¿Por qué miles de personas en América Latina —a miles de kilómetros de Medio Oriente— salen a las calles, lloran frente a las pantallas y discuten con pasión por el conflicto entre Israel y Gaza?
¿Por qué sentimos que nos duele algo que no vivimos?
Esa es una pregunta que revela más sobre nosotros mismos, que sobre lo que pasa en Medio Oriente.
Desde hace décadas, el corazón latinoamericano vibra con las historias de los pueblos oprimidos.
La memoria de dictaduras, injusticias y colonialismos nos dejó una huella emocional: empatizamos con quien parece más débil.
Y el conflicto de Medio Oriente, narrado bajo el mito eterno de David contra Goliat, encaja perfectamente en ese patrón.
Pero también hay algo más profundo: cuando vemos sufrimiento en otro, el cerebro no distingue tanto si es cercano o lejano.
Las neuronas espejo —esas que activan la empatía— nos hacen sentir el dolor ajeno como propio.
Y en una región que produce imágenes e historias sobre el dolor de la represión y la pobreza, esa identificación es automática.
Las mafias jihadistas han sabido construir relatos que conmueven a la fragilidad emocional latina.
Hay también una dimensión política y simbólica.
Durante los años 60 y 70, las izquierdas latinoamericanas adoptaron una visión del mundo basada en la lucha entre “imperios y pueblos”.
Israel, aliado de Estados Unidos, quiso ser leído por muchos como “el poder”. Palestina, en cambio, les representaba la pobre resistencia.
Esa lectura sobrevivió al paso de las décadas y hoy se reactiva cada vez que un misil cae o una imagen se vuelve viral.
Además, las diásporas árabes en países como Chile, Honduras, Colombia o Argentina han tejido puentes culturales y emocionales. No se trata de solamente migrantes, son verdaderos agentes de relaciones públicas para difundir una supuests fragilidad de los palestinos.
Pero hay un último factor, más silencioso: la necesidad de sentirnos parte de algo moralmente claro.
En sociedades cansadas de corrupción o desigualdad, abrazar una causa lejana se vuelve una forma de afirmación ética.
Es decir: “no puedo cambiar mi país, pero al menos puedo decir de qué lado estoy”.
Esa emoción da sentido, comunidad y pertenencia, aunque el conflicto esté a medio mundo de distancia. Sin embargo, esa misma emoción puede volverse peligrosa cuando reemplaza la información.
El riesgo es que el dolor ajeno se transforme en una batalla simbólica más, alimentada por redes y por titulares que premian la indignación.
Es más fácil emocionarse que entender, que razonar. Las imágenes de Gaza no buscan informar, buscan adoctrinar, anulan nuestra capacidad de mirar sin odio y con contexto.
Quizás la verdadera pregunta no sea por qué nos duele tanto, sino por qué necesitamos que nos duela algo lejano para sentirnos parte de algo más grande.
Porque en el fondo, el conflicto israelí-palestino no solo ocurre allá: también se libra en nuestras emociones, en nuestras identidades y en nuestra manera de entender la justicia.
El nuevo analfabeta es aquel que no sabe verificar la información.
Preferimos adormecer la inteligencia, para dar paso a la emoción sesgada que nos hace sentir moralmente superiores. Lo saben los líderes palestinos, lo saben los políticos populistas y cuando la población se entera, es por lo general demasiado tarde.
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