moralidad de las decisiones, y tercero, las personas tenemos el permiso divino y la obligación de sanar. Precepto que se deriva de la misión suprema de Tikún Olam que también busca reparar lo quebrado, unificar lo disociado, curar lo enfermo.

Así, cómo consecuencia lógica de que se nos ha prestado el cuerpo mientras vivimos, es que debemos cuidarlo y respetarlo. Siendo por ello obligación Talmúdica, según el tribunal supremo llamado Sanhedrin, que ningún judío debe vivir donde no exista un médico. Y que mientras en algunas tradiciones la curación era y sigue considerándose anatema, e incluso herejía, por tratar de cambiar el deseo divino, en el judaísmo sigue siendo obligación procurar la vida sobre cualquier otra cosa y hacer lo que se requiera para evitar una muerte temprana. De hecho, el sacrificio humano como ofrenda divina nunca fue considerado opción y desde épocas bíblicas la deformidad física o la discapacidad es considerada como normalidades de la vida misma. Además, la salud mental es tan esencial como la salud física, siendo que el Talmud permite violar el sagrado Shabat y encender la luz si una madre lo prefiere para aliviar la ansiedad durante el parto.

La primera vez que en la Biblia se habla de envejecimiento es con Abraham

Pues no había debilidad por enfermedad hasta que se describe con Yacob, y es hasta el libro de Reyes II con Elisha que se menciona la posibilidad de la recuperación tras una enfermedad. En la Biblia hay muchas enfermedades descritas, incluida la paranoia y posible epilepsia del Rey Saul, viéndola como una condición que se busca manejar (pikuaj nefesh) y nunca como una falla moral o un castigo divino.

Un tema tan avanzado a su tiempo, que hace ridícula la idea de que apenas a principios del siglo 20 es que se comenzó a considerar como igual de prioritarias la salud mental y la física.

Es increíble que la liturgia judía incluye prácticas de higiene personal, como el aseo de la casa al menos una vez al año para Pesaj, el baño periódico ritual -mikveh-considerado obligación -mitzvah-, y el lavado de manos antes de comer el pan (netilat yadaim) mucho antes de que el médico húngaro Ignaz Semmelweis confirmara en 1847 su importancia para evitar los gérmenes y que sepamos, como hoy indica la Organización Mundial de la Salud, que el acceso a agua potable es la medida de salud pública más importante para prevenir enfermedades infecciosas.

Incluso, durante la epidemia en el siglo 14 en Europa por peste negra, la tasa de mortalidad de los judíos fue menor a la de gentiles posiblemente porque las costumbres de higiene, como el lavado de manos dictado por la religión, sirvió como protección.

Incluso teorías sobre la baja incidencia de tuberculosis en los judíos durante el siglo 19 fueron severamente cuestionadas, debatidas y utilizadas como excusa divisoria. Es evidente que el sabio Hilel del siglo primero no sabía de la Teoría de Gérmenes cuando incluyó en sus preceptos la obligación del autocuidado para honrar a D-os, por ser nosotros hechos a semejanza, y enseñó a sus estudiantes, que el bañarse tiene un nivel de importancia equivalente a la de procurar con tzedaká (caridad)  a los más pobres y desprotegidos.

Pero, así como tomamos medidas positivas para mantener la salud, el judaísmo también recomienda acciones concretas para evitar el peligro y mitigar el riesgo. Por ello, si alguien no puede subsistir a menos de que reciba limosna, éste debe aceptarla (aunque sienta orgullo o vergüenza); y por ello el fumar o derramar sangre es hoy considerado erróneo, como lo es el cometer suicidio o el hacerse tatuajes en el cuerpo que nos fue prestado. De hecho, bajo este enfoque, es que el enfermo, anciano o mujer embarazada se le obliga a comer en Yom Kippur siendo el nutrirse mayor mitzvá que respetar el ayuno mismo.

Y no es casualidad que los tres saberes que los padres judíos tienen por obligación que enseñar a sus hijos son: un oficio que les de sustento, la Torah que mantenga la fe, y a nadar, sí a nadar, para evitar accidentes que puedan terminar con su vida.

Pero, además, dado que el cuerpo, como la mente es creación divina, también el alimento del cuerpo, como el del alma, obedece a las instrucciones litúrgicas.

Así, por ello, además de mandamientos espirituales están las restricciones nutricionales del Kashrut y se subraya la importancia de los alimentos indicados en las celebraciones, especialmente en el festejo semanal del Shabat que obliga a tener, al menos ese día, proteína servida en una mesa suculenta. Y tal como los alimentos, la salud sexual es fundamental, y está dentro de los preceptos litúrgicos el consumar la unión marital no sólo con el propósito de engendrar una descendencia, sino también por el disfrute y la unión de la pareja.

No existe pecado en el acto sexual sino al contrario, en el contexto adecuado es la manifestación de la unidad en la sagrada pareja.

Hoy la Organización Mundial de la Salud reconoce que los tres pilares de la salud son en efecto el hacer ejercicio, comer sano y dormir bien. Y precisamente sobre el descanso existe en el judaísmo un día completo, y justamente el gran médico y filósofo Maimónides escribió “…hay que dormir y buscar reposo para calmar la mente y descansar el cuerpo, para no caer enfermo e incapacitarse de servir a D-os; el sueño es un servicio para el Todopoderoso,” para Rambam, la provisión de ayuda médica, la sanación, es parte del deber para regresar a la persona lo que “ha perdido”.

Algunos en la Era Contemporánea argumentan que el cuidado del Kashrut obedece a principios científicos que promueven nuestra salud, como por ejemplo el evitar comer cerdo o fresas mal lavadas que pueden ser vehículo de infecciones como cisticercosis, o el no consumir huevo con trazas de sangre disminuye riesgo de salmonelosis. Sin embargo, las leyes de Kosher obedecen preceptos religiosos y no están en ningún momento establecidas específicamente para la promoción de una dieta sana. Pero, aunque su fin último no es la salud, sí tienen beneficios colaterales como por ejemplo el método halájico de salar la carne para desangrarla que hacía, cuando no existían modernos refrigeradores, que se preservara por más tiempo el alimento y esté libre de microorganismos patógenos. Algo interesante es que se está permitido violar el Kashrut si un médico recomienda alimentos prohibidos para sanar alguna condición médica particular.

En el judaísmo el dolor o sufrimiento nunca es el medio para obtener la santificación o la obediencia a lo divino, por ello, aliviarlo es siempre una obligación. Y según la ley judía, un paciente no puede rechazar tratamiento médico, excepto por alguna razón legítima. Tecnologías modernas como trasplantes de órganos, transfusiones sanguíneas, terapias génicas, inseminaciones in vitro e incluso el aborto en caso de poner en riesgo la vida, son autorizadas bajo la ley rabínica. El Talmud explica que, si la vida de alguna persona, cualquiera que sea, está en peligro, debemos, como obligación, recurrir a ayudarle. “Amarás al prójimo como a ti mismo.”

Según el primer fragmento del libro de Génesis, la vida fue dada por el Todopoderoso a través de la nariz, y quizás por ello, cuando estornudamos, deseamos que la vida no se nos vaya por los mismos orificios y decimos “libriut”, ¡salud!

Dado que el humor es parte integral del judaísmo, cabe recordar el clásico chiste sobre la Yidishe Mame que tiene un pollo sano y otro enfermo y decide sacrificar al sano para hacer un caldito de pollo y curar al enfermo. Reflejando la importancia del papel de la mujer judía en la procuración de la salud, y del sacrificio, irónicamente de la vida misma, por el cuidado de la vida. Y hacer notar que los cuentos judíos, cómo los Jasídicos de Baal Shem Tov tan íntimamente tejidos en nuestra cultura, hablan del poder de curación de la mente positiva y del apapacho de la comunidad para el bienestar de sus miembros. Elementos hoy sincronizados con la definición de salud de la Organización Mundial de la Salud, que incluye además del equilibrio en la salud física y mental, también a la salud social como elemento fundamental.

Y sobre enfermedades, hay incluso algunas propias que resultan de la elevada endogamia, como la Fibrosis quística o el Tay-Sachs, de mayor incidencia entre judíos Ashkenazim, el albinismo oculocutáneo entre judíos Sefaradim, y Creutzfeldt-Jakob o b-talasemia más frecuente entre aquellos de origen árabe. Y que, durante el Holocausto, tres ingeniosos y generosos doctores en un hospital en Roma inventaron una enfermedad inexistente, el “Síndome K” para proteger a al menos 20 judíos disuadiendo a que los Nazis los deportaran.

Y más allá de lo que la religión, la filosofía y la cultura judía dicen del cuidado de la salud, está el hermoso oficio de ser médico tan común entre los judíos

…quizás en parte porque hace unos siglos en Europa se les prohibía poseer tierras, obligándolos por ello a recurrir a profesiones más errantes como ser prestamistas, sastres y doctores. De hecho, a pesar de ser tan solo el 0.2% de la población mundial, 3 de cada 10 ganadores de los Premios Nobel en el área de Medicina (28%) son judíos. Y qué sería del mundo moderno sin Sigmund Freud y el psicoanálisis, sin Paul Ehrlich y la inmunología, sin Karl Landsteiner y la clasificación de tipos de sangre, sin Rosalyn Sussman y el entendimiento de la diabetes, sin Albert Sabin y Jonas Salk (que nunca patento su invento) y las vacunas contra polio, sin Gertrude Elion y los antivirales, y sin Rita Levi Montalcini y la neurobiología.

Así, antes de terminar un texto sobre judaísmo y cuidado a la salud, entendiendo que el segundo es inseparable del primero, sólo queda recordar que como judíos nos es prohibido vivir en un pueblo sin doctores, resaltar que la vida es lo más preciado que tenemos, que somos responsables por las acciones que tomamos, que el cuerpo nos es prestado y que en casos donde la vida está de por medio, las decisiones médicas se sobreponen a la religión; eso es lo que la religión misma indica. Finalmente, para reconocer el heroísmo de la vocación médica, me remito a lo que dice el Talmud: “el que salva a una vida, salva el mundo entero.”

Texto publicado en la publicación Naye Zajn de La Kehile en junio 2024

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