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jueves 04 de junio de 2026
De Guatemala a las filas del ejército israelí: dos hermanas eligieron a Israel como su hogar

De Guatemala a las filas del ejército israelí: dos hermanas eligieron a Israel como su hogar

Identidad, memoria y convicción: dos jóvenes judías de Guatemala relatan cómo Israel dejó de ser una idea lejana para convertirse en su casa y en una responsabilidad que hoy visten con uniforme.

Con el uniforme del ejército israelí y una seguridad que no es impostada, S. y L. —hermanas originarias de Quetzaltenango, Guatemala— se presentan no solo como jóvenes soldadas del Tzáhal, sino como el resultado vivo de una historia familiar marcada por la diáspora, la memoria y una elección profundamente personal: hacer de Israel su hogar y asumir la responsabilidad de defenderlo.

Ambas crecieron en un entorno culturalmente mixto. Su madre y su abuela son judías; su padre, católico. Durante la infancia convivieron con ambas tradiciones de manera natural: celebraban Navidad con la familia paterna y, al mismo tiempo, encendían las velas de Janucá, celebraban Shabat, Pésaj y Purim en casa de su abuela. No hubo imposiciones, explican, sino una apertura que les permitió descubrir con honestidad dónde se sentía su corazón.

“El judaísmo no llegó como una obligación, llegó como una pregunta”, relata S. Las cenas de Shabat en casa de su abuela —entre jalot, rezos y el bullicio familiar— se convirtieron con el tiempo en un espacio de pertenencia, gratitud y continuidad generacional. “Era algo íntimo, algo que se sentía desde adentro”, coinciden.

Esa identidad fue entrelazándose de manera inevitable con Israel. Las historias familiares sobre la Segunda Guerra Mundial, los parientes que huyeron de Europa, los tíos que ya vivían en el país y los constantes viajes de su abuela sembraron una inquietud temprana. En la escuela, al estudiar el Holocausto, S. recuerda haber sentido que aquello no era solo historia universal, sino historia propia. “Ahí supe que tenía que ir a Israel”, afirma.

La oportunidad llegó a través de un programa para terminar la preparatoria en Israel. S, fue la primera en dar el paso, con apenas 16 años; L. la siguió un año después. El aterrizaje no fue sencillo: el idioma, la cultura y, sobre todo, la experiencia de vivir solas siendo aún adolescentes implicaron un proceso acelerado de madurez. “Israel fue el país que nos vio crecer”, dicen. Guatemala quedó como el lugar de la infancia; Israel, como el espacio donde se convirtieron en adultas.

Con el tiempo, ese sentimiento se consolidó. Vivir solas, trabajar, pagar renta y construir redes afectivas hizo inevitable la pregunta sobre el futuro: regresar a Guatemala o quedarse. La decisión de enlistarse en el ejército no fue automática ni mecánica. “No era obligatorio para nosotras”, subrayan. Fue la consecuencia de sentirse parte de algo más grande. “Si este es mi hogar, también es mi responsabilidad”, resumen las hermanas.

El momento de ponerse el uniforme por primera vez —tomarse la foto para la identificación militar, cantar el himno— marcó un punto de no retorno. “Ahí sentí: esta es mi casa”, recuerda Luisa. Para ambas, el servicio militar representa no solo un deber cívico, sino un privilegio: el de contribuir activamente a la defensa de un país que les dio identidad, comunidad y futuro.

Desde Guatemala, la reacción familiar ha sido una mezcla de orgullo y miedo. Padres, tíos y abuelos celebran su decisión, aunque no ocultan la preocupación natural. En una comunidad judía pequeña como la guatemalteca, ver a dos jóvenes mujeres hacer aliá y servir en el Tzáhal despierta admiración. “No es algo común, y por eso emociona”, cuentan.

En Israel, su origen latinoamericano también genera sorpresa. Cuando dicen que vienen de Guatemala, las respuestas suelen dividirse entre la curiosidad —“¿dónde queda?”— y la nostalgia —“qué país tan lindo, estuve ahí, me encantó”—. A veces hay bromas; otras, incredulidad. Dos jóvenes latinoamericanas, hablando hebreo con acento y vestidas con uniforme, no pasan desapercibidas. Pero detrás del asombro hay respeto.

S. sirve como instructora en situaciones de emergencia, un rol directamente vinculado con la población civil. Su trabajo exige precisión, claridad y empatía. “En una emergencia, las personas están asustadas. Las palabras importan”, explica. Haber atravesado periodos de guerra y alta tensión le dejó una certeza: formar parte de un equipo y saber que su labor tuvo impacto real en la población es profundamente significativo.

L., por su parte, integra una unidad de combate dedicada a la recolección de inteligencia territorial. Aunque no puede entrar en detalles, señala que se trata de una unidad operativa que trabaja con tecnología avanzada y que representa uno de los mayores retos para mujeres en combate. “Quería hacer algo grande”, afirma. El entrenamiento le dejó una lección central: en el ejército todo es equipo. “Nos cuidamos entre nosotros. No hay otra opción”.

Ambas coinciden en algo que suele sorprender a observadores externos: el alto nivel de profesionalismo del ejército israelí, pese a la juventud de quienes lo integran. “El ejército te hace madurar”, dice L. “Aprendes responsabilidad, disciplina y seguridad. Son herramientas para la vida”.

Aunque oficialmente son consideradas “soldadas solitarias”, rechazan el término en su sentido literal. “En Israel no existe estar sola”, afirma Sara. Relatan cómo compañeros, comandantes y familias enteras se acercan para ofrecer ayuda, invitar a cenar en Shabat o asegurarse de que no les falte nada. “Siempre hay alguien que te dice: ven a mi casa, ¿necesitas algo?”. La solidaridad, dicen, es parte del día a día.

Los últimos dos años de guerra marcaron profundamente a ambas. Las pérdidas tocaron a toda la sociedad. “Siempre conoces a alguien que perdió a alguien”, explican. La experiencia fue dura, pero también transformadora. Para L., significó replantearse el sentido de la vida; para Sara, reafirmar una idea que circula entre soldados: “Si no soy yo, ¿entonces quién?”.

Hoy, ambas proyectan su futuro en Israel. Planean estudiar, formar una familia y construir su vida en el país que eligieron. Más allá de los planes profesionales, hay una certeza compartida: Israel es su hogar. No solo por la bandera que hoy portan, sino por la comunidad que las sostiene y las reconoce como parte de una gran familia.

Desde Guatemala hasta las filas del Tzáhal, la historia de S. y L. es la de una pertenencia elegida y defendida, día a día, con convicción.


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