Hay hechos en la vida y en la historia que resisten el olvido.
Nos abruman y penetran por todos los poros del cuerpo y allí quedan aguardando alguna rebelde voz para entonces desnudarse sin freno alguno.
Es hoy el caso de un inolvidable 7 de octubre cuando miles de terroristas gazatíes invadieron el sur de Israel para dar muerte a niños y adultos sin defensa alguna.
Inolvidable y oscuro episodio que desnudó la torcida pasividad de un gobierno y el flaco peso de un líder.
Víctimas de la criminal ofensiva y del oficial olvido, una espontánea y heroica resistencia civil acertó a reducir el probable número de víctimas en kibutzim y pueblos que en otros tiempos revelaron la irrefrenable energía de nuestro país.
Entre los miles que conocieron la muerte, una fracción de ellos tuvo particular relieve.
Alude a las jóvenes que entonces cumplían la exigente misión de vigilar intrusiones y ataques del enemigo.
Brutalmente agredidas por el invasor, apenas pudieron revelar alguna resistencia. Y aquellas que no conocieron la muerte fueron brutalmente llevadas al otro lado de la frontera.
Ninguna unidad militar fue llamada por el gobierno de Netanyahu cuando los contingentes policiales desplegados en la zona conocieron la muerte.
Y en este rojo escenario el silencio gubernamental fue amplio y cruel. En lugar de dictar la obligada movilización de unidades militares para resistir el sorpresivo ataque, prefirió la tácita complicidad con el enemigo.
Una tragedia más en este oscuro episodio.
Torcida conducta que la memoria personal y colectiva, sensible y receptiva en nuestro país, jamás tolerará el olvido.
El quehacer y la retórica del próximo torneo electoral conocerán filosos ecos de esta torcida y oscura pasividad.
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