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jueves 04 de junio de 2026

Irving Gatell/ Los grandes planes a futuro para el Medio Oriente

Esta fue una semana particularmente convulsa a nivel mundial, debido a la montaña rusa que vivieron las bolsas de valores de todos los continentes a causa de las agresivas políticas arancelarias de Trump. Por eso, más que nunca, sobresale el trato tan distinto que Trump tiene hacia Medio Oriente. ¿Qué ve, que el resto del mundo no?

Cada región del mundo tiene sus momentos para brillar. Estos se van alternando, por supuesto. Durante las últimas tres décadas del siglo XX, fue el turno de Europa. La evolución política que le dio forma a la Comunidad Europea, dotándola de un parlamente y de una sola moneda hizo que todos pusiéramos nuestra atención allí.

De algún modo, intuíamos que esos países visionarios estaban marcando una ruta que valía la pena seguir. Luego vino el auge de los países asiáticos. El gran crecimiento económico de China marcó la tendencia, y luego llegaron o se consolidaron los éxitos de otros países como Corea del Sur, Vietnam, o Singapur.

Nos queda claro que ninguno de estos auges son permanentes, y pareciera que cada región tiene que aprovechar bien los treinta años que dura, en promedio, su éxito desaforado. O, por lo menos, que se mantiene dicho éxito hasta que empiezan a cometer errores graves.

A Europa la hundió el multiculturalismo mezclado con la social-democracia descontrolada. El continente empezó a inundarse de inmigrantes que, a diferencia de los llegados entre los años 50’s y 80’s, no hicieron ningún esfuerzo por integrarse, ni en lo cultural ni en lo laboral.

Las nuevas políticas inspiradas en los remordimientos de conciencia propios del posmodernismo filosófico —por ejemplo, todas las arengas de Edouard Said que le dieron forma y contenido a esa barbaridad ideológica que es el decolonialismo— lograron que los europeos se compraran la absurda idea de que había una obligación moral por consentir y mantener a estos inmigrantes, sin exigirles nada a cambio.

Las sociedades comenzaron a polarizarse pero, peor aún, a volverse menos productivas. Las enormes burocracias social-demócratas siguieron siendo igual de caras, o más, y el estado empezó a tener mayor control sobre los individuos. A la fecha, esa combinación ha provocado que Europa lleve décadas de ser el continente que, en promedio, tiene menor crecimiento económico.

Su debacle apenas comenzaba cuando el auge de China empezaba a consolidarse. Ya para inicios del siglo XXI, eran los chinos los que nos sorprendían con su aparentemente imparable crecimiento económico. Rusia, incapaz de recuperar la fuerza de la antigua Unión Soviética, tuvo que dejar paso a Beijing como la nueva competidora de Washington.

Pero el proyecto chino también se estancó, esta vez porque el Partido Comunista trató de mantener el control estatal sobre ese auge económico. El mismo error europeo, aunque cometido desde un enfoque distinto.

La economía china empezó a perder su empuje, la industria inmobiliaria (que representa el 24% de la actividad económica del país) estuvo a punto de colapsar, y se llegó a un punto de conflicto con los Estados Unidos que, desde hace unos diez años, amenaza con detonar en una guerra comercial de resultados impredecibles.

Algo de eso también le pasó a Europa, y de ahí salieron las motivaciones para que el presidente Trump diera el manotazo sobre la mesa y pusiera a todo mundo en alerta máxima con su guerra de aranceles.

Echando un vistazo muy general, lo que sucedió fue relativamente simple: Estados Unidos se convirtió en un gigante bonachón dispuesto a comprar y comprar, pero al que cada vez le costaba más trabajo vender.

Todo mundo metía sus productos baratos en los Estados Unidos, y así tenían acceso a un mercado enorme. Pero, al mismo tiempo, le imponían aranceles muy agresivos a los productos y las marcas norteamericanas que, en consecuencia, no eran competitivos ni en Europa ni en Asia.

Trump decidió ponerle fin a eso y, fiel a su estilo agresivo y nada sutil, emprendió una guerra arancelaria que puso a todo mundo a sufrir. Curioso: muchos de los países que más aranceles le ponían a los productos estadounidenses, fueron los que más amargamente se quejaron de que la nueva política de Trump era odiosa, inútil, contraproducente y desleal (Canadá y China, por ejemplo, aunque la lista podría incluir a varios países de Europa).

La guerra de aranceles no se detuvo. Llegó el tan anunciado mes de abril, los aranceles estadounidenses entraron en vigor, y las bolsas cayeron estrepitosamente, sobre todo en Asia. Gracias a las diferencias de horario, para cuando abrió la bolsa en Wall Street alrededor de 70 países ya se habían comunicado con Estados Unidos manifestando su disposición de negociar el modo de llegar a una política bilateral de aranceles cero. La bolsa norteamericana sufrió, pero no como las de Asia o Europa. Los daños fueron menores.

El único país que se mantuvo en abierto pie de guerra fue China, y ayer Trump hizo su jugada maestra: anunció más aranceles para el gigante asiático, pero puso en suspensión de 90 días los aranceles para el resto del mundo, a la espera de ver qué se logra en las negociaciones.

El resultado fue contundente: la bolsa en Estados Unidos tuvo la mayor jornada de éxito de toda su historia, y la situación en China siguió complicándose. Hay reportes de que muchas empresas ya empezaron a despedir gente, y varias marcas internacionales están recortando sus negocios con China.

Hay que entender que en las cartas finales, Estados Unidos lleva una ventaja significativa sobre su máximo rival comercial. Es simple: China le provee a Estados Unidos muchos productos baratos, o muchas cosas que no se producen en otros lugares. Pero un país como la Unión Americana puede suplir eso.

Tardaría años, y habría un notable estrés económico, pero en la última de las instancias, tiene el dinero y la infraestructura para suplir eso. China, en cambio, necesita a Estados Unidos para vender sus productos. Si Estados Unidos los deja de comprar, China pierde el mayor mercado del mundo, y no hay manera de sustituir eso.

Lógica de comerciante: es más fácil encontrar un nuevo proveedor que un nuevo cliente. Y es todavía más fácil encontrar mil nuevos proveedores, que un mercado de 350 millones de personas que tienen un ingreso (y poder adquisitivo) que, en promedio, es ocho veces mayor que el de tu propio país.

De Europa no hay mucho que decir. Por lo menos, China tiene con qué retar a Trump. Europa no. Hace mucho que quedó relegada en la gran competencia comercial a nivel mundial.

En su afán por regresar al orden (desde su muy particular concepto de lo que eso pueda significar), Trump ha puesto patas arriba a todo mundo. Eso incluye a América Latina, debido a que los Estados Unidos quieren recibir toda la inversión importante de los próximos años, y por eso todo lo que hay de México hacia el sur debe quedar relegado de los planes para remodelar al mundo. Todo lo bueno que pueda llegar al continente, Trump lo quiere en su país. No le interesa que nosotros encontremos ningún beneficio en ello.

En todo ese pandemonio que bien podría ser una Primera Guerra Mundial Comercial, es digno de notarse que el Medio Oriente no está recibiendo ese trato.

Al contrario: el plan más relevante a largo plazo es que Estados Unidos pase a ser parte de esa región del planeta por medio de la anexión de Gaza. Pero, en el corto plazo, lo que más le interesa a todos es el ingreso de Arabia Saudita a los Acuerdos de Abraham y, de una vez, también de Líbano.

Con ello se consolidaría una nueva región económica liderada por Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, además de Estados Unidos si se implementa la anexión de Gaza.

Y, entre otras cosas, se crearía un enorme foco de desarrollo económico a partir de una ruta de tres grandes centros turísticos y empresariales en la Costa Oriental del Mediterráneo: la Gaza estadounidense, el Tel Aviv de siempre, y la Beirut renovada y renacida en su espíritu occidental. Hamas y Hezbollá, por supuesto, no caben en ese plan (pero Israel ya hizo lo más importante de ese trabajo).

Por eso, mientras le declara la guerra al resto del mundo, Trump empieza a sentar las bases de una fuerte inversión en el Medio Oriente, a sabiendas de que una vez que el declive del éxito económico asiático se consume a nivel regional (lo aclaro, porque es muy probable que a nivel local, muchos países de la zona mantengan buenos niveles de desarrollo, como Singapur), será el turno del mundo semita para marcar el ritmo del progreso económico a nivel mundial.

Básicamente, sólo hay dos factores que estorban: los ayatolas, y Erdogan.

El dictador turco sería fácilmente doblegado con la pura presencia estadounidense en Gaza. Con ello quedarían sepultadas sus ínfulas de califa y sus ansias por resucitar al Imperio Otomano.

Los ayatolas tal vez necesiten un poco más de ayuda para irse, pero eso ya no se ve lejano. Están a punto de iniciar las negociaciones que, de no funcionar, darán paso a un ataque contra el régimen de Teherán.

Y el problema para esos clérigos extremistas es que la exigencia estadounidense es el desmantelamiento completo del proyecto nuclear iraní, cosa que los ayatolas no van a aceptar. Así que el pronóstico es que las charlas no van a llegar a ningún lado.

Si esto no fuera suficiente, el exabrupto de las bolsas de valores que comenzó el lunes tiró el precio del petróleo a nivel mundial, y dos de los países que más están sufriendo con eso —porque sus principales ingresos dependen exclusivamente de eso: el petróleo— son Irán y Rusia.

Los ayatolas llegan con todas las desventajas a la negociación, y lo mejor que podría pasar es que entiendan que ha llegado la hora de irse.

Cuando se vayan (o cuando los larguen), prácticamente habrá vía libre para empezar a rediseñar en serio al Medio Oriente, y no va a pasar mucho tiempo para que esta región del mundo se convierta en el mercado más activo y generoso del mundo, que deje pingües ganancias a quienes más inviertan allí.

Y Trump lo sabe.


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