La designación de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo de la República Islámica de Irán no anuncia un cambio en el régimen, sino la continuidad de su línea más radical. Pero también preanuncia algo más: el comienzo de su propia cuenta regresiva.
El ascenso del heredero del ayatolá consolida la estrategia de confrontación del régimen iraní y lo coloca en el centro de la peligrosa escalada regional.
Cabe consignar que, de acuerdo con el sistema político iraní, el Líder Supremo no es elegido por voto popular, sino designado por la Asamblea de Expertos, un órgano compuesto por clérigos con autoridad constitucional para nombrar y supervisar al jefe supremo del Estado. Fue este organismo el que confirmó la designación de Mojtaba Jamenei, consolidando una sucesión que muchos analistas columbraban desde hacía años como posible dentro de la estructura del régimen.
Hijo del ayatolá Ali Jamenei y durante años una figura influyente en los círculos internos del poder iraní, Mojtaba Jamenei, nacido en 1969 en Mashhad, casado y padre de varios hijos, ha operado durante décadas lejos de la exposición pública, pero muy cerca de los centros reales de decisión del sistema. Formado en el seminario religioso de Qom y estrechamente vinculado a sectores de la Guardia Revolucionaria Islámica, su ascenso al liderazgo supremo era considerado desde hace tiempo una posibilidad dentro del aparato político del régimen. Su relativa juventud dentro de la jerarquía clerical sugiere además la intención del régimen de asegurar una continuidad prolongada del poder.
Su nombramiento posee además un fuerte significado simbólico. La revolución islámica de 1979 proclamó el fin de la lógica dinástica que había caracterizado al régimen del Sha. Sin embargo, la sucesión de padre a hijo en la cúspide del sistema aproxima a la República Islámica a la misma lógica hereditaria que la revolución decía combatir.
Pero el problema que plantea su ascenso no es solamente simbólico.
Durante años Mojtaba Jamenei ha cultivado una relación estrecha con la Guardia Revolucionaria, el aparato militar e ideológico que constituye el verdadero núcleo del poder estratégico del régimen iraní. Esta organización controla el programa de misiles balísticos, dirige la red de milicias aliadas de Irán en Medio Oriente y actúa como columna vertebral de la proyección regional de Teherán.
En otras palabras, el nuevo Líder Supremo no representa un giro moderado del régimen, sino la exacerbación y continuidad de la estrategia de confrontación con Israel y Occidente.
Israel ha declarado en reiteradas ocasiones que no permitirá la consolidación de un liderazgo iraní comprometido con la expansión militar y el desarrollo nuclear. La doctrina estratégica israelí ha demostrado en múltiples ocasiones que la eliminación de dirigentes considerados amenazas existenciales forma parte de su arsenal político y militar. A lo largo de las últimas décadas, Israel ha llevado a cabo operaciones destinadas a eliminar a figuras clave del aparato militar de organizaciones hostiles, como el líder de Hezbollah Abbas al-Musawi en 1992, el dirigente de Hamas Ahmed Yassin en 2004 y su sucesor Abdel Aziz al-Rantisi pocas semanas después.
Más recientemente, Israel eliminó también a Yahya Sinwar, perpetrador de la masacre del 7 de octubre y uno de los principales dirigentes de Hamas, figura central de su estrategia militar en Gaza, así como al líder de Hezbollah Hassan Nasrallah durante el actual conflicto regional. Estas operaciones responden a una lógica estratégica conocida como “decapitación del liderazgo”, cuyo objetivo es debilitar la estructura de mando de los adversarios eliminando a sus figuras centrales.
Estados Unidos, por su parte, ha manifestado su rechazo a cualquier consolidación del régimen iraní que fortalezca el poder militar de la Guardia Revolucionaria.
En este contexto, el ascenso de Mojtaba Jamenei encierra una paradoja inquietante.
El poder que hoy consolida su autoridad podría convertirse también en el factor que precipite su destino. Si el conflicto regional continúa escalando, el nuevo Líder Supremo de Irán podría transformarse en el próximo objetivo de una estrategia destinada a debilitar o desmantelar el núcleo del poder iraní.
Por eso su llegada al poder parece llevar consigo un signo ominoso: el de una muerte anunciada.
Rubén Kaplan.
Periodista y escritor.
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