En 2008, un pequeño pero estridente grupo llamado Neturei Karta —una secta ultraortodoxa fundada en Jerusalén en 1938, abiertamente antisionista— adquirió notoriedad internacional al alinearse con algunos de los enemigos más declarados de Israel. Sus dirigentes participaron en conferencias de negación del Holocausto en Irán y manifestaron públicamente su apoyo a regímenes que proclamaban la desaparición del Estado judío. Eran, en términos numéricos, insignificantes; en términos simbólicos, profundamente perturbadores.
Durante mucho tiempo, fenómenos como ese fueron considerados marginales, casi ajenos a la realidad israelí. Una anomalía ideológica sin impacto real sobre la vida del país.
Sin embargo, la historia rara vez permanece confinada a sus extremos.
En la noche del sábado 11 de abril, un episodio aparentemente menor volvió a poner en escena esa misma lógica. Un reducido grupo de manifestantes haredim fue arrestado tras protagonizar disturbios frente a centros de reclutamiento, bloqueando calles y enfrentando a la policía. No se trató de una protesta masiva ni representativa del conjunto de la comunidad ultraortodoxa, pero sí de una expresión particularmente reveladora: algunos de sus participantes profirieron consignas que equiparaban a las autoridades israelíes con los nazis, denunciaban al Estado como perseguidor de judíos e incluso afirmaban que Israel utiliza a los propios judíos como escudos humanos.
El dato, en sí mismo, podría parecer anecdótico. No lo es.
Hoy, Israel enfrenta una realidad mucho más profunda. En medio de una guerra prolongada y bajo amenazas constantes, las Fuerzas de Defensa han advertido que, sin una ampliación sustancial del número de reclutas, podría abrirse en los próximos años una brecha operativa de consecuencias graves. En ese contexto, el debate sobre la incorporación de la comunidad haredí al servicio militar ha dejado de ser una cuestión sectorial para convertirse en un problema central del Estado.
A diferencia de Neturei Karta, la mayoría del mundo haredí no niega la legitimidad de Israel ni se alinea con sus enemigos. Pero en un punto decisivo —la asunción de la carga de su defensa— persiste una excepción estructural que genera una tensión cada vez más visible. Mientras amplios sectores de la sociedad participan activamente en la defensa del país, otros permanecen al margen de esa responsabilidad.
El problema ya no es ideológico en sentido estricto. Es una cuestión de cohesión nacional.
Esta tensión no se agota en el mundo haredí. En otros sectores de la sociedad israelí, particularmente en ciertas corrientes de izquierda, se manifiesta de manera distinta pero convergente: una tendencia a cuestionar, en nombre de principios universales, las condiciones concretas de la autodefensa nacional. Aunque de naturaleza muy diferente, estas posturas comparten un efecto común: erosionan, desde ángulos diversos, la noción de responsabilidad colectiva sobre la que descansa la supervivencia del Estado.
Israel ha demostrado que la vida religiosa estricta no es incompatible con el servicio militar. Existen marcos específicos que permiten preservar las normas halájicas (leyes judías) dentro de las Fuerzas de Defensa, y miles de soldados observantes forman parte de ellas. Esto indica que la discusión no gira en torno a la posibilidad, sino a la voluntad de integración en un esfuerzo común.
Desde una perspectiva judía, la responsabilidad colectiva no es una noción ajena. En los momentos decisivos de la historia bíblica, la supervivencia del pueblo no dependió de la pasividad ni de la delegación, sino de la acción compartida. La continuidad exigía involucramiento, no excepción.
Cuando esa lógica se invierte, y sectores significativos quedan exentos de asumir los riesgos que otros afrontan, el problema deja de ser sectorial para convertirse en estructural. No se trata solo de una cuestión de equidad: sino de la capacidad de una sociedad para sostenerse a sí misma en condiciones de amenaza permanente.
Lo que en otro tiempo aparecía como una negación marginal del Estado, hoy se expresa de una manera más amplia y compleja: una disputa sobre quién asume el costo de su defensa. Y esa disputa, en un contexto de guerra, deja de ser teórica.
Israel enfrenta enemigos externos que buscan su destrucción. Pero su fortaleza histórica no residió únicamente en su capacidad militar, sino en la convicción de que su destino era compartido. Cuando esa convicción se debilita, el riesgo no proviene solo de afuera.
Porque, en última instancia, la defensa de Israel no depende solo de las armas.
Es una responsabilidad común.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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