Repasemos el título aquí propuesto. Porque ciertamente no se podría dudar de que el antisemitismo es una ideología. Pero a condición de que señalemos: no cualquier ideología…
Se entiende que la ideología arma relatos en torno a determinadas circunstancias y sujetos y que las mismas, cargadas prejuicios y emociones, permanecen en el terreno de las ideas.
Probablemente es una visión simplista, pero sirve al menos para ir situando las cosas. Sin embargo, no es el caso del antisemitismo, el que no es en primer lugar cualquier ideología y en segundo lugar, siempre implica -es cuestión de tiempo- un pasaje brutal al acto.
Este pasaje al acto serán los campos de concentración, las pintadas en las sinagogas, la profanación de tumbas, el insulto en las calles o el alevoso y cobarde suceso por el cual en Valencia un grupo de jóvenes judíos franceses son amedrentados y expulsados de un avión y la profesora que los acompañaba es vilmente tirada al piso, golpeada y esposada, todo en un clima de terror intimidante que nada tiene que envidiar a las épocas nazis.
¿Cuál fue el horrendo crimen que afrentó la buena fe y virtud de estos señores y señoras españoles? Pues que los muchachos cantaban en hebreo…
Es decir: que no ocultaban sino que pregonaban con orgullo su identidad judía.
Es decir: que no se esconden, ni se asimilan, ni se sienten avergonzados, por su condición de judíos pertenecientes plenamente a la cultura judía.
Ese es el punto fundamental que nos tiene que llevar a la reflexión: el antisemitismo de hoy quiere a toda costa que el judío reniegue de su judaísmo, o se avergüence de su judaísmo o esconda su judaísmo. Y para eso, una otra vez se indica (sin ningún tipo de análisis crítico) que los judíos están devastando y cometiendo genocidio contra el pueblo palestino, que los judíos (no importa si el judío vive en Sudáfrica o en Chile) son cómplices absolutos de una supuesta “conspiración sionista” contra el desarmado, inocente y sufriente pueblo palestino.
El grado de banalidad y mediocridad de tales supuestos no admite el mínimo análisis. Pero, lamentablemente, ese no es el punto. Pues no existe un antisemitismo intelectual y sofisticado.
Todo lo contrario. Cuánto más mediocre, estúpido e insostenible es el argumento antisemita, más rápido consigue adhesión y adherentes. De forma expansiva e irrefrenable.
En un mundo contemporáneo donde las redes y el disciplinamiento fomentan e imponen la masa, no es de extrañar que el antisemitismo como masa encuentre un ambiente absolutamente favorable.
Por otra parte, y por eso este antisemitismo es terriblemente peligroso, el mismo no encuentra antagonistas, discusión ni debate. Todo lo contrario. Lo que se dice se acepta de una forma que hasta supera el antisemitismo medioeval. Al menos en aquella época la ideología cristiana ofrecía un fundamento irrefutable al antisemitismo.
Hoy en día ni eso se necesita.
Hoy en día la gente está alegre y feliz de ser antisemita.
El antisemita hoy es un alegre antisemita, no un antisemita resentido como lo describía Sartre.
Así, con la alegría de ser justos con la “moralidad”, la pobre profesora es arrastrada por el suelo, apretada y esposada y esos jóvenes aterrorizados y sometidos a la vergüenza. ¿Ha habido consecuencias? Por supuesto que no. Y quién las espere, va a pecar de muy inocente.
Llegamos pues a este punto: el antisemitismo pertenece a un tipo de ideología que no puede sino producir consecuencias. Todas denigratorias, todas humillantes.
Todas destinadas a este punto fundamental: hacer sentir incómodo al judío y hacer sentir a los
judíos expulsados de la Humanidad
Pero, ¿los judíos han sido expulsados de la Humanidad? Si así fuera el antisemitismo no es ni emergente ni patología ni accidente transitorio. Es una condición de estructura absolutamente irresoluble e insuperable. Si se quiere: una condición antológica absoluta que vence cualquier dialéctica…
Como sea, el Mundo se ha transformado para los judíos orgullosos de ser judíos, en un lugar ingrato, siniestro y ominoso .
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