Descanso y descontento, no todo es miel en La Alameda

Después de una pesada semana de trabajo los inmigrantes aprovechan un poco de descanso el domingo dos horas antes de la puesta del sol. Esa es una buena satisfacción por una semana entera de trabajo. Les gusta pasear en la Alameda, un parque muy grande en el centro de la ciudad adonde, prácticamente, todos vivimos. Sentado en un banco, recibo muestras de afecto de conocidos que pasan corriendo y dejan al aire un breve saludo.

En ese momento se acerca el primer joven judío que conocí cuando llegué a Monterrey. Se llama Moisés Finkler. Me saluda, se sienta junto a mí en la banca y le pregunto por qué no lo he visto últimamente en casa de Shaffir. Me mira, y por primera vez lo noto muy serio.

—”Usted pregunta por qué no he ido… Porque ese no es mi lugar. Creo que cometí un gran error al venir acá. Mi destino debería haber sido Eretz Israel. En mi casa,en el shteitl, recibí educación en idish y en hebreo y mi meta era llegar hasta allá. Resultó que en los últimos años mis padres se empobrecieron y la vejez los debilitó. Yo tengo una hermana en América, y mis padres decidieron que viajara a la Ciudad de México para que, viviendo cerca de ella, nos ayudásemos y pronto los podríamos traer hasta acá. He seguido un camino oscuro, sin saber hacia dónde me lleva.”

Observo su mirada triste y llena de nostalgia y le digo:

—”Usted no va a lograr nada con su descontento. Hay que adaptarse a la situación.”

Él asiente con la cabeza, moviéndola con tristeza:

—”No tengo otra opción. Un gran peso recae sobre mis espaldas y la corriente me arrastra. Hoy, en la madrugada, esa fuerte corriente me arrancó de mi cama. Anduve todo el día cobrando en mi bicicleta y sudé sangre como todos los que han llegado aquí. Después, llegué a mi casa, me cambié y me puse ropa limpia, pero sentí un vacío. ¿A dónde voy? ¿Qué hago?”. A veces voy a casa de uno, de otro, pero nadie está allí. No pueden quedarse en casa. Extrañan y esa añoranza los hace salir vagando con pensamientos tristes, preguntándose lo mismo que yo. ¿Por qué sigo aquí? ¿Es este mi lugar?

—”Usted tiene razón”, —le digo. —”Pero cuando se organiza socialmente, se puede encontrar consuelo y compañía en el centro social. A mí también me hace falta socializar.”

—”En un centro social podría encontrar un poco de paz y alegría. Podría leer un periódico o un libro en idish.”

Le contesto: —”Pronto tendremos un encuentro todos los jóvenes judíos en el seder de Pésaj. La señora Bertha Corenstein lo está organizando en un local grande. Espero que ahí nos encontremos todos. Mientras tanto, voy a organizar a los invitados para el seder.”

—Shalom amigo, suerte con eso!.

100 Años de Historia y Tradición

La Comunidad Judía de Monterrey invita cordialmente a conmemorar un siglo de presencia, legado y unión.

Un encuentro para honrar el camino recorrido y reflexionar sobre el futuro.

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Thelma Kirsch: