En el Bosque de Chapultepec, el próximo 25 de enero, se correrá una historia de resistencia, amor y propósito. Se correrá, sobre todo, con el corazón.
La historia es la de Esther Nakash Z”L —“Esthercita” para quienes la amaron—, una mujer que durante siete años desafió un cáncer con una disciplina feroz, una alegría intacta y una convicción que hoy sigue marcando a quienes la rodearon. Tenía 34 años, estaba por cumplir 35. Fue financiera de profesión, atleta por vocación y, sin saberlo, maestra de resiliencia para toda una comunidad.
Sus padres, Ramón y Karen, y sus hermanas, Nathalie y Shelly, hablan de ella con la mezcla de dolor y orgullo que sólo produce una vida vivida sin concesiones. Esther no se definió por la enfermedad, se definió por el movimiento. Corrió maratones, medios maratones, triatlones. Siguió entrenando durante quimioterapias “de caballos”, después de cirugías, aun cuando su cuerpo pedía tregua. Dos o tres días postratada y, de pronto, un mensaje: una foto de su reloj Garmin, decía “I’m back”. Ocho, diez kilómetros. Volvía con energía, volvía a ser ella.
“Los médicos le preguntaban: ¿por qué corres? Y ella respondía: porque quiero. ¿Lo volverías a hacer? Sí”. No estaba en los manuales clínicos, lo estaba en su carácter.
Hay una escena que resume su espíritu: semanas antes de partir, ya en silla de ruedas, entra a una tienda de deportes. Observa unos tenis de última generación, con placas de carbón y suelas futuristas. “Son los más rápidos… ¿me los invitas?”. Se los compró. Esos tenis siguen en su casa: prueba de una mente que jamás se rindió.
En el video promocional de la carrera se escucha su voz: “When you can’t run with your legs, run with your heart”, lo cual no es un eslogan, es una declaración de vida.
Una carrera como homenaje, una causa como futuro
La carrera —5 y 10 kilómetros, además de una caminata de 3 km— fue concebida por sus amigos del Colegio Atid, su generación entera. No es un evento improvisado, es una obra colectiva de afecto. En semanas, consiguieron patrocinadores, vendieron “kilómetros” a donantes, activaron redes.
Los fondos se destinarán a la “Fundación ABC” (área oncológica infantil) y sembrarán las bases de un proyecto para el futuro, el que Esther soñó hasta el final: la “Fundación Shira”.
Shira no es un nombre simbólico. Es el de su perra, su compañera inseparable durante tratamientos en México, Houston y Pittsburgh; la que entraba a terapia intensiva, la que se quedaba inmóvil en la puerta del hospital cuando no la dejaban pasar, la que “sabía” cuándo una cirugía había terminado. La que, una vez, comenzó a llorar a kilómetros de distancia justo cuando los resultados no eran los esperados.
Para Esther, Shira era familia. Para su legado, es identidad.
La fundación que ella delineó —con la meticulosidad de una financiera y la empatía de quien conoció el sistema desde adentro— busca prevención, detección temprana, orientación a pacientes y familias, y apoyo a cánceres que no reciben la misma visibilidad. “Hay conciencia del cáncer de mama —decía—, pero hay muchos otros con la misma urgencia. Hay que abrir el panorama”.
Hacía cuentas, pensaba en inversión responsable, en sostenibilidad. Ella no pedía caridad, diseñaba impacto.
Actitud, deporte y vida
Karen, su madre, lo dice sin rodeos: el deporte fue una vitamina para Esther, oxigenó su cuerpo y su mente, le devolvió agencia cuando todo parecía arrebatársela.
Esquiaba aun con quimioterapia y radiación; corría cuando el cuerpo flaqueaba. No por negación, sino por elección, porque lograrlo le devolvía el centro. “Era su manera de decir: todavía puedo”.
Natalie agrega otra capa: recordar a Esther no es fijarla en la enfermedad, sino devolverla a quien fue siempre—intensa, alegre, profundamente humana; capaz de conversar con adultos con la madurez de una ejecutiva y, al mismo tiempo, amar Disney y las princesas hasta el último día. “Recordarla corriendo es lo más sensato para lo que ella fue. No queremos quedarnos en la cama a llorar. Por nosotros y por ella, hay que seguir”.
La elección de Chapultepec no es casualidad: era su lugar. Por eso, la carrera no es una despedida, sino una continuidad. “Queremos que ésta sea la primera, no la última”, dice Ramón. “Que se institucionalice, que cada año la comunidad vuelva a encontrarse para hacer lo que ella hacía mejor: avanzar.
Esta carrera no mide tiempos, no celebra marcas personales; celebra una ética de vida. Los kilómetros del 25 de enero serán un acto colectivo de memoria activa. Una manera de transformar duelo en propósito, y propósito en ayuda concreta.
Esther enseñó que la actitud puede ser más fuerte que el diagnóstico; que el cuerpo, cuando encuentra sentido, se vuelve aliado; que la esperanza no es ingenua si se traduce en acción.
Corrió con las piernas hasta que no pudo. Y cuando no pudo, corrió con el corazón.
El 25 de enero, Chapultepec será su pista. Inscríbanse. Corran. Caminen. Acompañen.
Porque hay vidas que, aun cuando se apagan, nos enseñan a avanzar.
Inscríbanse en este enlace.
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