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miércoles 03 de junio de 2026
Dr. Daniel Fainstein / Francisco, el Papa del diálogo y de la dignidad

Dr. Daniel Fainstein / Francisco, el Papa del diálogo y de la dignidad

En un mundo atravesado por la polarización, los rencores históricos y las nuevas formas de odio, el Papa Francisco ha encarnado, con humildad y firmeza, una voz moral que apuesta por el encuentro, el respeto mutuo y la dignidad del ser humano.

Como judío, no me corresponde entrar en consideraciones sobre cuestiones internas de la doctrina católica, sus tensiones ni sus controversias. Tampoco evaluar si fue demasiado liberal o conservador. No me corresponde tampoco evaluar el papel del Papa al interior de la política en la Argentina donde tiene defensores y detractores.

Pero sí me corresponde, por ética y gratitud, señalar y agradecer su contribución generosa al diálogo judeocristiano, a la defensa de los perseguidos, al cuidado del planeta, y a una espiritualidad de la compasión.

Desde los días en que el Papa caminaba por las calles de Buenos Aires como Jorge Mario Bergoglio, su amistad con rabinos como Abraham Skorka, Daniel Goldman, Marcelo Polakoff, Alejandro Avruj o Sergio Bergman fue muy significativa. No fue sólo un gesto de cortesía interreligiosa, sino una manifestación viva de una teología de la convivencia. No hay verdadero diálogo sin afecto, sin riesgo, sin apertura. Y él asumió ese riesgo: se sentó a dialogar sobre temas espirituales y actuales con rabinos, participó en celebraciones judías, y defendió públicamente la memoria de la Shoá y la lucha contra el antisemitismo. Más allá de los titulares, Francisco ha sido un puente, una voz que reflejó frustraciones dolorosas y esperanzas compartidas.

A partir de su fallecimiento algunas voces dentro del mundo judío —impacientes, parcializadas o simplemente desinformadas— han pretendido juzgar al Papa como si su principal obligación fuera actuar como vocero del gobierno israelí. Estas críticas, en muchos casos, revelan una comprensión precaria de cómo funciona la diplomacia vaticana, y una peligrosa reducción del judaísmo a la defensa incondicional del Estado de israel, como si toda figura pública debiera alinearse automáticamente con la política de turno. Particularmente cuando se trata de un gobierno tan radical y cuestionado. No sólo es injusto: es miope.

No se puede pedir respeto a la historia y la singularidad judía, si no se está dispuesto a reconocer el estilo, la independencia y la misión pastoral de un líder espiritual de otra tradición.

Sus declaraciones criticando el ataque de Hamás, reclamando por los cautivos y pidiendo por la paz entre israelíes y palestinos son ampliamente conocidas. Henrique Cymerman, el periodista israelí que acompaño a sobrevivientes y familiares de secuestrados israelíes al Vaticano, describió en detalle la calidad humana y el interés del Papa por ayudar a su regreso.

Es cierto que existen diferencias, incluso controversias históricas y actuales entre el mundo judío y la Iglesia. Pero desde la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II en 1965, todos los Papas han promovido activamente el respeto hacia el pueblo judío y su fe, rechazando el antisemitismo, reconociendo la continuidad de la Alianza entre Dios y el pueblo judío, estableciendo relaciones diplomáticas con el Estado de Israel, y fomentando un diálogo profundo y respetuoso.

El Papa Francisco ha continuado este camino con su estilo propio: pastoral, fraterno, valiente, centrado en la misericordia, en los gestos concretos y en una ética del cuidado. No ha sido un mero heredero de esa transformación histórica, sino uno de sus intérpretes más comprometidos.

Desde mi identidad judía, agradezco al Papa por recordarnos que la religión no es una trinchera, sino una promesa. Por recordarnos que la santidad comienza con la dignidad del otro, por ir más allá del egoísmo nacional. Por recuperar el don de la hermandad humana.

Que su voz siga resonando, en estos tiempos de tinieblas, como un llamado a la esperanza y al entendimiento.

 


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