En la mitología griega, la diosa Ocasión —también llamada Oportunidad— fue representada por Fidias como una figura de cabellera abundante que cubría su rostro y con la nuca rapada. Se la mostraba sobre una rueda en movimiento, a veces con alas en los talones, simbolizando la fugacidad del momento decisivo. Si no se la tomaba al pasar, ya no podía ser alcanzada. De esa imagen nace el proverbio:
«A la ocasión la pintan calva»
La historia contemporánea también presenta instantes de esa naturaleza. La guerra iniciada entre Israel, Estados Unidos y el régimen iraní parece constituir uno de esos puntos de inflexión. Lo que durante años se desarrolló como un conflicto larvado ha derivado ahora en un choque abierto que ha afectado estructuras del poder iraní y expuesto la centralidad de su red de proyección regional, particularmente a través de Hezbollah, cuya acción militar no solo prolonga el enfrentamiento sino que vuelve a empujar al Líbano hacia la devastación y obliga a miles de civiles israelíes a abandonar sus hogares en las zonas fronterizas, privadas una vez más de la normalidad y la paz que legítimamente les corresponde.
Más allá de los resultados inmediatos, el conflicto ha revelado la fragilidad de un sistema sostenido por la coerción interna, el expansionismo ideológico y la ambición nuclear. La posibilidad de neutralizar definitivamente esa arquitectura de poder constituye una oportunidad histórica para modificar de manera duradera el equilibrio de seguridad en Medio Oriente y reducir una amenaza que no se limita a la región. A ello se suma la creciente vesania del régimen iraní en la actual fase del conflicto, que en su desesperación estratégica ha extendido sus acciones hostiles hacia varios países del Golfo, incluyendo ataques dirigidos contra instalaciones vinculadas a fuerzas norteamericanas en Qatar, un actor que durante años mantuvo una relación ambivalente con los conflictos regionales, albergando a dirigentes de Hamas y financiando estructuras que alimentaron la radicalización mientras se presentaba simultáneamente como mediador diplomático. Incluso Arabia Saudí ha advertido que, ante las agresiones sufridas, se considera libre de responder, en un escenario que amenaza con transformar la guerra en una conflagración de alcance mucho mayor.
Mientras Israel y Estados Unidos asumen el costo político y militar de esta confrontación, gran parte de Europa observa desde una prudente distancia que en la práctica equivale a la inacción. La reticencia de gobiernos europeos y de estructuras como la OTAN a asumir un compromiso más claro refleja no solo divergencias tácticas, sino una persistente incapacidad para comprender la naturaleza del desafío iraní. La cautela europea, presentada como racionalidad estratégica, se aproxima peligrosamente a una forma de renuncia política.
El régimen de Teherán no constituye únicamente un problema regional. Su política de expansión, su respaldo a milicias armadas y su programa nuclear representan un desafío directo a la estabilidad del orden internacional. Ignorar esa realidad o delegar su confrontación en otros actores equivale a posponer un conflicto cuyas consecuencias futuras podrían resultar más profundas y difíciles de gestionar.
Como en la alegoría clásica, las oportunidades históricas no se repiten. Cuando las naciones que aún sostienen el peso de la defensa occidental actúan, pero el resto duda o se repliega, la responsabilidad del futuro queda marcada por esa omisión. Si ésta ocasión se pierde, no será la historia la que falle, sino la voluntad de quienes eligieron la comodidad de la prudencia antes que asumir el riesgo de confrontar el peligro.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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