Desde hace un par de años el historiador Yuval Noah Harari advierte de peligrosas fracturas en el sistema político de nuestro país.
Inquietante y fundada tendencia que en estos días conoce múltiples expresiones que merecen un prolijo examen.
La reciente historia de múltiples países revela que un golpe militar y/o un liderazgo que se sustenta en un convincente carisma y en la capacidad para resolver aprietos colectivos facilitan la institución de regímenes que pueden lesionar elementales derechos de sus omponentes. Un difícil escenario político que en rigor no solo Harari anticipa en estos días.
Puede abrirse en nuestro país si algunas tendencias que hoy modelan a la sociedad israelí no son puntualmente frenadas.
En este contexto, cabe escuchar las inquietantes voces de la pareja Smotrich-Ben Gvir en favor de un gobierno que debe anexar e imponer la autoridad israelí en los territorios de Judea y Samaria. Intenciones que hasta aquí ningún factor público o político importante les revela efectiva oposición.
Cabe recordar que en estos días la presencia judía en estos territorios supera los 700 mil, un amplio contingente protegido desde hace años por fuerzas militares y policiales que revelan sin frenos presencia y poder.
En contraste, fuentes confiables indican que los palestinos conocen en Judea y Samaria importantes restricciones que lesionan la calidad y los niveles de vida.
Indiscutibles datos indican que la anexión formal de estos territorios por Israel se verá acelerada por factores que ya se vislumbran en el horizonte del actual gobierno.
No solo el binomio Smotrich-Ben Gvir y sus partidarios alientan esta actitud y decisión.
Personal y políticamente, Netanyahu revela innegable afinidad con ellas.
Cabe agregar que estas posturas se ven favorecidas por un tácito entendimiento, personal y político, con el líder norteamericano. Su calidad y peso son asunto de desiguales especulaciones, pero la dependencia personal de Bibi es irrefutable.
Por añadidura cabe preguntar si la fecha y el entorno del próximo torneo electoral en nuestro país conocerán cambios que lesionarán su espíritu y el hacer democrático.
En estas circunstancias, la unidad y el equilibrio de la sociedad israelí con el libre juego de ideas habrán de encarar espinosos riesgos.
Cabe esperar que una vez más Israel revelará, más allá de escollos y riesgos, la firme adhesión al espíritu y a la praxis democrática y atinará a poner frenos a tendencias cuasi mesiánicas adversas al hacer democrático y al secular progreso institucional.
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