Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026
Ilan Eichner / Israel gana mucho más que una guerra

Ilan Eichner / Israel gana mucho más que una guerra

Mientras el mundo aguarda el anuncio oficial que confirme el fin de la guerra en Gaza y el retorno de los rehenes, Israel vive un momento definitorio. Nuevamente, bajo la honorable dirección de las Fuerzas de Defensa de Israel, el país, ha triunfado en una guerra que no eligió, pero cuya victoria redefine la legitimidad moral y estratégica de su existencia. Este desenlace, aún en proceso de formalización, constituye la culminación de un esfuerzo que transformó para siempre el destino del Pueblo Judío y del Medio Oriente.

Dos años y dos días han pasado desde aquel fatídico 7 de octubre, fecha en que los mercenarios del odio de Hamás irrumpieron en suelo israelí con la crueldad metódica de quien busca quebrar la vida y la dignidad de una civilización. Desde entonces, cada jornada fue una prolongación de aquella madrugada de horror, y cada decisión del Estado de Israel se convirtió en la reafirmación de su derecho elemental a existir.

Nada de lo ocurrido desde aquel amanecer sangriento ha sido simple. Israel no respondió solo a una agresión, sino al intento de aniquilar su propia humanidad colectiva. El enemigo, los emisarios del fanatismo islámico que aun pretende borrar a Israel del mapa, no buscaba únicamente la destrucción física, sino la desintegración moral del Pueblo Judío. Aunque el precio fue alto, el resultado ha sido exactamente el contrario: la reafirmación de una Nación digna y honorable, que encuentra en la adversidad la certeza de su permanencia.

Durante dos años de combate ininterrumpido, Israel enfrentó y desmanteló una organización que ya no existe como estructura militar, pero que se advierte, continúa existiendo como un ideario tóxico para el desarrollo social. Sin perjuicio de ello, es un hecho que Gaza yace devastada, totalmente, no como un trofeo de batalla, sino como prueba irrefutable de la derrota del fanatismo islamista.

Los inicuos cabecillas de Hamás, Yahya Sinwar, Ismail Haniyeh y Mohammed Deif, adoradores de la muerte y enemigos de la civilización, perecieron como lo que fueron siempre, miserables promotores del odio y responsables de una masacre que avergonzó a la humanidad. Igual destino tuvo Hassan Nasrallah, nihilista moral, líder de Hezbolá, cuya muerte selló el fin de una era en la que las milicias armadas dictaban la agenda regional. Por su parte, las fuerzas de la barbarie hutíes en Yemen fueron neutralizados, e Irán, la dictadura teocrática en armas que alimentó a todos ellos, quedó reducido a la debilidad de quien conserva solo la palabra incendiaria y ha perdido la capacidad de actuar,mientras lamenta la pérdida de su fracasado plan nuclear.

Desde una perspectiva militar, los efectos son incuestionables. La infraestructura terrorista y túneles en Gaza fueron destruidos en su mayoría. La inteligencia israelí alcanzó una eficacia sin precedentes, verbigracia, la operación que neutralizó a centenares de terroristas de forma simultánea mediante beepers y walkie-talkies será estudiada como una de las gestas tecnológicas más asombrosas del siglo XXI. La amenaza nuclear iraní dejó de ser inmediata, la red logística de los hutíes fue desmantelada.

Incluso el Estado terrorista de Qatar, que pretendió disfrazar su complicidad con gestos de mediación, comprendió el mensaje cuando Israel atacó sus instalaciones estratégicas y demostró que ningún santuario protege al terrorismo. Rafiah, que en otro tiempo fue el último bastión del extremismo, se transformó en el símbolo de su extinción. La guerra trascendió las fronteras físicas y alteró la arquitectura moral de la región, sin embargo, el resultado no fue la expansión territorial de Israel, sino la recuperación de la certeza de que el Pueblo Judío no permitirá nunca más que la vida vuelva a ser rehén del miedo.

El cambio que hoy atraviesa el Medio Oriente es político y estructural. Por primera vez en generaciones, buena parte del mundo árabe no ve en Israel una amenaza, sino un eje de estabilidad. Es real que Egipto, Arabia Saudita, Bahréin, Marruecos y Emiratos Árabes Unidos profundizan la cooperación derivada de los Acuerdos de Abraham, y en Beirut y Damasco se insinúan, con cautela, conversaciones que alguna vez habrían parecido imposibles.

A su vez, la inminente caída del régimen de Assad es solo una expresión visible de un fenómeno más amplio. Se antoja asequible sugerir que, por lo menos en Medio Oriente, el fanatismo dejó de ser rentable, y el discurso del odio empieza a resquebrajarse. En su lugar, emerge una noción nueva, aún frágil pero significativa: la de una supervivencia compartida. Nadie lo dice abiertamente, aunque todos lo entienden, pues la seguridad de Israel se ha convertido en condición indispensable de la estabilidad regional.

Irónicamente, parece que en occidente sucede todo lo contrario, una generación de ‘pseudoactivistas’ que confunde sensibilidad con pensamiento crítico ha erigido una moral totalmente falsa, de superficie, incapaz de distinguir entre víctimas y verdugos. Amparados en un profundo relativismo, que disfraza cobardía de empatía, los nuevos censores de la virtud cancelan la historia, blanquean el terrorismo y, asquerosamente, llaman resistencia al asesinato. Bajo el lenguaje amable del humanismo inclusivo se oculta una profunda intolerancia e incoherencia, la que absuelve toda violencia, siempre que sea ejercida contra judíos.

Se trata del mismo puñado de idiotas que en nombre de la justicia social han renunciado a la justicia moral, incapaces de admitir que defender la libertad implica a veces empuñar la fuerza. Mientras el Medio Oriente aprende a sobrevivir reconociendo la centralidad de Israel, Europa y los campus norteamericanos parecen empeñados en olvidar lo que la civilización le debe al Pueblo Judío.

En tal contexto, destáquese que el acuerdo que devolverá a los rehenes a sus hogares no surgió del vacío. Es la consecuencia lógica de una cadena de decisiones que combinaron fuerza militar y estratégica con paciencia diplomática. Debe ser muy claro que Hamás no aceptó por voluntad, sino por rendición. Hamás ha sido brutalmente humillado, en todos los frentes.

Hamás otorgó el acuerdo, que veremos si cumple o no, porque se quedó sin aliados. Afortunadamente, Irán no puede seguir auxiliándole, Hezbolá fue prácticamenteanulado, Qatar optó por preservar sus intereses políticos y económicos. Es cierto que la yihad es buen negocio…hasta que deja de serlo, y, por ahora, es el caso.

Además, es cierto que los países árabes comprendieron que sostener aquella guerra equivalía a financiar su propia ruina, impulsaron el desenlace. Donald Trump, quien se anticipa como el portavoz del anuncio, y se rumora podría incluso ser galardonado con un Nobel de la Paz, será recordado como mediador visible de una negociación cuyo verdadero motor fue Israel. El mundo fue testigo de las múltiples visitas de Netanyahu a la casa blanca.

En el interior del país, Israel vivió una transformación profunda. Las divisiones políticas se suspendieron (no se cancelaron definitivamente) ante la urgencia de la defensa común. La unidad, tantas veces invocada y pocas veces lograda, se hizo tangible. El Pueblo Judío recordó quién es realmente y lo demostró con hechos. Recuperó su confianza, su sentido de propósito y su capacidad de resiliencia. Resistió el dolor con firmeza frente a una comunidad internacional que, en más de una ocasión, confundió la neutralidad con la indiferencia moral.

No se puede pasar por alto que, para bien y para mal, le pese a quien le pese, “habibi, ein k’mo Bibi”. El insigne Benjamín Netanyahu, a quien la historia, y probablemente los Tribunales, juzgarán con mayor serenidad que los titulares, soportó una presión interna y externa sin precedentes. Se negó a detener la ofensiva antes de cumplir los tres objetivos esenciales: destruir la capacidad militar de Hamás, recuperar a los rehenes y restablecer la disuasión frente a Irán y sus aliados. Su decisión de mantener las operaciones en Rafiah, Yan Yunis, el resto de Gaza y el sur del Líbano pese a las exigencias externas marcó el punto de inflexión. Israel actuó según su propio calendario, no según la conveniencia ajena. Esa independencia estratégica, criticada en su momento, sinceramente, fue la clave del éxito.

A pesar de todo, el costo fue alto y las preguntas persisten. Miles de soldados regresan con heridas visibles y otras que tardarán años en sanar. Cientos de familias lloran a sus muertos, y el resto de los judíos del mundo los acompañamos en su duelo. En Israel, los niños del sur aprendieron demasiado pronto a distinguir el sonido de una sirena, y en el norte, muchos crecieron lejos de casa. Israel sabe que el precio de su supervivencia no se mide solo en vidas perdidas, sino en vidas interrumpidas, esa conciencia no debilita su triunfo, sino que le otorga dignidad.

Y ahora, el futuro plantea nuevos desafíos. Gaza debería ser administrada con un modelo que impida el retorno del terror y fomente un liderazgo civil responsable, se nos promete que así será, hay dudas muy razonables de que será el caso. Lo que es un hecho, es que la Autoridad Palestina, desgastada y desacreditada, ya no constituye una opción viable. Los propios gazatíes comienzan a levantar la voz contra la tiranía que los oprimía, y aunque aún lo hagan con temor, su existencia anuncia un cambio cultural incipiente. Es justo reconocer que el discurso de odio no ha desaparecido, pero deja de ser hegemónico.

En este contexto, y anunciándose lo que viene después de la guerra, dentro de Israel, el debate sobre la soberanía en Judea y Samaria recupera centralidad. Lo que antes fue una discusión política se convierte en un asunto de seguridad estructural. Garantizar el control sobre esas regiones ya no es una aspiración ideológica, sino una medida preventiva y de profundidad estratégica. Israel no busca expandirse, sino blindarse. Durante estos dos años, los movimientos que se realizaron en Cisjordania no fueron conquistas de ciudades, sino de certeza. Israel no emerge como conquistador, sino como custodio de su continuidad histórica.

El más dulce de todos los éxitos es el del retorno de los rehenes, previsto para la festividad de Simjat Torá, simbólicamente, la misma en que fueron secuestrados. Esta fecha se puede asumir, será un emblema la victoria de la vida sobre la muerte. Las calles se llenarán de lágrimas y danzas, de abrazos que no necesitan palabras. No será una celebración de dominio, sino de existencia, porque Israel vuelve a bailar, no por haber vencido, por haber sobrevivido.

Aun así, hay una verdad que no se puede eludir, y es quenadie gana verdaderamente en la guerra. La victoria israelí no borra la tragedia ni compensa el precio. Pero hay guerras inevitables, aquellas en las que rendirse equivaldría a aceptar la injusticia como destino. Israel no eligió esta guerra, fue elegido por ella. El Pueblo Judío luchó por deber. Las Fuerzas de Defensa de Israel cumplen su misión y, al hacerlo, aseguran la continuidad del Pueblo Judío por muchos años.

Hoy el Medio Oriente despierta bajo una luz nueva. Los tiranos se ocultan, los terroristas callan y las naciones redescubren que la paz con Israel no es concesión, sino oportunidad. El Estado Judío emerge fortalecido por la esperanza que encarna. Ha recordado al mundo que la libertad no se negocia, que la dignidad no se delega y que la vida, incluso después del horror, sigue siendo la forma más elevada de resistencia. Nadie gana en la guerra, pero Israel cumplió su misión, y al hacerlo, devolvió sentido al orden moral del mundo.


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