En un momento en que la identidad judía ocupa un lugar central en la conversación pública internacional, seis artistas decidieron responder desde el terreno que mejor conocen: el arte.
La galería Polaridad en el Arte, dirigida por la pintora Pola Lobatón, celebró la inauguración de la exposición colectiva “Diáspora”, que reúne a creadores judíos en torno a la memoria, el orgullo identitario y la resiliencia. La ceremonia, acompañada de una subasta en vivo, se llevó a cabo el pasado 19 de febrero en la Ciudad de México.
La iniciativa surge como un gesto de solidaridad tras los ataques y señalamientos públicos que enfrentó recientemente el artista Alejandro Glatt durante un festival de arte. En apenas seis días, los participantes articularon una exposición completa que hoy se presenta como una declaración estética y una afirmación de identidad judía desde la creación.
El colectivo está integrado por Pedro Friedeberg, Pola Lobatón, Alejandro Glatt, Raquel Cheja, Mónica Czukerberg y Kimy Kalach.
Cada uno aborda la diáspora desde su propio lenguaje plástico, pero todos convergen en un eje común: ¿qué significa ser judío fuera de Israel en el mundo contemporáneo?
La presencia de las obras de Pedro Friedeberg, referente indiscutible del arte judeo-mexicano, dota a la muestra de un peso histórico singular. Obras como Miguelito despliegan su icónica iconografía: manos, estrellas de David, letras hebreas y composiciones laberínticas que desafían la percepción. En su universo visual, lo judío no es una cita decorativa, sino un entramado simbólico que dialoga con la tradición mística y el arte óptico.
La exposición transita por momentos fundacionales del pueblo judío. En una pieza de Glatt aparecen referencias a la proclamación del Estado de Israel en 1948 y a la figura de David Ben-Gurion, así como evocaciones a conflictos históricos como la Guerra de Yom Kippur.
La Shoá ocupa también un lugar central en la obra de Glatt. Una de sus piezas conmemora a los 5 millones 860 mil judíos asesinados por el nazismo, integrando imágenes de guetos y campos como Auschwitz-Birkenau junto a rezos tradicionales. No se trata de una representación literal del horror, sino de una propuesta para resignificar la memoria desde la dignidad y el recuerdo activo.
Entre los elementos más destacados figura una obra gráfica de Marc Chagall, proveniente de una edición del célebre taller Mourlot en Francia. La pieza narra episodios bíblicos —Moisés, la menorá y el becerro de oro— y, según se informó durante la inauguración, ha sido presentada en circuitos internacionales de subasta, lo que subraya su relevancia dentro del mercado del arte y el carácter excepcional de su presencia en esta muestra.
7 de octubre y el arte como testimonio
La contemporaneidad irrumpe con fuerza en las piezas inspiradas en los acontecimientos del 7 de octubre en Israel. Kimy Kalach presenta una obra que retrata el abrazo entre Daniela Gilboa y su padre tras su liberación, luego de 477 días de cautiverio, convirtiendo un momento íntimo en un símbolo de esperanza y resiliencia.
Por su parte, Raquel Cheja expone una pintura de una mujer soldado que parte al frente, no como exaltación bélica, sino como reflexión ética: “¿Qué queremos en este planeta: lo material o lo espiritual?”, plantea la artista.
Uno de los ejes curatoriales más claros de la exposición es la hibridez identitaria. Mapas de Israel en distintos idiomas, símbolos de la cultura mexicana, palomas de paz, leones de Judá y referencias al Mediterráneo conviven en un mismo plano visual.
Alejandro Glatt desarrolla además un ambicioso proyecto de una mezuzá monumental personalizada para familias judías de distintas partes del mundo, concebidas como archivos simbólicos de memoria y legado. La iniciativa —presentada en ferias internacionales y con itinerancias previstas— articula tradición ritual con arte contemporáneo, proyectando la identidad judía hacia el futuro.
Además de su dimensión estética, “Diáspora” es un gesto colectivo. La muestra no elude el contexto político, pero lo aborda desde la creación. En palabras de los artistas, se trata de presentar “nuestro arte, nuestro orgullo”.
La subasta como cierre de la noche
La inauguración culminó con una subasta conducida por un subastador profesional, que imprimió ritmo y expectación a la noche. Con paletas en mano, los asistentes participaron activamente en las pujas, convirtiendo el espacio en un escenario de energía y respaldo comunitario.
Entre las piezas más comentadas estuvo una obra de Pedro Friedeberg, cuya presencia elevó la intensidad del momento. La inclusión de una gráfica de Marc Chagall generó particular atención, subrayando el carácter excepcional de contar con una obra del maestro en una subasta realizada en México.
También destacaron:
- Una pieza de Alejandro Glatt inspirada en el concepto del Birkat Habayit (bendición del hogar), que fusiona tradición ritual y lenguaje contemporáneo.
- “El Abrazo”, de Kimy Kalach, inspirada en el reencuentro tras el 7 de octubre, una obra cargada de emotividad.
- Obras de Mónica Czukerberg, centradas en la paloma como símbolo de paz.
- Piezas con referencias al león de Judá, mapas de Israel y símbolos hebreos, que encontraron respuesta inmediata del público.
Más allá de los montos, la subasta consolidó el espíritu de la noche, un encuentro enfocado en respaldar activamente a los artistas. El gesto de levantar la paleta se convirtió en una expresión concreta de apoyo y en una declaración colectiva frente a los señalamientos que detonaron esta iniciativa. La comunidad respondió cerrando filas en torno a Alejandro Glatt y defendiendo, a través del arte, su derecho a la identidad y a la libre expresión.
La exposición estará abierta al público hasta el 9 de marzo.
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