Las advertencias de varios gobiernos europeos contra una ofensiva terrestre israelí significativa en el Líbano revelan mucho más que una preocupación humanitaria. Expresan una persistente tendencia a interpretar la guerra desde categorías diplomáticas abstractas que eluden deliberadamente la naturaleza real de la amenaza.
La insistencia europea en negociar con el gobierno libanés mientras exhorta a Israel a desescalar frente a Hezbollah parte de una ficción política sostenida durante años: que el Estado libanés posee la capacidad —o la voluntad— de desarmar a una estructura militar que opera como un poder soberano paralelo. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Hezbollah no es un actor contingente del escenario libanés, sino una fuerza terrorista armada, subordinada a la estrategia regional de la República Islámica de Irán.
La hipocresía estratégica del Viejo Continente se vuelve aún más evidente cuando se contrasta su alarma por los desplazados libaneses con su indiferencia ante los miles de ciudadanos israelíes obligados a abandonar sus hogares por los ataques provenientes del Líbano. La sensibilidad humanitaria parece depender de quién sea la víctima.
La misma ceguera táctica quedó expuesta tras el reciente ataque iraní contra Chipre, Estado miembro de la Unión Europea. Incluso frente a una agresión directa en territorio europeo, muchas capitales optaron por interpretar el hecho como un episodio aislado, evitando reconocer la lógica expansiva del conflicto. Esa actitud revela una convicción implícita —y errónea—: que la contención retórica y la prudencia diplomática bastarán para mantener a Europa al margen de la confrontación.
En este contexto, las declaraciones del ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, afirmando que “esta no es nuestra guerra”, sintetizan una posición que combina negación estratégica con cálculo político de corto plazo. La premisa supone que la guerra puede permanecer confinada geográficamente si Europa evita involucrarse. La experiencia contemporánea sugiere lo contrario.
Más reveladora aún resulta la postura rusa. Andrey Kartapolov, presidente del Comité de Defensa de la Duma, expresó su apoyo explícito a la República Islámica. “Rezamos por Irán y su victoria”. En una intervención televisiva afirmó que cuando Irán era un imperio, en América “las tribus indias corrían con hachas”, y que los judíos “no servían para nada excepto para pastorear cabras”. Estas palabras, cargadas de desprecio histórico y reminiscencias del tradicional antisemitismo ruso, ilustran el clima ideológico en el que se inscribe la actual confrontación.
Sin embargo, Europa, persiste en una diplomacia declarativa cuyo fracaso ha sido sistemáticamente confirmado por la realidad. La exhortación a la desescalada sin neutralización previa de la amenaza no equivale a una estrategia de paz, sino a una postergación del conflicto.
La cuestión esencial es simple:
¿Qué haría cualquier Estado europeo si su población civil fuera atacada de manera sistemática desde el territorio de un país vecino por una milicia armada que su gobierno es incapaz de controlar?
La respuesta es evidente. La diferencia radica en que, cuando el país afectado es Israel, las exigencias de contención sustituyen a la lógica elemental de autodefensa.
Europa, cuya realidad interna ha sido profundamente modificada por la presencia creciente de comunidades musulmanas, persiste en una política que no sólo ha fracasado, sino que ha contribuido a consolidar el poder de quienes hoy amenazan la estabilidad regional.
Cuando comprenda que el conflicto que considera ajeno ya forma parte de su propia ecuación de supervivencia, la posibilidad de decidir habrá dejado de existir.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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