Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026

Rab Yosef Bitton / Nasó: El Antisemitismo Normalizado

Desde que tengo uso de memoria, no recuerdo haber experimentado el antisemitismo como lo siento hoy. Especialmente en los últimos meses. Creo que desde que asumió la presidencia Donald Trump. Es un antisemitismo mediático, global, que nunca antes en la historia humana fue tan popular y aceptado.

Algunos ejemplos: en Estados Unidos hay un periodista muy influyente, Tucker Carlson, quizás el periodista más popular de X (antes Twitter), que trabajaba en Fox News. Según recordó, como buen “republicano”, solía defender a Israel. O al menos, nunca recuerdo que lo haya atacado. Pero ahora no se dedica a otra cosa. Es muy famoso. Fue el primero que entrevistó a Trump en el nuevo X de Elon Musk. Algunas de sus entrevistas, como la de Putin, por ejemplo, tuvieron más de 100 millones de viewers. En dos de cada tres de sus entrevistas semanales —literalmente— invita a alguien que, directa o indirectamente, condena a Israel, niega el Holocausto, o acusa a Israel de haber asesinado al presidente Kennedy, o presenta algún otro prejuicio o conspiración antisemita de la cual se puede despegar fácilmente porque no lo dice él.

Cuando invita a un judío, siempre se trata de alguien anti-Israel, que sufre de autoodio, como Glenn Greenwald o Dave Smith, que son incluso peores que los goyim.

Y lo peor es que Carlson ya ni siquiera intenta disimular su antisemitismo. Muy inteligentemente dice: “Me acusan de trabajar para Qatar…” —y se ríe cínicamente. Su antisemitismo es obsesivo. Da miedo. Tiene más de 16 millones de seguidores. Y sus acusaciones a Israel cada vez son más virulentas.

Lo mismo ocurre con Candace Owens, también con millones de seguidores. Antes era pro-Israel. Trabajaba con Ben Shapiro. Y ahora, se dio vuelta. Niega el Holocausto o lo minimiza, y no deja pasar una sola oportunidad para atacar brutalmente a los judíos y a Israel.

Algo parecido pasa con Piers Morgan, el más famoso periodista británico. Recuerdo que luego del 7 de octubre demostró cierta simpatía por Israel. Exigía a sus entrevistados árabes que condenaran a Hamás por retener rehenes o usar a los civiles como escudos humanos. Pero ya no. Ahora se dio vuelat y ha perdido toda objetividad. Está obsesionado con acusar a Israel de genocidio. Y deliberadamente le ofrece su plataforma a los antisemitas más virulentos y, al igual que Carlson, invita a los famosos “idiotas judíos útiles” que —por ignorancia o autoodio — defienden a los palestinos para demostrar “objetividad”.

En todos estos casos, estos influyentes ignoran sistemática y olímpicamente cómo y quién comenzó todo esto.

SECOND THOUGHTS

En estos últimos días, me obligo a mí mismo a pensar dos veces sobre este tema y me pregunto:

¿Será que no veo la verdad porque soy judío?

¿Será que Israel y sus soldados realmente son tan malos y matan niños palestinos por deporte?

¿Hay realmente un genocidio en Gaza?

Si yo fuera un espectador externo, quizás dudaría de mi propio juicio y me rendiría ante la unidad de las voces condenantes de estos influencers.

Pero por ser judío, conozco la realidad de cerca.

Conozco a mi pueblo, sus valores, su nobleza.

Conozco a los soldados de Israel, porque son mis hermanos y mis hijos: ¡tengo familiares sirviendo en el ejército!

Conozco su sensibilidad y sus valores. Y sé que jamás un soldado judío mataría a un niño palestino o a una mujer con alevosía o a propósito.

Al contrario: me consta que harán todo lo posible, incluyendo arriesgar sus propias vidas, por evitar víctimas civiles.

Veo con claridad –y espanto– que el mundo está deliberadamente equivocado. Que la demonización es infundada. Fake news.

DARVO

Tengo que recurrir a nuestros Sabios pare encontrarle sentido a estos libelos de sangre:

Kol haposel, bemumo posel” —quien acusa a la víctima, revela sus crímenes.

Es decir: los genocidas, Hamás y sus colaboradores antisemitas, acusan a Israel de sus propios crímenes: genocidio, asesinatos deliberados, apartheid.

En inglés moderno, eso se llama gaslighting.

Y cuando ocurre entre dos personas se conoce también con el acrónimo D.A.R.V.O.:

Deny, Attack, Reverse Victim-Offender (Negar. Atacar. Transformar la víctima en el criminal).

Hamas “niega” que sea una organización genocida.

— “Ataca” a Israel y la demoniza.

— Y “revierte” los roles: el genocida (Hamás) se presenta como la víctima, y la víctima (Israel) es acusada de genocidio.

¿POR QUÉ AHORA?

No estoy seguro.

Pero si pienso en la historia de nuestro pueblo y, especialmente, en la corta historia de Medinat Israel, se me ocurre una posible respuesta:

En este momento, y de una manera que era imposible de predecir, Israel está ganando la guerra contra Hamás, como nunca antes lo hizo.

Ya no se intimida cuando lo acusan falsamente de “crímenes de guerra”. Antes, por décadas, a Hamás le bastaba acusar a Israel de haber atacado un hospital —sin importar si era verdad o si ese hospital ocultaba una base militar en sus subsuelo–para que Israel detuviera la guerra, retrocediera, y Hamás diera por ganada la batalla.

Además, por primera vez, Israel ya no solo se defiende: ha pasado al ataque. Comenzó a perseguir y eliminar a los terroristas en su propio territorio.

Y está ganando no solo en Gaza. También en el Líbano, en Siria, ha derrotado a las brigadas pro-iraníes en Irak, está arrasando con las células palestinas armadas de Yehudá y Shomrón, se defendió de Irán y lo atacó, y pronto terminará también a los hutíes.

Cuando Israel es atacado, en el mejor de los casos, genera compasión. Pero cuando se defiende, genera repudio.

Y si además de defenderse, Israel ataca —para castigar a los genocidas, para evitar que se repita una masacre, o para liberar a sus rehenes— no se tolera.

Lo que a cualquier otro país se le concede como legal y aceptado, para Israel no lo es.

En mi opinión, hay algo muy profundo detrás de esta intolerancia, que opera quizás a nivel inconsciente: una cuestión 100% teológica.

El mundo que profesa religiones bíblicas —cristianismo e islam— nació del reemplazo del pueblo judío. Ambas teologías se construyen sobre la idea de que el pueblo de Israel fue rechazado, castigado y reemplazado. Que los judíos sean perseguidos, humillados y errantes por el mundo, encaja perfectamente con esa narrativa. Pueden ser tolerados… siempre y cuando jueguen el papel de humillados y mantengan su perfil de: débiles, vulnerables, frágiles, y eternamente culpables por el “crimen” del deicidio.

Pero si el judío, por primera vez en dos mil años, se levanta, recupera su tierra, construye un Estado moderno, triunfa económicamente, gana guerras, derrota enemigos, libera rehenes, y —peor aún— conquista territorio enemigo, entonces ese judío se convierte en una amenaza existencial. No militar, sino teológica.

¿EL FIN DEL JUDIO ERRANTE?

Cuando el pueblo judío resucita su idioma, recupera su tierra bíblica, se defiende con dignidad y prospera milagrosamente en su tierra, pone en jaque la narrativa milenaria de las religiones que nacieron como reemplazo de los parias judíos.

Y si encima ese judío construye 22 nuevos asentamientos en la Tierra, en Judea y Samaria —en el corazón del Tanaj—, entonces el mensaje se vuelve demasiado claro, demasiado potente y demasiado incómodo

Las profecías se están cumpliendo.
El regreso del pueblo judío.
Su renacimiento nacional.
Su poder para defenderse.
Su presencia definitiva en la Tierra de Israel.
Si todo eso es cierto… entonces el judaísmo original es verdad. Y las religiones que lo reemplazaron, que lo despreciaron y lo humillaron por siglos… son fake news.

¿Quién va a tolerar eso?

Y por eso, cuando Israel se levanta, se defiende y gana, toda la maquinaria antisemita se activa.

Con excepción de los evangelistas —por razones que son muy largas de explicar—, para los episcopalianos como Tucker Carlson, o la corriente católica que profesa Candace Owens, la victoria de Israel es teológicamente intolerable.

Y sin importar el costo, buscarán demonizar y atacar esa peligrosísima “supremacía judía”, que choca de frente contra dos mil años de narrativa del judío errante, humillado y perseguido.

Y finalmente me pregunto: si el precio de que Israel siga ganando es que tengamos que aguantar un clima enrarecido y denso de antisemitismo, y constantes acusaciones y libelos de sangre… ¡Lo acepto!

Prefiero que Israel gane a que el mundo nos ame.
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