Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026

Relato de mi hermano sobre sus 16 años en Venezuela

Mis dos hermanos y yo nacimos en la Ciudad de México: mi hermano mayor, Yair, en 1972; yo, en 1981; y nuestro hermano menor, Dany, en 1983. En 1991, cuando yo tenía diez años, Yair tomó la decisión que marcaría el resto de su vida: hizo Aliá a Israel. Allí se convirtió en rabino, formó una familia y echó raíces. Se casó en 1999 con Lebana, una mujer de la comunidad judía de Túnez, y, en 2001, nació su primera hija, Miriam.

Más adelante, emprendí mi propio viaje hacia el norte. En 2016, me mudé a Pittsburgh con mi esposo, quien fue aceptado para realizar un doctorado en la Universidad Carnegie Mellon. Recientemente, tuve una conversación larga e íntima con Yair. Ciudadano israelí en ese momento, pasó dieciséis años sirviendo como rabino en Caracas, Venezuela, desde 2005 hasta 2021. Mientras hablaba, sus recuerdos dibujaban un retrato de la vida judía en Venezuela y de un país en medio de un colapso profundo. Se fue de Venezuela durante el brote de COVID y ahora vive en Netivot, Israel, llevando consigo las vivencias de esos años.

La principal comunidad sefardí en Venezuela es la Asociación Israelita de Venezuela, y la principal comunidad asquenazí es la Unión Israelita de Caracas. Otras comunidades más pequeñas incluyen Maguen David (ortodoxa), Bet Shmuel, Or Torah (para judíos sirios, Halevim) y Bet El. Mi hermano formaba parte de la Sinagoga Maguen David. Juntas, estas comunidades mantenían una red de instituciones, tradiciones y apoyo mutuo que sostenía a las personas incluso en los momentos más difíciles.

Pero la situación general del país era devastadora. Según mi hermano, el gobierno se convirtió en un régimen autoritario, cambió las leyes para mantenerse en el poder indefinidamente, reprimió protestas, encarceló opositores y generó miedo. Solían llevar a los opositores a cárceles subterráneas; nadie sabía qué ocurría allí. Hubo expresiones abiertas de antisemitismo: invasiones a sinagogas, grafitis de odio y actos simbólicos de agresión contra la comunidad judía. Mientras tanto, quienes gobernaban llevaban una vida lujosa, y la gente común sobrevivía haciendo filas interminables solo para obtener productos básicos. Algunas personas, incluso quienes habían apoyado al gobierno, murieron de hambre, y otras fallecieron en hospitales porque no había suficientes medicinas disponibles.

La inseguridad también marcaba la vida cotidiana. Caracas se convirtió en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, siendo la primera Ciudad Juárez, Chihuahua. Muchos edificios instalaron cercas eléctricas, escuchar disparos se volvió normal y la violencia era constante. Mi hermano a menudo escuchaba tiroteos muy cerca de su casa; el miedo se volvió parte de la rutina diaria.

El segundo hijo de Yair, Abraham, nació en Israel en 2003, pero cuando tenía un año y medio, la familia se fue de shlijut a Venezuela. La embajada de Israel en Venezuela cerró operaciones en 2009, cuando el entonces presidente Hugo Chávez expulsó al embajador israelí y al personal de la embajada, rompiendo las relaciones diplomáticas. Durante un tiempo, existió un consulado israelí dentro de la embajada de Canadá, lo que ofrecía cierta seguridad. Sin embargo, durante la pandemia de COVID, el consulado también fue cerrado. Decidieron entonces regresar a Israel, pero necesitaban renovar el pasaporte de Abraham y viajar a Colombia u otro país, pero era imposible debido al cierre de fronteras. Finalmente, renovaron el pasaporte en la embajada de Israel en Panamá y organizaron que alguien enviara un paquete de ropa desde ahí, escondiendo el pasaporte de Abraham dentro de la caja. Después de eso, la familia regresó a Israel. Fue un período lleno de ansiedad e incertidumbre. El tercer hijo de Yair, Aharon, nació en Venezuela en 2006.

En 2013, visité a mi hermano con mi esposo y mi madre. Lo que más recuerdo es que los taxistas no hablaban del gobierno por miedo a ser investigados. También vi casas con ventanas rotas y sillones con el tapiz dañado; la gente no tenía dinero para repararlos. Los estantes de las tiendas de abarrotes estaban medio vacíos y polvorientos, como si los productos hubieran estado allí desde hacía mucho tiempo. En los bancos había carteles que indicaban que los dólares solo se podían cambiar en ciertos días de la semana, por lo que la gente terminaba cambiándolos “por debajo del agua”. Fuimos al museo de la Historia de Venezuela y quedaba claro que muchos temas eran evitados y algunos detalles de la historia mundial cambiada, el guía del museo no se atrevía a hablar libremente cuando le pregunté por esto. Por otro lado, las personas eran cálidas y amables, tanto judíos como no judíos, aunque parecían tristes y estresadas. Las playas y áreas naturales eran hermosas, y el clima era cálido y húmedo, algo similar al clima de Acapulco. La gente intentaba animarse con fiestas nocturnas con reguetón y otros ritmos afrocaribeños, todos bailaban a pesar de las dificultades. No asistí a esta fiesta por estar hospedada con mi hermano otrodoxo, pero la música se oía desde la ventana del departamento.

La comunidad tuvo que crear sus propios sistemas de protección. Después de cierta hora, era peligroso salir; las personas se organizaban en grupos, y había coordinación con especialistas en seguridad israelíes para acompañar a quienes iban hacia y desde la sinagoga, especialmente en Shabat.

Al mismo tiempo, coexistían dos realidades: inseguridad extrema y una comunidad profundamente solidaria. Se continuaban celebrando bodas, bar y bat mitzvot, brit milot y clases. Había apoyo y calidez. Sin embargo, la pobreza alcanzó niveles terribles. Mi hermano vio familias enteras comiendo de los basureros, escenas dolorosas que con el tiempo se volvieron comunes. Parte de la comunidad organizaba esfuerzos de ayuda, distribuyendo comida siempre que era posible. Mi hermano dice que un día vio a una chica que parecía universitaria y estaba bien vestida; buscaba comida en un basurero y él le dio un plato de comida. Después de Shabat, la gente de su sinagoga solía poner las sobras del Shabat en platos para dárselas a las personas que encontraban en las calles.

La comunidad judía estaba disminuyendo drásticamente. Muchas familias emigraron a Miami, Panamá, Argentina, México, Israel y España. De casi 20,000 judíos en algún momento, para 2021—cuando mi hermano finalmente salió de Venezuela—solo quedaban alrededor de 2,000. Aun así, la vida comunitaria nunca desapareció por completo: las sinagogas, escuelas, actividades religiosas y el apoyo social continuaron funcionando.

El gobierno había prometido prosperidad gracias al petróleo, pero esa promesa nunca se cumplió. Algunas personas lograban sobrevivir gracias a ingresos en dólares, pero en general la población vivía en condiciones muy difíciles. En palabras de mi hermano:

Nadie se atrevía a capturar a Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump fue el único que tuvo las agallas de sacar a esa persona del país, fue una gran mitzvá, dejó de ser una situación política y se volvió humanitaria. El pueblo venezolano es un pueblo bondadoso, amable y educado, el gobierno fue el que provocó la criminalidad y todos los problemas.

Hoy, Venezuela aún conserva instituciones judías y vida comunitaria, aunque mucho más reducida. Lo que queda claro en el relato de mi hermano es que el pueblo venezolano es cálido, amable y digno; el sufrimiento provino de un sistema de gobierno que llevó al país a una situación trágica.

Por: Yafa Negrete
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