Los bebés Bibas fueron, durante año y medio, la efigie de los israelíes secuestrados por Hamás. Llevados a Gaza en brazos de una madre aterrorizada, los pelirrojos fueron la imagen de la lucha para devolver a los rehenes, y el símbolo de la crueldad de quienes no respetan lo más sagrado de cualquier civilización: la infancia.
Meses pasaron sin que se supiera nada de sus cabecitas coloradas.
Los rehenes más pequeños del mundo, si sobrevivían, eran la prueba de que aún podía haber esperanza, de que la paz era posible.
Los imaginamos en casa de gente bienintencionada que los cuidaría a la par de sus propios hijos. Nos pareció ver a uno de ellos entre un grupo de niños palestinos que paseaban en un bosque. Les dejamos una silla en nuestras mesas, los adoptamos, los abrazamos. Vimos el vídeo donde el mayor, de 4 años, recibía a su hermano recién nacido. Celebramos sus cumpleaños y su inocencia.
¿Quién, en su sano juicio, podría hacer daño a estos pequeños, quién podría resistir la mirada tierna del bebé, quién que tuviera hijos y madre descargaría su ira sobre estos angelitos? Además, pensábamos, eran la más preciada moneda de cambio, cuya vida aún los salvajes, aún los animales cuidarían; porque, en nuestra imaginación hollywoodesca, existe un gorila que cuida a un Tarzan recién nacido.
Y aún cuando, frente a una cámara, avisaron a su padre de su muerte, para verlo descomponerse y volverse llanto, volverse loco, no quisimos creer que hubieran asesinado a dos niños, simplemente porque los terroristas “también” eran seres humanos.
En caso de Esther Meyer, cuyo hijo había sobrevivido la masacre y cuyo consuegro seguía en cautiverio, ella consiguió una carreola en la cual colocó a dos “bebés” bien abrigados, con sus juguetes y sus pañales, y los llevó a través de las calles, exigiendo el retorno a casa de los Bibas. Esther es parte del capítulo mexicano de “Run for Their Lives”, una asociación internacional que, cada domingo, llevaba a cabo una caminata por las calles de nuestra ciudad, cargando banderas de México e Israel y carteles con caras de los secuestrados.
Aún recuerdo el pastel de cartón que Esther llevó para el cumpleaños de Kfir, frente a la UNICEF, donde nadie siquiera se asomó por la ventana para vernos, pordioseros de misericordia, mendigos de empatía, rogones de un poco de humanidad.
Cuando se supo la noticia de la muerte de los pequeños y de su madre, la gente cayó en negación. No queríamos que estuvieran muertos. Era una mentira de los terroristas. Si no se menciona, no ha sucedido. No compartan nada.
Pero era verdad. Las caras de los pequeños Bibas, tantas veces arrancadas de los muros de nuestras ciudades, ahora eran arrancadas de la vida misma.
Sí saben que son terroristas, ¿verdad? Lo que hicieron es lo que estos monstruos quieren para nuestros pequeños. Ahora, lo entenderán los indiferentes. Habrá un clamor mundial. Pero ni la UNICEF se cubrió la cara de vergüenza, ni la Cruz Roja se preguntó por qué no había ido a ver a los pequeños. Eso sí,la ONU, la grandiloquente ONU, se pronunció por primera vez.
Pero había aún más, más dolor, más crueldad. Los forenses descubrieron que los guerrilleros, estos que se yerguen orgullosos de su barbarie, armados hasta los dientes, habían ahorcado con sus propias manos a los pequeños para luego desmembrarlos y hacer parecer que murieron en un bombardeo. ¡Valiente muestra de hombría y valor!
Desde noviembre de 2023, los bebés Bibas ya habían dejado de existir. No queremos pensar en qué circunstancias, o si su madre vio lo sucedido. Olvidemos los detalles. Tenemos que ser fuertes.
En caso de Esther Meyer, en este domingo 23 de febrero, ella trajo al parque Lincoln a sus “bebés” para despedirse de ellos. Se quitó la playera de Batman, favorita de los Bibas, y con ella cubrió los cuerpos diminutos. Luego, con una paciencia y un amor infinitos, los envolvió con la bandera de Israel. Los arropó como una madre, metiendo cuidadosamente los bordes debajo de los pequeños brazos. Solo sus pies quedaron a la vista.
Mencionó que, mientras rezábamos y pedíamos por ellos, ellos eran los que pedían por nosotros desde el Gan Eden, el paraíso de los bebés asesinados.
Detrás de mí, Eduardo Prado sollozaba. Dos hombres dijeron el Kadish, el rezo judío por los muertos. Sara Robbins leyó una carta donde se pedía acción y se exigía devolver a los demás rehenes. La gente pasaba, curiosa. Había una instalación en el piso, rodeada de velas que fueron encendidas, in memoriam. Los protagonistas del evento llevaban, por última vez, su gorra naranja, color de la cabellera “gingi” de los niños. Un israelí que de casualidad pasaba por el parque agradeció las muestras de solidaridad con su país. Se leyeron salmos.
Y luego empezó la caminata de cada domingo. Aún hay rehenes por los cuales rogar. Mas no mencionen a los pelirrojos. Estos ya no están con nosotros.
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío
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