Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026

Alejandro Klein / Algunas preguntas terriblemente incómodas sobre el antisemitismo más invisibilizado: El caso de Jeffrey Epstein y el caso Woody Allen

No es fácil hablar de Epstein y de Woody Allen. Los dos han sido condenados, exiliados, convertidos en representantes de lo peor y más “sucio” y pornográfico de la cultura. Los dos han recibido terrible epítetos. Los dos, hagan lo que hagan, suceda lo que suceda, jamás serán redimidos.

La muestra es una cultura donde el dispositivo jurídico se ha vuelto totalmente anacrónico y vacío. Cuando la ley existía se era inocente hasta que se demostrara lo contrario. Hoy uno es culpable ya cuando se es denunciado. Y las más de las veces el acto acusatorio genera una identidad de culpabilidad absolutamente irremovible, por más que uno, como es el caso de Woody Allen, termine por demostrar su inocencia. Hay que añadir además que los que acusan gozan de una impunidad y una irresponsabilidad tal que se incita al ejercicio de la denuncia como un acto morboso y sádico sin consecuencias de ninguna clase.

Ciertamente, Epstein reconoció ser culpable de algunos de los cargos que se le imputaban. Pero tras su muerte, un muerto Epstein no puede ya defenderse. Y ciertamente, parece ser que a nadie le importa que se defienda. Como a nadie le importa que estamos ante archivos, rumores y suposiciones no ante juicios y jueces que establezcan claramente condenas y responsabilidades.

A nadie le importa cosas como estas, que cabe indicar, marcan el límite entre la decencia y la obscenidad, el límite entre la moral y el morbo, el límite entre la justicia y la venganza, el límite entre la empatía y la tolerancia versus la condena apabullante y sin redención.

Obsérvese el caso de Woody Allen. Tras años de escenas obscenas de acusaciones de pederastia o de perversiones varias, finalmente hace meses uno de los hijos adoptados por el mismo junto a Mía Farrow, terminó por admitir que todo había sido orquestado por aquélla. La noticias pasó desapercibida. A nadie le importó. Y Woody Allen sigue y seguirá siendo un sucio, viejo y degenerado (digámoslo claramente, por más que duela:) judío.

Sus películas siguen siendo censuradas, la gente habla de él con desprecio y el exilio cultural que vive parece ser irreversible

Es cierto: son momentos totalitarios de lo absoluto y totalmente correcto. Y lo correcto, necesario y coactivo es censurar acríticamente a estos personajes sin observar matices, sin preocuparse por los hechos, por condenar antes que exista cualquier sentencia judicial clara y determinante. Lo que se dice es la verdad absoluta y cualquier intento de disentir recibe violencia, censura e improperios.

Pero, lamentablemente no es solo eso.

Porque no es casualidad que estos señores sean judíos, tengan dinero y sean viejos.

Es la mejor combinación de edadismo, antisemitismo y ploúsiofobia que se pueda encontrar

Quizás mitad en serio y mitad en broma, incluso podríamos hasta hacer un predictor de posibles denuncias (exigiendo siempre reparaciones en millones de dólares -la reparación de la verdad parece que no es suficiente…-) indicando que la mayor probabilidad de recibir denuncias la tienen los hombres judíos, adultos mayores y con dinero…

Vayamos entonces al antisemitismo.

En los últimos días se ha desplegado desde los supuestos archivos de Epstein un infierno de nombres, conspiraciones, red de trata de menores, perversiones, obscenidades y pornografía, todo alentado según parece por hombres adultos perversos, amorales, viciosos en lugares de responsabilidad y supuesto poder.

Más allá de que todo esto sea discurso social disciplinante o hecho fáctico, el punto inquietante, el punto que hace estremecer de preocupación, es que se corresponde punto por punto, letra por letra, casi como una fotocopia a todo color de la presentación y argumentos que hacía Der Stürmer de los médicos judíos que seducían, confundían, manoseaban y violaban a inocentes niñas germanas de trenzas largas, que caían bajo las garras y las uñas alargadas y diabólicas de esos profesionales judíos y por extensión de la “raza” judía siempre pérfida y degenerada…

Por eso, más allá del chusmerío innoble, de la manipulación sensacionalista de los medios de comunicación, del antisemitismo que transforma a Epstein en un “claro representante” de la maldad perversa judía, ¿todo estaría hubiera llegado hasta donde ha llegado si Epstein se hubiera llamado Juan González y hubiese sido albañil, pobre y católico?

Dejemos la pregunta abierta

Pero recordemos que lo que caracteriza al pueblo judío no es acatar y obedecer, sino disentir para establecer la moral y la ética, cuando la moral y la ética son olvidados por el Mundo.

No es casualidad que se haya conservado el relato de  Génesis 18-19, donde Abraham discute ardorosamente con la divinidad, para preservar esta dimensión ética y moral, que va más allá del hecho puntual de la supuesta destrucción de Sodoma y Gomorra.

Pero, por lo pronto y por ahora y por desgracia

Julius Streicher y Der Stürmer siguen aplaudiendo de pie

y con toda algarabía

el triunfo altisonante y aplastante del Antisemitismo

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