Me contaba mi padre que en su vida había presenciado y sufrido dos actos de antisemitismo. Uno provenía de un recuerdo infantil de una famosa confitería, cuyos dueños eran alemanes, que durante gran parte de la Segunda guerra mundial habían colocado un cartel en la puerta que decía: “No se admiten judíos”. Mi padre no me lo explicó pero supongo que el cartel estaba escrito en español y en alemán. Asimismo supongo que cuando era ya clara la caída del régimen nazi, el cartel debe haber sido discretamente retirado. Increíblemente, este recuerdo de mi padre lo corroboré años después estudiando un libro sobre la presencia nazi en Latinoamérica.
El segundo recuerdo era mucho más doloroso y humillante. A mi padre, joven profesional a punto de terminar sus estudios, se le comunicó que no se le renovaba el contrato en la empresa del Estado en la cual comenzaba a trabajar como profesional. Frente a las protestas que amagó, un querido amigo le confesó que era inútil, que no era por evaluación de su desempeño laboral, sino porque en el directorio de la empresa había varios directivos antisemitas (del partido de gobierno que había ganado las últimas elecciones) que no querían judíos en una empresa del Estado.
Recuerdo perfectamente el nombre de esa confitería y recuerdo perfectamente el nombre de esa empresa del Estado. ¿Para qué mencionarlos? ¿Vale la pena?
Mi padre, al igual que toda su generación, creyó con vehemente fe que la derrota del nazismo implicaba la derrota del antisemitismo. Y en 1948 cuando llegaron las noticias de la creación de Israel, junto con otros compañeros de su Universidad, se alistó en una fuerza de reserva en caso de que Israel necesitara de los judíos de la diáspora en la guerra de la independencia.
Tampoco desistió nunca de la idea de hacer aliá, cosa que finalmente no hizo, aunque sabía que ningún judío de buena fe puede, de una u otra manera, desistir de Israel.
Muchos años han ya transcurrido y mi padre y su generación se equivocó profundamente en creer que la derrota del nazismo implicaba el fin –al fin– del antisemitismo.
Las primeras décadas del Estado de Israel parecían una sucesión de logros, conquistas y triunfos que generaban admiración entre los judíos y los no-judíos.
Casi que la supervivencia de Israel y sus admirables logros parecían un milagro, una redención divina.
Pero los milagros se han terminado y en su lugar tenemos el aluvión del horror, el desastre y las penurias de los israelíes ante interminables guerras que nunca parecen terminar. Por otro lado, este Estado parece que ya no muestra la clarividencia y la sabiduría de décadas anteriores.
Como dije, el antisemitismo no se terminó. Al contrario, y lo estamos viviendo, se intensifica y se intensifica y no habrá en este momento cámaras de gas reales, pero los judíos son “exterminados” social y culturalmente del Mundo a una escala que genera estupor y parálisis. Aquel siniestro cartel de advertencia proveniente de los recuerdos de mi padre: “No se admiten judíos”, se ha propalado e instalado ya en todo el Mundo, como si aquella vil confitería hubiera comprado miles de sucursales por toda Europa y Latinoamérica.
Pero en algo no se equivocó mi padre y su generación: los judíos no pueden dejar de estar pendientes de Israel.
Y en el mismo momento en que esa necesidad se acrecienta, el Estado de Israel se vuelve más y más religioso…
Quizás habría que recordar que el objetivo del sionismo y de la fundación de Israel no fue la restauración de la religión judía, sino crear un hogar nacional para todos los judíos del Mundo y por eso se promulgó la ley de repatriación.
Todos los judíos del mundo implican -¿es que hay que explicitarlo?-: judíos religiosos, judíos no religiosos, judíos anti-religión, judíos ateos, judíos ultra ortodoxos y etcétera y etcétera.
Pero en la medida que Israel tolera más y más los desmanes y petitorios de los ultraortodoxos, en la medida que Israel cree encontrar seguridad y soporte en la Torá y la fe, más se equivoca, porque más se acerca y asemeja -¿es que acaso es tan difícil de advertir?- a esos estados teocráticos y fundamentalistas como Irán, a los que sin embargo critica y vapulea por ser justamente teocráticos…
La religión judía no necesita ni necesitó durante 20 siglos de ningún estado para existir y si lo necesitara, si necesita una estructura laica como el Estado proveniente de la estructura laica social-política de la modernidad y la revolución francesa, pues entonces algún problema ha de tener la religión judía en su legitimidad.
¿La religión judía tiene una crisis de legitimidad? Habrá que pensarlo.
Mientras tanto, los otros, los judíos laicos, los que no necesitan de la religión judía ni de hacer de su vida un acto de fe para sentirse judíos, poco o nada se pueden identificar con el derrotero que está tomando Israel.
La fuerza de Israel no es solo o necesariamente el ganar guerras o matar terroristas. La fuerza de Israel es su sabiduría y su prudencia y el que albergue a todos los judíos de dentro y fuera de Israel, no que los repela o asuste con medidas fundamentalistas y totalitarias.
¿O es que no hemos aprendido nada de la historia de David y Goliat?.-
Dr Alejandro Klein
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