Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Mi nombre es Alejandro, soy judío (y no me avergüenzo)

En un video que nos proporciona Enlace Judío, la actriz Gal Gadot explicita de forma firme (y serena) una afirmación: “Soy Gal y soy Judía”, remarcando su identidad de forma orgullosa y digna.

ALEJANDRO KLEIN

La exclamación y aclaración de la actriz es pertinente.

Pues ataca justamente uno de los éxitos de lo que llamo el antisemitismo en estado puro

Para entender al mismo es necesario reflexionar que no es solo que actualmente el mundo odie a los judíos. No es solo que la izquierda odie a los judíos. Que cierto feminismo odie a los judíos. De forma absolutamente pasional, arrebatada, con arranques propios de la masa enceguecida. Y todo con un leve, casi inexistente, barniz de justificación que cuando existe es espurio y banal.

Pues en el fondo siempre ha sido así, y lo es desde hace 10 siglos.

No. Es que este antisemitismo en estado puro logra otro éxito terriblemente perturbador: que cada vez más aparezcan más y más judíos renegados. El actor Norman Briski es un patético ejemplo entre otros, entre tantos.

Este judío renegado ya no es el judío asimilado del siglo XIX y XX, aquél judío que como Mendelssohn, como Heine, como Marx, como Trotsky, como tantos y tantos otros.

Como sabemos, el experimento del judío asimilado fracasó: no hubo verdadera emancipación, no hubo verdadera igualdad, no hubo desaparición del antisemitismo. Por el contrario, en este siglo XXI, campeón de las minorías, la única minoría del mundo a la que no se le reconocen derechos y dignidad es a la minoría judía. Y vaya si los judíos son una minoría. Tal vez la única “minoría” que en este mundo merezca el nombre del tal.

El antisemitismo en estado puro no incide pues realmente en que haya más antisemitas ni que haya un antisemitismo más desperdigado. El mundo es básicamente antisemita desde -según León Poliakov- la primera cruzada en 1096, es decir que no es para nada exagerado afirmar que el antisemitismo es un odio vernáculo capaz de adaptarse a casi 1000 años de historia europea.

En otras palabras, el antisemitismo no cambia substancialmente aunque el mundo pase por el Renacimiento, la Revolución Industrial, la Revolución Francesa, el Progreso, la Revolución Rusa, el Estado de Bienestar, los movimientos del tercer mundo, y el Neoliberalismo. Nada cambia, nada empapa, nada modifica la esencia inmodificable del Antisemitismo, convertido así en un fenómeno ontológico impermeable, férreamente impermeable, a las transformaciones del mundo medioeval y moderno.

Digámoslo de otra manera: mientras exista la civilización (¿civilización?) occidental habrá antisemitismo. El antisemitismo es elemento intrínseco, estructural e identitario de Occidente. No hay forma que cambie, no hay forma que evolucione, no hay forma que se disipe.

La civilización occidental necesita del chivo expiatorio, de la sospecha, de mantener la idea de conspiración al no poder asumir cabalmente responsabilidades propias. Para Occidente siempre hay un enemigo, un sospechoso, alguien que conspira frotándose las manos, un diablo provocador detrás de desgracias y catástrofes. Por supuesto, para admitir esta situación es necesario admitir que en la constitución de Occidente intervienen elementos psicóticos, persecutorios y disociados, cosa que la sociología tradicional niega y que probablemente solo el psicoanálisis puede tener en cuenta.

Pero en lo que refiere al occidente moderno, otro elemento interviene. La actriz Gal Gadot agregaba: “y soy hija de”. Probablemente sin advertirlo reflexiona sobre uno de los puntos fundamentales del judaísmo, aquello a lo que el judaísmo no puede renunciar: el ancestro, el heredero, la generación, la ascendencia y la descendencia. Son puntos no negociables de la identidad judía, sea uno o no religioso, se acepten o no las mitzvot, las fiestas u otros.

El pacto de fidelidad a una transmisión inmemorial, que a su vez tendrá también sucesión inmemorial es lo que hace a los judíos, judíos. No es ninguna casualidad que los libros bíblicos estén plagados de listas de ascendientes y descendientes. Recuérdese las palabras de Bereshit 1:28. Tampoco es ninguna casualidad que el Pirkei Abot (Tratado de los Principios o Libro de los Padres o Ancestros) marque toda una línea sucesoria desde Moisés y la Sinaí hasta llegar a Rabí Jananía ben Acacia quien establece sobre la Toráh que la misma se ha de engrandecer y extenderse.

Justamente este punto de la transmisión, la descendencia, la continuidad perturba terriblemente a un societario que se constituye actualmente a través del instante, la cada vez más baja o inexistente natalidad y en la denigración, denuncia y burla incesante de lo paterno, la tradición, el pasado.

Aparece pues aquí, como ya señalábamos, como reacción, emergente y consecuencia un nuevo modelo de construcción de identidad judía que al mismo tiempo rechaza como “lepra” su judaísmo: el Judío Renegado.

Este judío sabe y reconoce su origen, puede inclusive con cierta alegría contar la historia de sus antepasados, reconoce la influencia de los mismos en su infancia y juventud, pero en un punto determinado (¿de adultez?), se detiene y exclama que de cualquier manera él se ha liberado de esa cultura de sus ancestros. Esta cultura judía aparece para el mismo, a partir de ese momento como una plétora de patrañas y supersticiones. Patrañas y supersticiones que han dominado al judaísmo por siglos de ignorancia, siglos de persecuciones, siglos de guetto y de no participación en la “cultura” occidental. Entiende además, directa o subrepticiamente, que Israel y el sionismo son una nueva versión de esta “vergüenza” que genera “atraso” e “ignorancia”.

Con la precaución del caso quizás podríamos indicar el estado de alienación del judío renegado: no vive su judaísmo como algo que realmente le atañe, situándole casi como un cuerpo extraño y parasitario, sin forma parte de su ser e imponiéndole un sacrificio forzado del cual se debe y quiere deshacer y desembarazar. Y la forma preferida de desembarazarse de su “costra” vergonzosa es a través de la denuncia. El judío renegado denuncia al “despótico” Israel, denuncia al “imperialismo” sionista, denuncia al “crimen explotador” del judaísmo sobre las víctimas palestinas.

En términos psicoanalíticos es una burda identificación con el agresor, con la que busca, infantil y puerilmente, ser “perdonado” y “expiado” de su pasado judío, tanto como formar parte del coro de los supuestos hombres “justos” y “progresistas” de la “cultura” occidental.

Estos judíos renegados, avergüenzan en definitiva al judaísmo para disimular de forma patética la vergüenza que sienten de ser judíos.

¿Qué queda ante este panorama? No soy optimista al respecto.

Y sin embargo y al mismo tiempo algo sí se puede hacer, tal como parece señalar Gal Gadot: rescatar la identidad judía en términos de orgullo y dignidad. En términos de Historia, Logros y Porvenir.

Por ende tal vez llegó la hora de decir con voz muy clara: “Mi nombre es Alejandro. Y soy judío. Orgullosamente Judío”.-


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