El informe publicado por Al Jazeera el 10 de febrero de 2026, titulado “Israel used weapons in Gaza that made thousands of Palestinians evaporate“, representa un caso paradigmático de cómo las narrativas en conflictos armados prolongados y altamente polarizados se construyen sobre fuentes primarias locales con limitaciones estructurales de verificación independiente, lo que genera un impasse cognitivo en el análisis de Relaciones Internacionales aplicado al Medio Oriente contemporáneo.
El reportaje, emitido en el programa árabe “El resto de la historia”, documenta al menos 2.842 casos de palestinos desaparecidos durante el conflicto clasificados como “evaporados” desde octubre de 2023, atribuyéndolos al uso sistemático por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) de municiones de tipo termo bárico y térmicas de alta temperatura (principalmente estadounidenses, como las MK-84, BLU-109 y GBU-39), las cuales son capaces de generar temperaturas superiores a 3.500 °C en el epicentro de la detonación.
La metodología utilizada en el informe es, aparentemente rigurosa dentro de su contexto operativo, incluyendo a miembros de los equipos de la Defensa Civil gazatí donde cruzan testimonios de familiares o residentes sobre el número de personas presentes en un sitio bombardeado con los restos intactos recuperados tras búsquedas exhaustivas.
En teoría cuando no encontraban un cuerpo ni a una persona viva sino solamente quedaban trazas biológicas (salpicaduras de sangre en paredes, fragmentos mínimos de tejido o cenizas), se registraban como “evaporados”.
Sin embargo, la precisión del número (2.842) contrasta con la ausencia casi total de corroboración externa en los días inmediatamente posteriores a su publicación, lo que invita a un escrutinio crítico desde perspectivas de metodología de inteligencia abierta (OSINT), derecho internacional humanitario y estudios de propaganda en zonas de guerra asimétricas.
El principal punto de fricción radica en la fuente primaria, la Defensa Civil de Gaza, una entidad operativa bajo el gobierno de facto de Hamas en el enclave desde 2007. Esta institución no opera en un vacío institucional neutral; forma parte de la estructura administrativa controlada por un actor no estatal designado como organización terrorista por Israel, Estados Unidos, la Unión Europea y otros.
El portavoz principal, Mahmoud Bassal, ha sido señalado públicamente por las FDI en junio de 2025 como miembro activo de Hamas según documentos capturados durante operaciones terrestres en Gaza. Descrito como un “terrorista activo” que utiliza su posición para difundir información falsa, atribuir crímenes de guerra a Israel y servir objetivos de guerra psicológica y propaganda.
Aunque Basal ha negado estas acusaciones, el incidente ilustra el dilema inherente donde en entornos donde el control territorial y administrativo coincide con una facción armada, las instituciones civiles se entrelazan inevitablemente con agendas políticas y militares.
La dinámica evoca paralelismos históricos con los Cascos Blancos (Syria Civil Defence) en zonas opositoras sirias, donde una entidad de rescate documentaba atrocidades atribuidas al régimen de Assad y sus aliados rusos, pero fue acusada por Moscú y Damasco de operar como fachada de grupos islamistas, falsificar evidencias y alinearse con intereses occidentales.
En ambos casos, la credibilidad de los datos depende de la percepción del observador, para unos, se trata de testimonios de primera mano en condiciones extremas; para otros, narrativas sesgadas por alineamiento ideológico o control político. En Gaza, la Defensa Civil contribuye a los conteos del Ministerio de Salud palestino (MoH), cuya precisión histórica ha sido validada parcialmente por la ONU (OCHA), la revista médica The Lancet (cuestionada por sus sesgos metodológicos) y agencias, pero con advertencias persistentes sobre subregistro de muertes indirectas y sesgo en la atribución causal.
La ausencia de verificación neutral agrava el problema. Hasta el 11 de febrero de 2026 (fecha de este artículo), no se habían registrado fact-checks, ni tampoco informes detallados ni desmentidos sustantivos por parte de organismos multilaterales como la ONU, Human Rights Watch, Amnistía Internacional o medios occidentales de referencia. Tampoco hay respuestas oficiales israelíes específicas a la cifra de 2.842 “evaporados”, aunque el gobierno israelí ha negado consistentemente el uso indiscriminado de termo báricas contra civiles y calificado acusaciones similares como propaganda.
La plausibilidad científica de la vaporización parcial de tejido humano en explosiones de alta temperatura es reconocida en literatura forense militar, ocurriendo en conflictos como Ucrania o Siria, pero la escala documentada aquí carece de acceso forense internacional independiente, imposible por la destrucción masiva, restricciones de movimiento y el colapso de infraestructuras en Gaza, así como la rapidez con la que circulan nuevas informaciones (o desinformaciones) y el control férreo en zonas importantes de grupos cercanos al establishment islamista.
Este vacío informativo permite que la narrativa se cristalice en torno al titular sensacionalista “miles de palestinos evaporados por armas israelíes”, amplificado rápidamente por titulares alineados (TRT World, Anadolu Agency, Middle East Eye, The Cradle, Palestine Chronicle) y redes sociales pro – palestinas. El encuadre de Al Jazeera, financiada por Qatar (cuyo gobierno mantiene vínculos con Hamas y una postura crítica hacia Israel), refuerza percepciones de parcialidad: el medio selecciona evidencias que encajan en una línea editorial anti – israelí. En Relaciones Internacionales, este fenómeno se enmarca en la “guerra cognitiva” o “batalla narrativa”, donde el control de la información prima sobre la verificación factual en tiempo real.
El informe de Al Jazeera ilustra un patrón recurrente en el conflicto israelí-palestino, la imposibilidad estructural de fuentes neutrales en un teatro de operaciones donde ambos bandos controlan el acceso informativo y donde organismos internacionales enfrentan limitaciones logísticas y políticas. Esto no invalida per se los datos, ya que la vaporización extrema es factible con las municiones descritas, y el subregistro de cuerpos bajo escombros que se está documentando sobre Gaza, pero sí impone cautela analítica. Sin acceso forense multilateral, autopsias independientes o triangulación con inteligencia satelital (OSINT), la cifra permanece en el limbo entre documentación local legítima y posible amplificación narrativa.
El resultado es una narrativa congelada en el titular, impactante, emotiva y difícil de refutar o confirmar en el corto plazo. En un contexto donde la verificación plena puede tardar años (como en Bosnia o Ruanda), el riesgo es que titulares como este se conviertan en “verdad establecida” en ciertos círculos sin escrutinio adicional, contribuyendo a la polarización en lugar del esclarecimiento.
Un análisis riguroso exige reconocer esta asimetría informativa sin caer en relativismo absoluto, ni descartar automáticamente fuentes gazatíes por sesgo inherente, ni aceptarlas sin advertencias por la falta de contrapeso neutral. Solo la eventual apertura de investigaciones independientes, posiblemente en escenarios de post conflicto, podrá romper este atasco cognitivo.
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