LA SANTIDAD NO SURGE DE LO PERFECTO, SINO DE ELEVAR LO IMPERFECTO [1]
En 2017, un grupo de científicos de la Universidad Southern Cross identificó uno de los ingredientes antiguos del quetoret, el incienso ofrecido cada día en el santuario del Templo. Las especias se vertían sobre el pequeño altar dorado construido específicamente para este propósito; luego el humo ascendía como una columna hasta el techo del Templo y se esparcía por todo el recinto, impregnando el santuario con su aroma etéreo.
Este avance científico sobre el incienso bíblico se asemeja a otro descubrimiento sobre un tinte bíblico utilizado para crear una variedad de lana, mencionada en nuestra parashá y cuya popularidad crece día a día.
El azul, conocido como tejelet, se perdió con el tiempo. Los textos rabínicos afirmaban que provenía de una criatura marina llamada jilazón, pero su descripción era enigmática.
A través de experimentos químicos y análisis de restos arqueológicos, los científicos demostraron que el murex trunculus[2] puede producir un tinte azul intenso cuando se expone a la luz solar durante el proceso de oxidación. Este hallazgo confirmó que el jilazón descrito por los sabios era, casi con certeza, este mismo caracol marino. Así, el tejelet —el color que adornaba las vestiduras sacerdotales y los hilos del tzitzit— volvió a ser una realidad después de más de mil años.
La conexión entre estos dos descubrimientos —el incienso refinado a partir del opérculo del caracol y el tinte azul extraído del murex— revela algo profundo: elementos incluso desagradables en su estado natural, podían transformarse mediante conocimiento, arte y santidad en los componentes más sublimes del servicio divino.
El mensaje es claro: la elevación espiritual no surge de lo perfecto, sino de la capacidad humana de refinar, transformar y elevar lo que parece ordinario.
El sumo sacerdote llevaba sobre su pecho el Joshén, el pectoral con las doce piedras que representaban a las tribus de Israel. Este pectoral estaba sujeto mediante cordones de tejelet. También llevaba un manto completamente azul, el “meil“, adornado con campanillas y granadas. El azul representaba el cielo, la trascendencia, la presencia divina. El pueblo debía ver ese azul y recordar el pacto con Dios.
Pero aquí surge el paralelo sorprendente: al igual que el incienso, el azul bíblico también provenía de un caracol marino. Y al igual que el opérculo del murex, el tinte azul no era evidente a simple vista. El líquido extraído del caracol es inicialmente púrpura o incluso verdoso. Solo mediante un proceso complejo —exposición al sol, oxidación, manipulación cuidadosa— se transforma en el azul celestial que adornaba las vestiduras sagradas.
Así, tanto el incienso como el tinte azul comparten una misma historia: algo humilde, incluso desagradable, se convierte en algo sublime.
La Torá nos enseña que la grandeza espiritual no consiste en escapar del mundo material, sino en refinarlo. El caracol, criatura simple, se convierte en el origen de los elementos más sagrados del servicio en el Templo. El ser humano, con todas sus limitaciones, puede transformarse también en un ser de luz, si se somete al proceso de refinamiento espiritual.
LA SANTIDAD NO ES UN ESTADO SINO UN PROCESO
El quetoret[3] y el tejelet nos recuerdan que la santidad no es un estado, sino un proceso. Y que, como el caracol, cada uno de nosotros contiene un potencial oculto que puede revelarse cuando se combina disciplina, sabiduría y deseo de elevarse.
Nataf es una resina usada para producir mirra. ¿Qué es shejelet[4]? En textos griegos antiguos, shejelet significa “uña”. Así también se llama en hebreo rabínico, donde se describe como tsiporen. Según Nature, la explicación más lógica es que el ingrediente es un extracto de la concha del caracol marino murex, conocido como opérculo, una parte dura similar a la queratina de las uñas.
Aunque estos extractos no huelen bien al quemarse, los científicos descubrieron un procedimiento antiguo para refinarlos y convertirlos en una sustancia aromática. Kirsten Benkendorff[5] explicó que el opérculo del caracol marino podría ser la fuente del misterioso ingrediente bíblico. Al replicar técnicas antiguas como el remojo en vinagre y vino fuerte, lograron eliminar el olor a pescado y producir un polvo fragante.
Este avance científico sobre el incienso bíblico se relaciona con otro descubrimiento reciente sobre un tinte bíblico usado para teñir lana, también mencionado en nuestra lectura, centrada en las vestiduras de los sacerdotes del Tabernáculo. “Y harás vestiduras sagradas para Aarón tu hermano, para honra y esplendor” (Éxodo 28:2).
El sumo sacerdote lleva sobre su corazón un pectoral engastado con doce piedras, grabadas con los nombres de las tribus de su pueblo, y dos piedras sobre sus hombros llevan también esos nombres. Una tsits —una especie de corona— en su cabeza lleva el nombre sagrado de Dios. Pero, en verdad, el elemento dominante de la vestimenta de este cohen no era el oro ni las joyas, sino el color de un material:
“Y harás el manto del efod todo de azul. Tendrá en medio una abertura para la cabeza, con un borde tejido alrededor de la abertura, como la abertura de una cota, para que no se rompa… Y estará sobre Aarón cuando ministre…” (Éxodo 28:31–35).
Era sobre este manto —conocido como meil, hecho enteramente de tejelet, lana teñida de azul— que se colocaban las demás prendas del sumo sacerdote, y eran hilos azules los que las unían. Así, el pectoral estaba sujeto a un chaleco conocido como efod: “Y atarán el pectoral por sus anillos a los anillos del efod con un cordón de azul” (Éxodo 28:28).
Lo mismo puede decirse de la corona, o tsits: “Y harás una lámina de oro puro… Y la sujetarás al turbante con un cordón de azul; estará en la parte frontal del turbante” (Éxodo 28:36–37).
El efecto general era creado por una lana de un azul brillante, conocida como tejelet; y como ha señalado el rabino Yaakov Medan, citando el Talmud, este elemento estético está destinado a recordar el cielo mismo y el aspecto de la piedra de zafiro que fue vista en la visión de los ancianos en el Sinaí:
“¿Por qué el tejelet se distingue de todos los demás tintes? Porque el azul se asemeja al mar, y el mar se asemeja al cielo, y el cielo se asemeja al Trono de Gloria, como está escrito: ‘Y vieron al Dios de Israel, y bajo Sus pies había como un pavimento de piedra de sapir, y como el mismo cielo en su claridad’” (Sotá 17a).
No hay sumo sacerdocio sin el tejelet, la lana teñida para producir un efecto celestial. Pero ¿cómo se produce este efecto?
Hace más de un siglo, el rabino Isaac Herzog, futuro primer gran rabino de Israel, escribió su doctorado sobre el jilazón, el nombre talmúdico de la criatura marina de la cual se obtenía supuestamente el tinte azul. Como con el shejelet, toda la evidencia apuntaba a un caracol conocido como murex trunculus; pero, como señaló el rabino Herzog, este caracol podía usarse para producir un tinte púrpura —conocido como argamán— pero no azul.
El problema más sustancial que Herzog tenía con el trunculus era que el tinte obtenido de ese caracol producía un color azul‑violeta, y no el tono azul celeste tradicionalmente asociado con el tejelet. Este asunto era, en realidad, el núcleo de la dificultad para identificar al jilazón con el trunculus…
A comienzos de la década de 1980, Otto Elsner, del Colegio Shenkar de Fibras en Israel, descubrió por casualidad el secreto para producir un color azul puro a partir del caracol trunculus, resolviendo así la dificultad de Herzog. Elsner notó que la lana teñida en días nublados tendía hacia el púrpura, mientras que en días soleados el color era azul puro. Junto con Ehud Spanier, de la Universidad de Haifa, investigó las propiedades fotoquímicas del tinte del trunculus y descubrió que, cuando el tinte está en estado reducido (una condición previa para teñir lana), la exposición a la luz ultravioleta transforma el colorante azul‑púrpura en un azul sin adulteración.
El sublime efecto estético del sumo sacerdote solo ocurre cuando la luz del sol brilla sobre la tierra, transformando una sustancia maloliente proveniente de una de las criaturas más humildes de la existencia en una fuente de azul resplandeciente, de modo que, de repente, el efecto mismo de los cielos es otorgado a nuestro mundo material.
De manera similar, en su artículo sobre el incienso, Kirsten Benkendorff señala que el caracol —que no solo es de olor penetrante, sino también un animal no casher— es la fuente tanto de la lana celestial como de un aroma sagrado dentro del Templo:
En otras palabras, uno de los elementos esenciales del incienso —uno sin el cual el incienso queda invalidado— es expulsado por una criatura no casher, algo que en su forma original huele a pescado y es desagradable. Y, sin embargo, cuando se refina, cuando se prepara adecuadamente y se integra en la composición más amplia de ingredientes, esta sustancia produce de pronto el aroma más sublime, destinado al rito más místico de todo el Templo. Así como el caracol murex se utiliza para producir el tejelet en las vestiduras de los cohanim, evocando la imagen azulada del cielo, así también el caracol puede proveer un ingrediente del incienso que otorga el aroma del mismo cielo.
El objetivo del judaísmo no es rechazar este mundo, sino santificarlo; no negar los placeres de este mundo, sino canalizarlos y transformarlos; no ignorar nuestros impulsos como pecaminosos y animalescos, sino dirigirlos hacia el servicio de Dios.
Así, en el incienso, que se ofrece sobre el altar y asciende directamente a Dios, sustancias aparentemente desagradables son sublimemente santificadas, representando el potencial humano en toda su complejidad.
Un mensaje similar puede derivarse del tejelet del sumo sacerdote.
Podemos contrastar esta alegoría con la creación del azul sacerdotal, en la cual el sol irradia hacia nuestra existencia, transformando algo aparentemente indigno en el símbolo mismo de la santidad, de modo que un fragmento del azul del cielo es creado aquí en la tierra. No debemos huir del mundo, sino santificado.
Así, la creación de las vestiduras sacerdotales nos ofrece un símbolo del judaísmo mismo. Se suele decir que la ropa hace al hombre; aquí, el caracol, desde las profundidades del mar y de la tierra, ayuda a formar al hombre más santo sobre la tierra.
Solo entonces el sumo sacerdote del Templo nos representa ante Dios, de modo que la ciencia y el simbolismo de sus gloriosas vestiduras nos recuerdan no rechazar nuestra humanidad ni nuestra existencia terrenal, sino crear una santidad que, en cierto sentido, puede ser más elevada que el mismo cielo.
Notas:
[1] He decidido compartir contigo parte de un artículo publicado por el joven académico y escritor, rabino Meir Yaakov Soloveichik (nacido el 29 de julio de 1977) bisnieto del rabino Joseph B. Soloveitchik, el líder que se identificó con la ortodoxia moderna que trata temas que nos interesan relativos a la lectura de esta semana.
[2] Hexaplex trunculus (anteriormente conocido como Murex trunculus, Phyllonotus trunculus, o el murex teñido de franjas) es un caracol marino de tamaño medio, un molusco gasterópodo marino de la familia Muricidae, los caracoles murex o caracoles de roca.
[3] El quetoret era una mezcla precisa de once ingredientes aromáticos, molidos finamente y quemados sobre el altar de oro (mizbeaj hazahav) dentro del Santuario. Su humo subía en una columna recta y era considerado un símbolo de la elevación del alma humana hacia Dios.
[4] El shehelet mencionado en Éxodo 30:34 como uno de los ingredientes del quetoret, es uno de los componentes más enigmáticos del incienso sagrado del Templo.
[5] Kirsten Benkendorff es una científica marina australiana conocida por su investigación sobre moluscos, la ecología química marina y las posibles aplicaciones biomédicas de los compuestos presentes en organismos marinos.
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