Resumen de la Parashá Bereshit, Génesis 1:1-6:8
El Creador hace al mundo en seis días. En el primero crea la luz y la oscuridad. En el segundo forma los cielos, dividiendo entre las “aguas superiores” y las “aguas inferiores”. En el tercero establece los límites de la tierra y el mar y llama a surgir a los árboles y los pastos de la tierra. En el cuarto día fija la posición del sol, la luna y las estrellas como señales para calcular el tiempo y como luminarias para la tierra. Los peces, aves y reptiles son creados en el quinto día; animales terrestres, y luego el ser humano en el sexto. El Creador termina Su trabajo en el séptimo día, y lo santifica como un día de descanso.
El Creador forma el ser humano del polvo de la tierra y sopla dentro de sus fosas nasales “un alma viviente”. Originalmente el hombre es una sola persona; pero decidiendo que “no es bueno que el hombre esté solo”, El Creador toma un “lado” del hombre, lo transforma en una mujer y los casa a uno con el otro.
Adam y Javá son puestos en el Gan Edén y son mandados a no comer del “Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal”. La serpiente persuade a Javá de violar el mandato, y ella comparte el fruto prohibido con su marido. Debido a su pecado, El Creador decreta que el hombre experimentará la muerte, retornando al suelo de donde fue formado; y que toda ganancia vendrá solamente a través de duro esfuerzo y dificultades. El hombre es echado del Jardín.
Javá tiene dos hijos, Caín y Hevel. Caín discute con Hevel, lo asesina y se vuelve nómade. Adam tiene un tercer hijo, Shet, cuyo descendiente en la décima generación, Noaj, es el único hombre justo en un mundo corrupto.
“En el principio, El Creador hizo el cielo y la tierra.”
Con esa frase empieza no solo la Biblia, sino la historia misma de la humanidad.
Pero el Rabino Jonathan Sacks nos invita a leer Bereshit no como un relato del pasado, sino como una declaración sobre el presente.
Porque, según él, la creación no terminó hace miles de años: sigue ocurriendo, En Bereshit, aparece el primer asesinato de la historia humana.
Caín mata a su hermano Abel.
Un crimen que ocurre cuando el mundo apenas comenzaba… y que nunca se ha dejado de repetir.
El Rabino Jonathan Sacks decía que este relato no es una historia antigua: es un espejo del presente.
Porque cada vez que un ser humano deja de ver al otro como hermano, Caín vuelve a levantarse.
La Torá dice que Caín sintió celos porque El Creador aceptó la ofrenda de su hermano y no la suya.
Pero el problema no fue la envidia: fue la comparación.
Jonathan Sacks lo explicaba así:
“El momento en que medimos nuestro valor en función del otro, nace la violencia.” Cuando el éxito ajeno se percibe como una amenaza, el paso siguiente es intentar eliminarlo.
Y eso —advertía Sacks— es la raíz de muchos males modernos: el resentimiento social, el fanatismo ideológico y la cultura de la envidia.
Hoy, no matamos con piedras en el campo, pero seguimos repitiendo la misma lógica de Caín.
La vemos en las guerras, en la política polarizada, en las redes sociales donde cada discrepancia se convierte en odio.
Sacks escribió que el siglo XXI corre el riesgo de volverse “una era de moral tribal”: cada grupo convencido de su pureza, dispuesto a destruir al otro en nombre de la justicia.
La historia de Caín y Abel nos recuerda que el primer asesinato no fue entre enemigos… sino entre hermanos.
Y eso debería hacernos pensar en la forma en que tratamos a quienes piensan distinto.
Después del crimen, El Creador de universo le dice a Caín:
“La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra.”
Sacks interpretaba esa frase como el nacimiento de la conciencia moral.
La sangre derramada habla, aunque queramos callarla.
Cada vida destruida deja un eco que permea, atraviesa la historia.
Por eso, decía Sacks, la fe no consiste solo en creer en La Divinidad, sino en escuchar las voces que claman desde la tierra: las víctimas de la violencia, la injusticia y la indiferencia.
Cuando El Creador pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”, Caín responde:
“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”
Para Sacks, esa es la pregunta más peligrosa jamás formulada.
Porque cada vez que alguien dice “no es mi problema”, la historia de Caín vuelve a empezar.
El mensaje de Bereshit es que: somos, efectivamente, los guardianes de nuestros hermanos.Y que la civilización solo se sostiene cuando recordamos esa responsabilidad.
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío