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jueves 04 de junio de 2026
"Tela de sevoya": la memoria hecha literatura en la voz de Myriam Moscona

“Tela de Sevoya”: la memoria hecha literatura en la voz de Myriam Moscona

Con una sensibilidad que atraviesa épocas, lenguas y geografías, Myriam Moscona presentó su aclamada obra Tela de Sevoya en el Centro Cultural FCE Rosario Castellanos, arropada por la complicidad intelectual y emocional de Verónica Murguía y Rafael Pérez Gay.

Fue una noche luminosa donde el idioma se volvió puente entre generaciones, entre la historia y la herida abierta del olvido, entre México y las ciudades donde aún resuenan ecos del ladino.

Galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia y traducida a varios idiomas, Tela de Sevoya no solo narra una historia, sino que desentierra toda una memoria colectiva: la del exilio sefardí, la lengua ladina, las abuelas de carácter férreo, las infancias marcadas por silencios y la urgencia de reconectar con raíces que el tiempo quiso enterrar.

Durante la presentación, Verónica Murguía destacó el carácter poético de la prosa de Moscona, donde el dolor y el humor coexisten con ternura. Subrayó la belleza del ladino y su valor como patrimonio cultural inmaterial, resaltando cómo Tela de Sevoya no solo reconstruye una memoria familiar, sino que también se convierte en un acto de resistencia lingüística.

Rafael Pérez Gay, por su parte, celebró la valentía de Moscona al escribir una obra que desafía las clasificaciones tradicionales. Tela de Sevoya no es estrictamente novela, ni crónica, ni autobiografía, pero contiene elementos de todas ellas. Destacó la forma en que el libro se construye como una cebolla: capa tras capa de recuerdos, viajes, voces familiares y ciudades como Sofía, Plovdiv, Esmirna, Salónica, Estambul y, por supuesto, Ciudad de México. Señaló también su potencia sensorial y emocional, donde la memoria canta en ladino y se manifiesta a través de los sentidos.

Moscona tomó la palabra con la emoción de quien ha desnudado el alma en tinta: “Más que la lengua de mi infancia, es la infancia de mi lengua”, evocó, condensando el espíritu de la obra. Relató su viaje a Bulgaria en busca de los últimos hablantes del ladino, esa lengua con ecos del español del siglo XV, arrullada por siglos de diáspora. Habló de su abuela, figura central de la historia: agria, feroz, entrañable. Y habló también del peso de los silencios familiares, esos que se heredan y solo se entienden cuando uno decide mirar atrás con cuidado.

El público —entre lectores, investigadores, miembros de la comunidad judía y amantes de la literatura— se mantuvo absorto, conmovido por la densidad emocional del texto y por la claridad con la que Moscona traza un puente entre lo personal y lo histórico.

En tiempos de ruido y olvido, Tela de sevoya nos recuerda que recordar no es nostalgia: es una forma de justicia. Una justicia que se escribe en voz baja, con palabras antiguas, con trozos de fotografías, con canciones en ladino que sobreviven a todo.

La velada concluyó con aplausos largos, abrazos discretos y una certeza compartida: hay libros que no solo se leen, se deshojan en el alma. Y Tela de sevoya es uno de ellos.

En una época donde la memoria parece diluirse a la velocidad de la información digital, Myriam Moscona nos recuerda que la literatura —cuando nace del silencio, la pérdida y la lengua reencontrada— puede ser un acto radical de resistencia y ternura.

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