¿Qué llevó a que alrededor del año 313 Constantino I decidiera terminar con la persecución de los cristianos, otorgándoles legitimidad, poder y preeminencia (la que llegaba inclusive a la autorización de edificar grandes templos, es decir, léase, templos más grandes y suntuosos que los paganos)?
He estudiado diversas explicaciones: racionales, místicas, administrativas, religiosas. Debo confesar que ninguna me convence…
Por un lado creo que es oportuno mantener el hecho como algo incomprensible. Pero, por otro lado, y es lo que trataré de desarrollar en lo que sigue, es necesario enfatizar que de una y otra manera la decisión de Constantino, no pudo dejar de tener efectos como germen embrionario del antisemitismo.
El hecho crudo, veraz y fáctico es que en el año 313, junto a Licinio, su co- emperador-, Constantino emitió el Edicto de Milán, por el que se dio tolerancia religiosa y la libertad de culto para los cristianos. Es decir, este Edicto implicó entonces algo más: a partir de ese momento los cristianos pasaban a estar tutelados, protegidos y amparados por el pleno poder romano, el poder del Emperador. Cabe recordar que los historiadores señalan que previó a este edicto ya había habido otro de tolerancia emitido por el emperador Galerio en el año 311.
La situación sin duda era ambigua: pues en este primer momento, el poder cristiano pasaba a ser el Poder, pero a cambio de someterse al poder romano. Bien pronto los cristianos así lo comprendieron y bien pronto esa ambigüedad se terminó. No en vano, en el año 390, Ambrosio ya se siente con suficiente fuerza como para excomulgar al emperador Teodosio I, el emperador de Oriente, instándole a un profundamente arrepentimiento, con lo cual fue admitido a la Iglesia solo después de meses de penitencia.
La excusa fue por una supuesta masacre de siete mil personas en el año 390, pero sospecho que la razón real es que tras casi 80 años del Edicto de Milán y tras casi 20 años de la muerte de Juliano, el último emperador que se enfrentó a la Iglesia, la Iglesia entendió que había que poner las cosas en su lugar y sin ambigüedades. Por eso en definitiva, es el año 390 cuando queda absolutamente claro quien mandaba en el Mundo a partir de ese momento.
No es ninguna casualidad, pues, que Ambrosio en su libro Tratado sobre Abraham (del año 382 o 383), denunciara los matrimonios de los cristianos con paganos o judíos (“Por eso ten cuidado, oh cristiano, de entregar tu hija a un pagano o a un judío. Ten cuidado, te repito, de tomar como esposa a una mujer pagana, judía o extranjera, esto es, hereje o cualquier mujer ajena a tu fe”). En este Tratado sobre Abraham, Ambrosio también escribe:
“Lo que era parcial había sido mandado según la Ley al pueblo judío: pueblo de dura cerviz, pueblo débil, pueblo que no ha conocido a su Dios”.
Tampoco es casualidad que en el año 388 se detecte por primera vez que una horda de cristianos destruye la sinagoga de Callinicum en el Éufrates. Ante esta destrucción el emperador Teodosio emprende su reconstrucción pero Ambrosio se lo impide categóricamente aludiendo a que si lo hacía, lo gente diría que: “el emperador se había convertido en judío “. Y agrega: “no ores por ese pueblo, y no pidas misericordia por ellos, y no te acerques a Mí en su nombre, porque no te escucharé. ¿O no ves lo que hacen en las ciudades de Judá? “.
Por tanto, se trata de una fórmula que se retroalimenta: posición central de poder para la Iglesia, subordinación total del poder secular al poder religioso, junto a la organización de los primeros ejemplos de ideología y violencia antijudía
Volvamos a las posibles causas de esta subordinación de los emperadores a la Iglesia. Una parece ser la necesidad de mantener la pax deorum (‘la paz de los dioses’) por parte de los emperadores, unida a la idea del respeto a todos los dioses (“de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad”). Pero junto a razones administrativas, hubo también otras de tipo religiosa, así Licino “tuvo un sueño: en vísperas de la batalla [contra Maximino Daya], un “ángel” le prometió la victoria si dedicaba una oración a un cierto “dios supremo”, y hacía que su ejército rezase a ese dios supremo”.
Por otro lado parecía que había también desengaño y escepticismo hacia el viejo paganismo. De esta manera tras la victoriosa batalla sobre Majencia, en el año 312, Constantino y sus tropas entran en Roma y no visitan el capitolio ni ofrecen sacrificios a Júpiter.
Tampoco se trata de un aspecto cuantitativo y eso es bueno recordarlo. Se estima que en esa época los cristianos solo representaban entre el 7% y el 10% de la población del Imperio Romano, es decir aproximadamente 8 millones de personas en una población de unos 50 millones de habitantes… La disparidad es sorprendente y llama la atención.
¿Será que Constantino supuso que le sería fácil controlar a esta minoría? Pues si así razonó, se equivocó radicalmente
Y llegó el Edicto de Tesalónica y a diferencia del de Milán, éste sí me parece absolutamente comprensible ¿Por qué? Porque de hecho simplemente laudo, explicitó y aclaró lo que toda persona en el Imperio Romano debía de tener totalmente claro para la época y es que desde el año 313 en adelante el poder pertenecía a los cristianos y a la Iglesia. Este Edicto lo promulgó Teodosio en el año 380, el mismo Teodosio que por supuesto Ambrosio habría de injuriar 10 años más tarde de acuerdo a lo que ya indicamos.
De esta manera el cristianismo se transformaba, de hecho más bien se confirmaba, como la religión oficial del Imperio Romano, relegando a los antiguos dioses a la oscuridad y la persecución y a los judíos a una situación de ambigüedad que el tiempo demostraría desastrosa.
Entre medio, había ocurrido el Concilio de Nicea, en el año 325, del que ya nos ocuparemos oportunamente.
Pero recordemos que dice este Edicto de Tesalónica:
«Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo… Esto es, según la doctrina apostólica y la doctrina evangélica creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía.»
Así pues había llegado el tiempo de los dementes y locos, aquellos sobre los que pesaría (léase: vendría la matanza) de la herejía.
Se completa de esta manera el poder de la Iglesia: unificación del credo trinitario, imposición de un poder central e indiscutible, supremacía del poder papal sobre el del emperador e imposición totalitaria de la ideología cristiana sobre cualquier otra ideología. Desde aquí es imposible que no surja violencia y genocidio… De la paz entre los dioses que los ingenuos Constantino y Licino proclamaban ya no quedaba sino trizas. Y solo habían pasado 67 años. Sin duda la Iglesia no estaba para perder el tiempo.
No es casualidad de esta manera que en el año 385 Prisciliano, que no comulgaba con el credo oficial de la Iglesia, fuera condenado por el sínodo de Burdeos, y declarado culpable de magia en un tribunal secular y ejecutado a espada con varios de sus seguidores. Recordemos que se le acusó de la práctica de rituales mágicos que incluían danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas y la práctica de la astrología. Fue torturado y decapitado junto a varios de sus seguidores, que fueron por ende los primeros considerados herejes dentro del corpus oficial de la Iglesia.
El mensaje que se quería transmitir era pues más que claro: si la Iglesia trataba así a sus propios obispos, pensadores y en definitiva a los propios cristianos disconformes, ¿qué quedaba para los paganos y los judíos?
Aquellos judíos de los que Ambrosio afirmaba sin dudar un ápice:
“Dios prohíbe que se haga intercesión por ellos”.
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