Durante la madrugada de este jueves comenzaron a reportarse violentos enfrentamientos entre tropas israelíes e islamistas en Siria. ¿Será que ese país árabe ha llegado a su colapso definitivo, y el desmembramiento del sur es inevitable?
Todo parece indicar que el pleito comenzó por la base de Tadmur (región de Homs), una de las pocas que todavía eran funcionales y que no habían sido bombardeadas por Israel. Desde hace algunos días, Turquía empezó a movilizarse para tomar posesión de ella y así reforzar su presencia en la zona, pero ayer Israel realizó un violento bombardeo sobre la misma, y también sobre instalaciones estratégicas en Damasco. La política de Netanyahu es clara desde hace tiempo y no ha cambiado: no va a permitir que ningún enemigo de Israel (sea grupo islamista o la mismísima Turquía de Erdogan) pueda aprovechar la infraestructura militar del que fuera el régimen de Bashar el-Assad.
En medio de los operativos, tropas sirias del régimen de Al-Jolani intentaron abrir fuego contra tropas israelíes. Incluso se reportó que un convoy con tal vez hasta seis camiones con infantería tomó rumbo hacia las posiciones israelíes en el sur de Siria, pero helicópteros de la Fuerzas de Defensa de Israel lo atacaron y eliminaron. No hubo soldados israelíes heridos.
¿Será que a Siria le está pasando algo similar a la ex-Yugoslavia? Recordemos que este país fue una creación arbitraria posterior a la Primera Guerra Mundial, que funcionó potablemente durante el período entre-guerras, y que luego mantuvo su cohesión bajo el control de la URSS y como parte de los países de la llamada Cortina de Hierro. Sin embargo, esa débil vinculación entre serbios, bosnios y croatas llegó a su fin cuando el poderío soviético colapsó, y el resultado fue la guerra civil más brutal que se viera en todo el siglo XX.
Siria fue más estable a lo largo de la historia. Sede de una aglomeración muy nutrida de diferentes grupos de origen arameo y árabe, sus pobladores se acostumbraron a coexistir gracias a la idiosincracia imperial que caracterizó a los grupos de poder de Damasco, una ciudad con una gran historia y de capital importancia a lo largo de los siglos debido a su ubicación estratégica.
La última vez que Siria fue la sede de un poderoso imperio fue durante la era seléucida, iniciada desde el año 323 AEC cuando, tras la muerte de Alejandro Magno, su general Seleuco tomo el poder en Damasco y se puso al frente de un gran imperio que gobernaba el Medio Oriente y Mesopotamia. Dicho imperio sucumbió gradualmente, y hacia inicios del siglo I AEC estaba reducido al territorio de la actual Siria. En el año 63 AEC, fue anexado al Imperio Romano.
Sin embargo, la importancia de Damasco no disminuyó. Al contrario: convertida ahora en capital provincial, entró en una nueva fase de esplendor, y desde entonces fue una urbe destacada en los imperios romano, romano de oriente y bizantino, así como en todos los califatos hasta el Imperio Otomano.
Fueron los estragos causado por el colonialismo francés los que hicieron que Siria, a partir de 1917, empezara a perder el brillo de otras épocas. Tras la retirada de británicos y franceses del Medio Oriente, Siria se independizó y se convirtió en un estado moderno, pero en 1970 y tras un golpe de estado, el dictador Haffez el-Assad se hizo con el poder, y ahí empezó la debacle lenta pero definitiva de Siria.
Pésimo gobernante al igual que su hijo y heredero Bashar el-Assad, su legado fue un país empobrecido y dependiente, que finalmente quedó bajo el control del Irán de los ayatolas. A partir de ese momento, el precario equilibrio entre los múltiples grupos que lo habitaban empezó a romperse debido al poder desaforado que tomó la minoría alawita —chiíta, a diferencia de la mayoría de los sirios, practicantes del islam sunita—. Fue la intervención iraní, y luego rusa, la que evitó que entre 2011 y 2019 una guerra civil surgida de las Primaveras Árabes le diera al traste a la unificación del país.
El final de esa etapa llegó hace unos pocos meses y lo pudimos atestiguar en vivo y en directo. Con la caída de Bashar el-Assad, Siria perdió el último mástil al cual aferrar su precaria unidad, y cada región empezó a construir su propio destino.
Por el momento y a nivel oficial, Siria todavía es un país. Uno. Pero las fricciones provocadas por el expansionismo de Erdogan están a punto de mandar todo al bote de la basura. En su obsesión por reinstaurar el esplendor del Imperio Otomano, el dictador turco con ínfulas de sultán estableció una alianza con varios de los grupos islamistas que derrocaron a Assad, pero eso le llevó a proundizar en sus conflictos con los kurdos al oriente del país. La situación no tardó en poner en riesgo a los drusos del sur, que de inmediato comenzaron a dar pasos decisivos para funcionar de manera autónoma, y de paso para refrendar su alianza con Israel.
El estado judío, por su parte, aprovecho el caos de la caída de Assad para ocupar una franja de territorio al norte del Golán (incluyendo al Monte Hermón), para usarla como zona de contención en caso de una agresión islamista-turca.
Parece que la crisis por fin está llegando a ese nivel, e Israel ha dado los primeros golpes certeros para mantener a raya a Erdogan y sus islamistas. Lo hace confiado en que cuenta con el apoyo de los Estados Unidos, que tampoco parecen interesados en que Turquía incremente su poder en Medio Oriente. Además, el propio Erdogan enfrenta problemas muy serios en su propio país. Desde hace una semana, manifestaciones multitudinarias que han agrupado varias veces a más de dos millones de personas, se realizan todos los días para exigir la caída del tirano. La economía es un desastre. La lira turca sigue perdiendo valor. Y Trump asignó un 10% de aranceles extras a las exportaciones turcas que llegan a los Estados Unidos.
De uno u otro modo, todo eso se va a traducir en que la centralización del poder en Siria se va a debilitar, o igual y hasta desaparece. Sin ese factor de cohesión impuesta desde afuera, es muy probable que la Siria que conocíamos deje de existir. Por lo menos el oriente y el sur podrían independizarse, uno para convertirse en un estado kurdo, el otro en un estado druso. Ambos, aliados de Israel y, con ello, protegidos contra Erdogan.
Tal vez todo esto se habría podido conjurar si las fricciones y los enfrentamientos se hubiesen limitado a confrontar a sirios contra sirios.
Pero la voracidad de Erdogan ha provocado que Israel llegue a la fiesta, y con ello puede llegar a su fin la milenaria historia de Siria.
Al tiempo.
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