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jueves 04 de junio de 2026

Rab Yosef Bitton / Sweida, Siria: Los yihadistas no son antisemitas

El antisemitismo moderno ha sido definido por Natan Sharansky —exministro de Israel y activista por los derechos humanos— mediante tres “D”:

Demonización


Cuando Israel (o los judíos) son descritos como malvados absolutos, comparados con los nazis o acusados de crímenes como genocidio, apartheid o asesinato deliberado de niños.

Doble estándar


Cuando se exige a Israel un comportamiento que no se le exige a ningún otro país. Por ejemplo, se condena a Israel por defenderse mientras se ignoran violaciones mucho más graves de derechos humanos en el resto del mundo.

Deslegitimación

Cuando se niega o cuestiona el derecho del pueblo judío a tener su propio Estado. Se declara ilegítima la existencia de Israel o se afirma que el sionismo es racismo.

Estas tres formas de antisemitismo se presentan hoy con un disfraz moderno y son cada vez más normalizadas por instituciones gubernamentales, medios de comunicación internacionales y hasta por líderes religiosos gentiles.

Pero si releemos estas tres definiciones de antisemitismo, comprendemos que los yihadistas o islamistas —como Hamas o ISIS— no son necesariamente “antisemitas“. Porque su objetivo no somos solamente los judíos.

Mientras que el antisemita tradicional se obsesiona exclusivamente con los judíos, los islamistas no discriminan: matan y masacran no solo a judíos, sino también a cristianos, yazidíes, kurdos y alawitas por igual. Y esta distinción no es teórica: se refleja en hechos actuales, concretos y atroces.

Veamos el caso reciente y desgarrador de la ciudad drusa de Sweida, en el sur de Siria. Allí ha tenido lugar, desde la semana pasada, una matanza brutal. Ha sido lo más parecido a un 7 de octubre, pero esta vez no contra los judíos, sino contra la comunidad drusa. Miles de yihadistas beduinos, acompañados por terroristas de Al Qaeda, con emblemas de ISIS, y hombres del presidente sirio y líder yihadista Joulani, han perpetrado asesinatos, saqueos y torturas en Sweida. Y a pesar de los anuncios de alto el fuego —viejos trucos que los yihadistas practican desde el tiempo de Mahoma— los ataques continúan.

Uno puede saber lo que sucede si sigue los canales de Telegram Abu Ali Express y Guy Bechor, que han documentado lo que los grandes medios callan (también se pueden ver estos horribles testimonios en X escribiendo en la búsqueda la palabra “Sweida”). Y lo que uno ve es horrífico. Bechor publicó un video en el cual se ve a los yihadistas forzando, a punta de pistola, a tres hombres de una familia drusa a tirarse desde el balcón de su departamento. También se ve a siete hombres drusos de una misma familia, siendo ejecutados a balazos a sangre fría. Hay mujeres violadas y secuestradas, hombres y niños torturados. Y todo este genocidio real perpetrado en nombre del Islam y el Yihad.

Y el mundo, como de costumbre, guarda silencio.

¿Por qué? Porque el antisemitismo es como un virus mental con graves efectos secundarios. Uno de ellos: una vez que uno se obsesiona con demonizar a los judíos y acusarlos de todos los males del mundo, uno se hace indiferente a todo lo que no sea judío, por más grave que sea.

Como el patético silencio de los periodistas Tucker Carlson o Piers Morgan —grandes defensores diarios de los derechos humanos en Gaza— respecto al genocidio de los drusos: ¡ni una palabra de condena a los yihadistas, ni al régimen de Joulani! Cuando el antisemitismo invade la mente y el corazón, no deja espacio para ninguna otra reacción que no encaje con la narrativa antijudía. No es la vida humana lo que le importa al antisemita, sino el pretexto para acusar y demonizar a Israel.

Al antisemita solo le importan las víctimas cuando hay judíos involucrados. Y por ahora, solo los palestinos poseen el privilegio de tener al enemigo perfecto.

Volviendo a la terrible situación de los drusos en Sweida, tengo una relación cercana con un miembro de la comunidad drusa que vive en el Golán, Israel. Les cuento: hace un par de años, recibimos en Great Neck la visita de un joven druso, Besan Helal, junto a su esposa. Besan había servido en las Fuerzas de Defensa de Israel como lo hacen los drusos y fue herido en combate. Desde entonces estamos en comunicación. Este pasado domingo me llamó por teléfono, desesperado. Me contó que miembros de su comunidad y familiares han sido asesinados y sus hogares saqueados por yihadistas.

Durante nuestra conversación, Besan me pasó inesperadamente al teléfono con el Sheij Moufaq Tarif, máximo líder religioso y político de los drusos en Israel. El Sheij —una figura equivalente a un Rav HaRashí de Israel y al primer ministro, en una sola persona— también habló conmigo —en hebreo— expresando su profunda angustia, y me pidió ayuda para su pueblo. Yo, personalmente, me comprometí a hacer todo lo que esté a mi alcance. Y los invito a ustedes a sumarse también.

Esta es una causa justa. Los judíos tenemos la oportunidad HISTÓRICA que nunca antes tuvimos: ayudar a nuestros aliados no judíos, con quienes nos une un pacto de sangre, porque los drusos luchan junto con los Yehudim en el ejército, arriesgan sus vidas y hasta mueren por proteger a Medinat Israel y a todos nosotros.

Hoy nos necesitan.

Si pueden, ayúdenlos.

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