Un tema que hoy inquieta a la pública opinión israelí: la negativa del gobierno de Netanyahu de investigar con equilibrio y objetividad los sucesos del oscuro 7 de octubre.
Cuando despertó aquella mañana le informaron que miles de gazatíes habían cruzado la frontera para asesinar con múltiples armas a los participantes en un concurrido festival de música y baile sin exceptuar a los moradores de los kibutzim y aldeas establecidos en la región.
Un sorpresivo ataque que apenas le llevó a tomar acción alguna. Durante las horas de aquella oscura mañana ni él ni miembro alguno del gobierno acertaron a dictar medidas que hubieran podido evitar la muerte de centenares de jóvenes tempranamente reunidos por la música y la amistad.
Ya despierto y después de su habitual desayuno, Netanyahu resolvió llegar al comando militar en Tel Aviv para pasivamente seguir la tragedia tanto en locaciones militares como en los kibutzim de la zona.
Ninguna iniciativa se le ocurrió. Solo fuerzas policiales y algunos puestos militares cercanos reaccionaron para defenderse y defender al público del festival. Y muy pronto, conocieron la muerte en paralelo a la destrucción de kibutzim y modestos poblados.
Irresponsable pasividad que involucró no solo a Netanyahu. También a altos miembros del comando militar.
Pero en contraste con estos, que poco tiempo después renunciaron a sus puestos por la torcida pasividad, Bibi mantuvo hasta aquí el poder, públicamente considerado culpable de una inolvidable tragedia.
En estos días y con la mirada en el próximo torneo electoral, la familia Netanyahu insiste en instituir un cuerpo parlamentario para investigar el trágico día de octubre.
Por su parte, la pública opinión exige, con justicia, la constitución de un jurado representativo y capaz de hacer y dar un objetivo informe sobre lo ocurrido.
Espinoso contraste que no solo pone en conflicto la forma de investigar la tragedia de un oscuro día de octubre.
Abraza mucho más cuando nuestra democracia hoy está en juego.
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