Judíos de Monterrey: una historia de errancia y arraigo

Cuando Shafir llegó a México en 1911, no tenía un destino claro. Su viaje había comenzado mucho antes, errando por distintos países de América del Sur: Argentina, Chile, Ecuador, Colombia.

Buscaba algo, aunque en ese momento no sabía qué. Fue en México donde un grupo de judíos árabes le habló de Monterrey, en el estado de Nuevo León, y de una historia que despertó su interés.

Le contaron sobre Luis de Carvajal y de la Cueva, un judío sefardí de los criptojudíos de España. Carvajal había conquistado la región y, en lugar de someter a los pueblos indígenas por la fuerza, hizo las paces con ellos y se convirtió en gobernador de la provincia. Para Shafir, esa historia tenía un peso especial.

Un judío que había dejado su huella en tierras americanas, integrándose y construyendo algo duradero.

Con esa imagen en la mente, decidió viajar a Monterrey y establecerse allí.

Una ciudad sin memoria

Al llegar, la realidad fue otra. De aquel relato que tanto lo había cautivado, no quedaba nada.

Fue otro judío árabe quien le mostró la ciudad. Recorrieron el centro, observó las montañas y el imponente Cerro de la Silla, pero cuando su guía señaló el Cerro del Obispado, su voz se tornó grave.

—Ahí estuvo la Inquisición española de Monterrey —le dijo.

La historia que siguió fue aún más brutal. La Corona española no perdonó a Carvajal su ascendencia judía. Su familia fue capturada y torturada; su anciana madre y sus hermanos murieron en la hoguera.

Él mismo desapareció, víctima de la persecución religiosa.

Para Shafir, aquellas palabras resonaron como un eco del pasado. Sentía que las llamas de la Inquisición todavía ardían y que los quejidos de sus víctimas seguían flotando en el aire.

Cuando preguntó si aún quedaban judíos en Monterrey, la respuesta lo estremeció: apenas un puñado.

Los pocos que quedaban estaban dispersos. Algunos, como los judíos alemanes, se habían asimilado por completo. Le contaron la historia de Rosenblut, un hombre que había vivido con una mujer alemana no judía. Cuando él murió, su esposa acudió a los pocos correligionarios que aún quedaban y les dijo:

—Llévenselo, es de ustedes.

Pero nadie quiso saber más de él. Lo sepultaron en el panteón de la ciudad, sin rabino, sin Kadish, sin comunidad que lo recordara.

Reconstrucción y esperanza

A pesar de la desolación inicial, Shafir no se dejó vencer. Encontró a algunos que aún querían preservar su fe y sus costumbres, como Isaac Well y sus hermanos. Con su ayuda, y con las enseñanzas de los judíos árabes, comenzó a trabajar como vendedor ambulante. No tenía dinero, pero consiguió mercancías a crédito y, con esfuerzo y perseverancia, logró prosperar.

Poco a poco, fue trayendo a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos. Construyó su hogar, su negocio, su comunidad.

En una de las fiestas mayores, viajó con su familia a Estados Unidos. Allí, rodeado de otros judíos, sintió algo que hacía mucho tiempo no experimentaba: pertenencia. En aquel ambiente, saturado de identidad y tradición, comprendió que ser judío no era solo una cuestión de supervivencia, sino de comunidad, de apoyo mutuo, de transmitir la historia a las generaciones futuras.

Cuando regresó a Monterrey, tenía claro su propósito.

No basta con sobrevivir”, pensó. “Hay que crear un ambiente judío”.

Y así lo hizo.

Mientras reflexionaba sobre esto, los niños corrían a su alrededor, llenando de risas el espacio que antes parecía vacío. En ellos veía el futuro, la continuación de una historia que aún estaba por escribirse.

Un legado en la historia

La historia de los judíos en Monterrey es la historia de la resistencia y la adaptación. Aunque la comunidad en 1911 era pequeña y fragmentada, personas como Shafir lograron sembrar una semilla. Hoy, los descendientes de aquellos primeros inmigrantes han construido una comunidad más sólida, con presencia y reconocimiento en la ciudad.

La memoria de Carvajal y de aquellos que fueron perseguidos sigue presente en quienes, como Shafir, se niegan a desaparecer en el olvido. Porque la historia no solo se hereda, sino que se construye día a día.

100 Años de Historia y Tradición

La Comunidad Judía de Monterrey invita cordialmente a conmemorar un siglo de presencia, legado y unión.

A todos aquellos que han formado parte de nuestra comunidad, que han vivido en Monterrey y que, de una u otra manera, siguen siendo parte de esta historia, les pedimos que nos ayuden a enriquecer este festejo.

Comparte con nosotros recuerdos, fotos, anécdotas y todo lo que tengas, para seguir construyendo nuestra memoria.

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