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jueves 04 de junio de 2026

La mexicana que decidió ser comandante en las FDI – Entrevista de May Samra

En entrevista exclusiva para Enlace Judío, la comandante D —mexicana de nacimiento e israelí por convicción y hoy forma parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)— habló sobre su labor en una unidad estratégica encargada de garantizar la continuidad operativa en tiempos de guerra, su decisión de reincorporarse tras el 7 de octubre y el significado personal, ético y nacional que tiene para ella portar el uniforme israelí. 

A los 15 años hizo una promesa. Lo que comenzó como un impulso adolescente terminó convirtiéndose en un proyecto de vida. 

Hoy, a sus 28 años, la commandante D ejerce mando sobre una estructura técnica dentro de su brigada, dedicada al mantenimiento y reparación de equipos esenciales en plena guerra. “Las promesas se hicieron para cumplirse”, afirma.

Una oficial mexicana en el corazón logístico de la guerra

D pertenece al área responsable de la operatividad mecánica de vehículos y sistemas de combate, desde transportes blindados hasta camiones y armamento. Su unidad —de aproximadamente 700 soldados— forma parte de una brigada de apoyo que respalda a una división operativa (UGDA). 

No tiene 700 subordinados directos. Ejerce mando sobre comandantes intermedios y tres oficiales bajo su supervisión directa. Su función es asegurar que la operación no se detenga. 

“Si un vehículo se descompone en medio del combate, entramos a repararlo. Si un arma falla, la restauramos. Todo lo que permite que los combatientes sigan avanzando es nuestra responsabilidad”, explica.

¿Bajo fuego?

Si es necesario, sí. Hay protocolos estrictos. Coordinamos cobertura, seguridad perimetral y tiempos de intervención. No es lo más seguro del mundo, pero se hace con profesionalismo”.

Ella, personalmente, no ha estado bajo fuego directo. Soldados bajo su mando, sí.

De México a Israel: la aliá como proyecto de vida

Comandante D decidió trasladarse a Israel. Tardó más de un año en obtener el consentimiento familiar.

“No llegué sola, llegué con grupo, a un internado. Y sabía que si no funcionaba, podía regresar. Pero nunca regresé”.

Desde entonces, ha vuelto a México solo de visita.

¿Arrepentimientos?

“No. He tenido momentos muy duros en los que me pregunté ‘¿por qué me estoy haciendo esto?’. Noches sin dormir. Decisiones difíciles. Ver a amigas en México con una vida más cómoda. Pero si no hubiera hecho aliá, no sería quien soy hoy”.

El 7 de octubre y el regreso al uniforme

Comandante D había concluido su servicio obligatorio en 2020. No estaba obligada a realizar reservas. Sin embargo, tras los ataques del 7 de octubre, decidió reincorporarse voluntariamente.

“Al principio armábamos cajas para desplazados y soldados. Cuando la situación se estabilizó un poco y bajó el flujo de voluntarios, encontré dónde faltaban manos. Ahí entré”.

Fue reclutada al curso de oficiales como reservista —algo inusual— y comenzó a escalar responsabilidades. “No era un camino obvio. No era lo esperado para una mexicana. Pero vieron mi trabajo y me dieron más responsabilidad”.

Entrar a Gaza: miedo y convicción

La primera emoción al cruzar hacia Gaza no fue heroísmo. Fue miedo: “Miedo porque no podía contarle todo a mis papás. Siempre les dije todo. Y de pronto había cosas que tenía que callar”.

Pero ese miedo encontró sentido en lo que describe como la misión histórica del ejército israelí:

“El propósito del ejército es defender la continuidad del país. Si no salimos a defenderlo, no tendremos casa. Ni nosotros ni nuestros hijos”.

Desde su visión, Israel es más que un Estado.

¿Cansancio? Sí. ¿Rendición? No.

Cuando se le pregunta si los soldados están cansados, responde sin romanticismo:

“Claro que estamos cansados. Padres dejan a sus hijos. Personas dejan trabajos. Yo dejé mi vida académica varias veces. Pero el cansancio no puede hacernos bajar la guardia”.

Para D, incluso si la guerra termina en un frente específico, la amenaza estructural contra Israel no desaparece.

El impacto más duro

El episodio que más la marcó fue el inicio de la guerra.

“El ver cómo secuestraban civiles sin importar edad, nacionalidad o religión. Entender que el enemigo no distingue. Para ellos somos blancos”.

Le duele también la muerte de inocentes del otro lado.

“Nosotros sí tenemos alma. Sí nos duele cuando muere alguien que no tendría que morir. Es precio de la guerra, pero duele”.

Dos vidas, dos realidades

Cuando regresa a México, percibe un contraste radical.

“Aquí en Israel, cuando hay guerra, vives en modo supervivencia. Pero cuando no la hay, la vida se vive intensamente. En México sentí que mucha energía se va en superficialidades, en chismes”.

No lo dice con desprecio, sino como constatación de trayectorias divergentes.

“No digo que allá sea peor. Es distinto. Yo elegí esto. Y soy plena con lo que hago”.

A los 28 años, soltera, con estudios que ha tenido que compaginar con trabajo, servicio militar y responsabilidades operativas en un contexto de guerra, la oficial D encarna una generación de jóvenes que decidieron no observar la historia desde lejos.

Eligió estar dentro de ella.   


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