Más allá de que los Estados Unidos tengan al mundo en ascuas por el ataque contra Irán que tanto se anuncia pero no llega, una cosa es definitiva: El poder de los ayatolas está en su ocaso, y eso está provocando más cambios de los esperados. Y más problemas.
Tal y como se ha señalado en muchas ocasiones, Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos tienen grandes planes para el desarrollo económico del Medio Oriente. Estos implican jugosas ganancias. Hay mucho dinero en juego, así que, de una u otra manera, se van a implementar.
Las primeras víctimas de esta nueva configuración regional son Hamas y Hezbollá, estorbos absolutos y, por lo tanto, grupos que serán sacrificados en pro de un entorno seguro en el que los proyectos comerciales, industriales, tecnológicos y hasta turísticos puedan florecer sin problema.
Pero hay otras aristas que en un principio no se veían, y que ahora comienzan a aflorar.
El contexto desde el cual todo esto inicio es bien conocido: Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos se convirtieron en una suerte de frente común no oficial contra Irán, toda vez que los ayatolas estaban haciendo todo lo posible para hacer colapsar lo mismo al estado judío que a las monarquías sunitas.
Eran los tiempos sencillos que se gobernaban bajo la lógica de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
Que el poder iraní se ha debilitado de manera definitiva, se puede corroborar en un detalle: El vacío que ha dejado ha provocado que los conflictos comiencen a crecer entre los tres felices aliados que tanto anhelaron ver la caída de los ayatolas.
En otras palabras, ahora que Irán ya no es un peligro existencial real, es hora de enfrentar las diferencias, rivalidades y fricciones que hay entre Israel, Arabia Saudita y los Emiratos.
Curiosamente, el factor de conflicto no es Israel. El pleito que se empieza a asomar es entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
Los planes a mediano y largo plazo con los Estados Unidos e Israel, que tendrán Gaza como principal campo territorial de acción, están bien. Eso puede seguir adelante. Pero los juegos de poder en la Península Arabiga son otra cosa, y el sitio donde están explotando las diferencias (y de modo muy agresivo) es Yemen.
No nos referimos al Yemen houthí, por supuesto, sino al Yemen “oficial”, en el cual Qatar ha promovido una amplia actividad de la Hermandad Musulmana. Los Emiratos están muy molestos con ello, y han hecho sus propios esfuerzos para eliminar esa amenaza. Pero la estrategia emiratí implica independizar la zona sur de Yemen, y eso a los saudíes no les gusta. Así, todo pinta a que Yemen corre el riesgo de convertirse en el territorio de un todos contra todos entre los países árabes de la zona.
¿Qué es lo que no le gusta a Arabia Saudita, acaso quien está tomando las medidas más agresivas y más arriesgadas?
La monarquía de Riad quisiera que las cosas se quedaran como están en este momento: Un Medio Oriente con planes de desarrollo, Hamas y Hezbollá destruidos, Irán simple y sencillamente anulado.
Lamentablemente, ya entendieron que eso no es posible. En ese panorama, la caída del régimen de los ayatolas es inevitable (con bombardeos de Estados Unidos o sin ellos). Eso implica un cambio de gobierno, y es prácticamente imposible que los nuevos gobernantes de Irán no sean aliados de los Estados Unidos.
Entonces Irán se va a convertir en otro tipo de rival de Arabia Saudita. Pero rival a fin de cuentas.
Eso es lo que tanto incomoda a los saudíes. La rivalidad actual —consistente en un grupo de clérigos fanáticos obsesionados con convertirse en los líderes mundiales del islam y los custodios de los lugares santos en Medina y La Meca— es casi caricaturesca. Los planes de los ayatolas son delirantes, imposibles. Siempre se supo que sus alucinaciones apocalípticas no tenían futuro, y que sería mera cuestión de tiempo para que fracasaran.
Un gobierno iraní distinto, pacífico y pro-occidental, sería otra cosa. Mejor socio para los Estados Unidos, mejor aliado para Israel, mejor posicionado con China. Un régimen listo para desplazar a Arabia Saudita de su lugar privilegiado en Medio Oriente. Un gobierno que no le disputaría a la nobleza de Ryad la custodia de los lugares santos del islam, pero que sí podría derrotarlo en el liderazgo económico regional.
A los Emiratos eso no parece importarles. Su apuesta va por reforzar vínculos comerciales, y si eso significa establecer alianzas con el nuevo Irán, lo harán.
Pero Arabia Saudita no quiere correr riesgos. Por eso, ahora sus decisiones parecen encaminarse a intentar algo que ya se antoja imposible, pero a lo que están dispuestos a apostar todo lo que sea necesario: Garantizar que los ayatolas sobrevivan y conserven el poder.
Prefieren un Irán inútil, fracasado y dirigido por una tropa de vejetes seniles, que una potencia económica en ascenso.
Habrá que poner atención a esto. Ahora que el de Irán es un poder apagado, Arabia Saudita puede convertirse en el país problemático de la zona (junto con Qatar).
Así se confirma que la historia no se detiene.
Los conflictos siguen.
Sólo estamos pasando a una nueva etapa.
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