En un tiempo donde las amenazas externas parecen más dispersas que estructuradas, el mayor desafío del pueblo judío podría no venir de fuera, sino de dentro.
La creciente dicotomía entre sectores ortodoxos y laicos, entre quienes reclaman una autoridad religiosa excluyente y quienes proponen una vivencia judía plural, está gestando una fractura peligrosa.
Más que una diferencia de observancia se ha convertido en una lucha por la hegemonía simbólica de lo que significa “ser judío”.
El judaísmo nunca ha sido un bloque monolítico. A lo largo de la historia ha sabido evolucionar, debatir y resistir tensiones internas sin romper del todo. Sin embargo, lo que hoy observamos es una erosión sostenida del respeto mutuo.
En lugar de convivencia entre visiones distintas —ortodoxa, conservadora, reformista o secular—, crecen las descalificaciones, la imposición de normas que deslegitiman al otro, y la creación de barreras legales o sociales que acotan la pluralidad.
Muchos grupos ortodoxos han endurecido sus posturas, no solo en lo ritual, sino en lo civil y lo comunitario, aprobando leyes (especialmente en el contexto israelí) que restringen conversiones, matrimonios y definiciones de judaísmo válidas únicamente bajo su interpretación. Esta monopolización de la identidad pone en riesgo la amplitud histórica del pueblo judío y lo enfrenta a una peligrosa narrativa excluyente. Tal como señala Sergio DellaPergola(2023), las políticas exclusivistas pueden reducir la identificación judía en la diáspora, alejando a millones de judíos de su pertenencia simbólica y real al pueblo.
El judaísmo está sostenido sobre un equilibrio delicado entre tres pilares: la Torá, el Estado y el pueblo.
Como vértices de un triángulo, ninguno puede subsistir sin los otros. La Torá, con su riqueza ética y espiritual, nos conecta con el pasado y la tradición. El Estado de Israel, aunque moderno, es la encarnación política del anhelo ancestral de soberanía. Y el pueblo —diverso, extendido, contradictorio— es el cuerpo vivo que respira entre ambos. Si uno de estos pilares se impone sobre los otros, o si uno se desprecia, la estructura entera se desmorona.
A este frágil escenario interno se suma un entorno global alarmante. El antisemitismo, lejos de ser un problema del pasado, ha resurgido con fuerza en múltiples regiones, tanto en discursos políticos como en ataques físicos, vandalismo a sinagogas, y estigmatización en redes sociales. En lugar de unirnos frente a esta amenaza externa, nuestras divisiones internas nos debilitan aún más. El antisemitismo contemporáneo ya no distingue entre ortodoxos, laicos o reformistas. Ataca al pueblo judío como un todo, mientras internamente nos encontramos fragmentados.
Esta combinación entre presión externa e implosión interna puede ser devastadora si no actuamos con urgencia.
El pueblo judío no puede permitirse una campaña de luchas internas por definir quién tiene la “versión correcta” del judaísmo. Ya no se trata solo de la relación entre religión y modernidad, sino de la posibilidad misma de coexistencia. Las diferencias teológicas no deberían desembocar en exclusión social, y las diferencias de observancia no pueden convertirse en campos de batalla ideológicos.
En este contexto, la pregunta crucial no es quién decide qué es ser judío. Porque en realidad, ningún grupo tiene el monopolio de la definición. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a seguir siéndolo… juntos.
Esta pregunta desafía nuestra madurez colectiva. ¿Podemos construir un judaísmo donde la ortodoxia no imponga, pero tampoco sea marginada? ¿Dónde lo secular no se avergüence de lo religioso, pero tampoco sea silenciado por él? ¿Dónde el judaísmo reformista o conservador no sea “tolerado”, sino reconocido como parte legítima del todo?
Seguir siendo judíos juntos implica una disposición profunda a respetar, a compartir, a construir en la diferencia. Implica recordar que nuestras tragedias más graves —como la destrucción del Segundo Templo— no fueron causadas solo por enemigos externos, sino por el odio gratuito entre hermanos (sina’at jinam).
No es un llamado a diluir identidades, sino a integrarlas. A entender que el pueblo judío no es un bloque, sino un mosaico. Que su fuerza está en su diversidad y que su continuidad depende de su unidad.
Porque si no estamos dispuestos a seguir siéndolo juntos… es posible que, con el tiempo, ya no seamos.
*Mvz. Moises Mitrani Behar es Expresidente del Consejo Sionista de México.
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