Nos encontramos ante las tres últimas parashiyot que cierran con solemnidad el libro de Devarim —Deuteronomio—: Vayelej, Haazinu y Vezot Haberajá.
Este Shabat nos convoca Vayelej, la sidrá más breve de toda la Torá, apenas treinta versículos que, como en tantas ocasiones, coinciden con Shabat Shuvá, ese delicado umbral entre Rosh Hashaná y Yom Kipur.
(Recordar que Vayelej se lee este sábado)
La lectura nos permite escuchar y contemplar las últimas palabras de Moshé, dirigidas no solo a su generación, sino al pueblo de Israel y al mundo entero. Palabras que, como ecos eternos, nos alcanzan también a nosotros, siglos después, con la misma fuerza que entonces.
Moshé, nuestro maestro, habla con clarividencia. Percibe el devenir de los actos que no verá, y nos entrega su testamento espiritual. Quizás pudo vislumbrar el futuro por haber conocido tan profundamente a quienes condujo hacia la libertad y hacia la tierra prometida. Tal sensibilidad es privilegio de los grandes líderes.
La sabiduría ante el ocaso
La expresión profunda y aguda de los sentimientos de Moshé en sus últimos días se revela en el Midrash Rabá, que vincula el versículo:
“Y dijo el Señor a Moshé: Hen —He aquí— se acercan tus días para morir” (Devarim 31:14), con el pasaje de Qohelet —Eclesiastés: “Observé que en esta vida la carrera no la ganan los veloces, ni la batalla los valientes; tampoco los sabios tienen pan, ni los inteligentes riqueza, ni los instruidos simpatía, sino que a todos les llegan tiempos buenos y malos.” (9:11).
Tanjumá comenta:
“Volví y vi debajo del sol” —habla de Moshé. Ayer ascendía al cielo como un águila; hoy desea cruzar el Jordán y no puede. Ayer los ángeles temblaban ante él; hoy confiesa su temor ante la ira divina. Ayer su mano dominaba los cielos para traer la Torá; hoy no puede sostenerse frente a la muerte. Ayer era el sabio que descendía con seguridad; hoy la sabiduría le es retirada y entregada a Yehoshúa. Ayer era el rico que intercedía por su pueblo; hoy es el pobre que suplica sin respuesta. Ayer sabía cómo agradar a su Creador; hoy, tras siete días de súplica, el Santo le dice: Hen —He aquí— se acercan tus días para morir.”
Así, la grandeza del hombre, incluso en su máxima cercanía a Dios, se disuelve ante el misterio de la muerte, que pone fin incluso a lo sublime.
El pacto eterno y su eco en la historia
La brevedad de Vayelej no disminuye su potencia; al contrario, la intensifica. Nos transporta al destino de nuestro pueblo y nos recuerda que el Eterno exigirá cuentas del pacto sellado en el Sinaí, irreversible e inquebrantable.
Moshé nos asegura que, con el tiempo, el mensaje se asentará, y será la base del retorno del pueblo judío a Dios y a su Torá.
Cada desviación del pacto ha traído consigo dolor y angustia. Basta con mirar la historia —y el presente— para reconocer verdades que no necesitan explicación.
El retorno personal es más accesible que el retorno nacional. Una parte significativa del pueblo se ha alejado del pacto, y muchos devotos, aunque estudian los textos y los reclaman como propios, no logran aplicar sus normas, ni siquiera en tiempos de guerra, cuando deberían ser los primeros en defender a la nación y a sus familias.
Luz entre las sombras
Sin embargo, la reacción social ante el crimen cometido por Hamas hace casi dos años nos permite albergar esperanza. Los peores enemigos ni se imaginaron que el pueblo de Israel iba a tener tan fuertes reservas morales para sobreponerse al crimen más vil.
La situación en Israel es más favorable que en la diáspora, a pesar de los compartimentos estancos de familias fieles en tierras lejanas.
Aquí hablamos el idioma de nuestras plegarias y nuestras fuentes, y pensamos nuestro destino con constancia. Luchamos en la vanguardia de la subsistencia judía, aunque algunos grupos se apartan, guiados por líderes que marchan contra la historia y los valores que nos definen.
A lo lejos, nuestros hermanos viven con nuevos temores, traicionados por vecinos que antes fueron amigos, y ahora los persiguen con sed de expulsión y hasta de exterminio. Muchos no pueden leer las plegarias en su lengua original y pese a ellos el ataque que sufrimos les comienza a despertar de su largo letargo..
Un proceso, no una epifanía
Nuestra parashá, breve como un suspiro, nos indica que el retorno será un proceso, no una revelación repentina.
El profeta en la Haftará se hace eco de Moshé, subrayando que el arrepentimiento nacional solo puede surgir al reconocer cuánto nos hemos extraviado.
Este proceso será incompleto sin admitir que los falsos dioses y los ideales pasajeros no nos han llevado a ningún lugar. Sólo lograron alienarnos como al resto de los humanos.
El gran desafío de nuestro tiempo es la omnipresencia de sus acechanzas. La confusión que generan impide el pensamiento claro, el juicio justo y la evaluación honesta de los valores judíos frente a su negación en los medios y las modas.
El camino de regreso
Nuestra parashá es breve, pero el camino de regreso es largo y exigente.
En este año bueno y bendecido que comienza, emprendamos —y continuemos— ese viaje que nos lleva de regreso al Sinaí, y hacia adelante, hasta la redención nacional completa.
Marchemos hacia nuestro destino con confianza, sabiendo que nuestras buenas acciones serán faros para los extraviados y puentes para los distantes.
Que seamos inscritos en el Libro de la Vida, para un año de paz y prosperidad, de unión y esperanza, hasta que la Redención se revele en toda su plenitud.
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