“Aderezas mesa delante de mí
en presencia de mis angustiadores”
Salmo 23
Pasó a la historia como Juliano el Apóstata, pero en realidad no fue ningún apóstata.
Ese fue el vil apodo que le puso la Iglesia por el pánico que sintió frente a la última persona que intentó resistirse al avance del poder cristiano. Fue un hombre moralista, ético y el segundo emperador filósofo luego de Marco Aurelio.
Su vida fue realmente notable y espectacular. Reinó como Augusto Emperador Romano, solo dos años, pero si un soldado (cristiano) no le hubiera atravesado la espalda con una lanza, otra hubiera sido la historia del cristianismo, otra la historia del judaísmo y me atrevo a decir que no hubiera existido el antisemitismo.
Bien sabía lo que hacía el cristianismo al asesinar a Juliano….
Proclamado emperador en el año 361, llevó a cabo una activa política religiosa, tratando de restaurar la antigua religión greco-romana y de impedir la rápida expansión y poder del cristianismo y el poder eclesiástico. Juliano era un neto reformador, pues además intentó restaurar costumbres y formas de la época de la República, de esta manera le gustaba que le llamaran cónsul y no dominus, pero lo más extraordinario en lo que a este escrito refiere es que decididamente buscó reconstruir el Templo de Jerusalén, en lo que sería el el Tercer Templo, luego del salomónico y el herodiano.
Habían pasado 291 años, casi tres siglos desde el desastre del año 70. ¿Cuál podía ser el sentido de una idea en principio tan audaz como extraña?
Juliano era inteligente y versado. Sabía perfectamente cómo legitimaba su poder el cristianismo y una parte substancial del relato cristiano era y es que la destrucción del Templo no solo había sido augurada por Jesús, según la cual no quedaría piedra del Templo por remover (Mateo, 24, 2), sino que tal destrucción era el absoluto símbolo del final del pacto de la divinidad con el pueblo judío y el comienzo definitivo del nuevo pacto de aquélla con la Iglesia católica.
En este sentido se repetía dogmáticamente que Pablo le argumenta a los Tesalonicenses que la ira de Dios ha alcanzado a los judíos hasta su fin, lo que se cree sea una alusión a la ruina de Jerusalén (2da Tes. 3, 8).
Restaurar el Templo era pues demostrar que la Iglesia se equivocaba y que el pacto con el pueblo judío aún se mantenía en pie.
Analícese detenidamente. Esto implicaba un golpe ideológico mortal a la soberbia intención de hegemonía de la Iglesia, ubicando al judaísmo en situación de igualdad otra vez con el cristianismo. Paridad religiosa. Paridad de fuerzas. Una reevaluación de la hegemonía religiosa que haría imposible, pues, el conato antisemita de 1096, 735 años después.
Pues digamos que en estos años, entre 361 y 363, años en los que el poder de la Iglesia ya no tuvo freno alguno, se comenzó a gestar, larvar y extremar el proyecto antisemita. Llevó efectivamente 735 años y el lector se preguntará: ¿por qué tanto tiempo? ¿Qué le impedía a la Iglesia asesinar y devastar judíos ya en esa época?
La respuesta es que desde esa época hasta Carlomagno, es decir hasta el año 800 más o menos, el odio y la violencia cristiana tenían como prioridad a los paganos, no a los judíos.
Los paganos fueron el primer proyecto genocida de la Iglesia. O se convertían o eran asesinados. No había nada más. No había escapatoria.
Y obsérvese que le llevó a la Iglesia no menos de 500 años vencer a la antigua religión politeísta… Y habría que añadir que no fue por convicción o porque la gente ante la cruz se arrodillara con los ojos llenos de lágrima, estremecida de felicidad, complacida y exultante de haber encontrado la Verdad y a la Verdadera Divinidad.
No, no fue así. Fue porque o besaban la cruz o iban derecho a la hoguera o a ser atravesados por la espada o por la lanza, como le sucedió al pobre Juliano.
Volvamos pues a Juliano.
La decisión de restaurar el Templo parece que la tomó Juliano en 363, cuando pasó por Jerusalén camino de Persia. Encargó esta tarea a Alipio de Antioquía (de acuerdo a Amiano Marcelino , Res Gestae , XXIII, 1.2) pero la misma fue frustrada, según fuentes cristianas, pues hubo incendios sobrenaturales junto a apariciones de la Cruz en el Cielo para advertir sobre el sacrilegio de la obra… Como sea, y este es un punto esencial: la idea de Juliano de reconstruir el Templo iba acompañada de la posibilidad de que los judíos pudieran volver a Israel luego de los decretos de expulsión de Adriano.
Recuérdese que tras la revuelta desastrosa de Bar Kojba de los años 131-135, Adriano había estipulado que los judíos ya no podrían vivir en Judea, transformada ahora en la Provincia Siria-Palestina. Simultáneamente sobre la ruina de Jerusalén se terminaba de construir la Aelia Capitolina. “Aelia” refiere al nombre de Adriano, “Aelius”, “Capitolina” a los dios de la triada capitolina, siendo el principal Júpiter.
Imaginemos pues al Templo reconstruido y a los judíos pudiendo volver a Judea…
Hubiera implicado la pérdida de legitimidad absoluta para la Iglesia y un nuevo período de legitimidad para el judaísmo. La Iglesia ya no se hubiera atrevido a atacar al judaísmo y además, supongamos a los judíos retornando finalmente a Judea impulsados por la hostilidad cristiana y supongamos más aún: en ese punto tal vez ya no quedarían judíos en Europa, con lo ya no se los podría 735 años después asesinar, masacrar, humillar, denigrar.
No habría judíos disponibles. Pero tampoco paganos disponibles pues para esa época ya estaban todos convertidos o asesinados. ¿Dónde hubiera podido encontrar la Iglesia y Europa el chivo expiatorio donde depositar su violencia, su paranoia, su odio desencajado? ¿Y si no lo hubiese encontrado?
Aquí vale la pena recordar un argumento notable de los rabinos medioevales en contra de la idea de Jesús como Mesías, en el sentido de que Isaias es claro en que la época mesiánica sería una época total de paz y concordia, mientras que desde la misma existencia y la prédica de la Iglesia no habían parado las guerras, los odios, las persecuciones, la violencia en toda Europa.
Esto justamente es lo que argumentó Najmánides en el debate de Barcelona del año 1267 d. C, en lo que fue el primer debate entre cristianos y judíos propiciado por el rey Jaime I de Aragón, que aunque ferviente católico le aseguró a Najmánides que podría argumentar libremente y sin apremios. Cumplió con su palabra y así fue y el debate fue reconocido como ganado por los judíos, aunque Najmánides fue perseguido por la Iglesia hasta que a los 72 años abandonó España para instalarse en Jerusalén donde compró un terreno donde edificó una sinagoga, hoy reconstruida.
Como se dijo, lamentablemente Juliano solo reinó dos años, del 361 al 363, siendo asesinado por un cristiano en una incursión de guerra en tierras sasánidas.
Con él terminó la dinastía constantina, el poder de la Iglesia ya no tuvo límites y la posible reconstrucción del Templo fue olvidada rápidamente.
Comenzaba pues la cuenta regresiva para el antisemitismo del año 1096.
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