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domingo 19 de julio de 2026

Mark Matousek: escribir para despertar, sanar la sombra y buscar el alma más allá del dogma

En entrevista exclusiva para Enlace Judío, Mark Matousek —escritor de memorias, maestro de escritura transformacional y buscador espiritual de larga trayectoria— habló sobre dolor, fe, judaísmo, sexualidad y sentido de vida con una claridad poco frecuente.

Su trabajo gira en torno a una idea central: la escritura como vía de autoconocimiento y despertar. Su reciente visita a la Ciudad de México, donde impartió un taller convocado por Safe Space, fue una extensión natural de esa búsqueda.

La convicción de Matousek tiene raíces tempranas. Creció en lo que describe como un “vacío espiritual”, un hogar culturalmente judío, pero sin práctica ni experiencia viva de Dios. “No había sentido”, recuerda. A los nueve años empezó a escribir diarios y a formular preguntas que muchos adultos evitan: ¿qué significa el dolor?, ¿hay un propósito en la vida? La escritura fue, desde entonces, una forma de salvar su propia alma, una estrategia de supervivencia interior.

Con el tiempo, esa búsqueda se convirtió en método. Comenzó a enseñar lo que llama “escribir para despertar”, una práctica basada en preguntas filosóficas directas que buscan perforar la narrativa con la que nos contamos a nosotros mismos.

“Eres el narrador, no la historia”, repite. Distinguir entre relato y verdad —entre interpretación y realidad última— se volvió el eje de su trabajo.

Esa determinación no nació en la teoría. A finales de sus veinte años recibió un diagnóstico
médico que lo enfrentó con la posibilidad real de morir en cinco años.
Renunció a su empleo en una revista importante en Nueva York y se lanzó a un peregrinaje de una década por ashrams y monasterios. Se definió entonces como un dharma bum: alguien que entrega su vida a la práctica espiritual. Aquellos años, marcados por el miedo y la incertidumbre, también fueron los más fértiles.

Allí comenzaron sus libros y su vocación docente.

Explorar la sombra

Uno de los núcleos de su pensamiento es la necesidad de mirar de frente aquello que más
duele. Invoca a Carl Jung diciendo que no nos iluminamos imaginando figuras de luz, sino
haciendo consciente la oscuridad. Para Matousek, la negación puede funcionar un tiempo,
pero tarde o temprano “muerde por detrás”.

El duelo no procesado —la pérdida, la vergüenza, el miedo— termina dirigiendo la vida desde las sombras:

“Hasta que no abordamos ese material, nos preguntamos por qué repetimos patrones, por qué nunca estamos satisfechos, por qué no encontramos amor”. El duelo, explica, es una condición de crecimiento; solo quien atraviesa la pérdida puede avanzar con integridad.

Para Matousek, la escritura autobiográfica fue una forma de dignificar el sufrimiento, cita a Rilke:“debemos volvernos dignos de nuestros sufrimientos”. Eso implica transformarlos en obra, conversación, acompañamiento para otros; “no quería desperdiciar la dificultad”, afirma. Su público natural son las personas conscientes de su dolor y dispuestas a trabajar con él.

Judaísmo: forma y sustancia

Aunque nació en una familia judía y tuvo un bar mitzvá para complacer a su abuelo ortodoxo, Matousek confiesa una relación ambivalente con el judaísmo. La práctica formal, desprovista de experiencia espiritual viva, lo dejó frío. “Cumplíamos con las formas, pero no había nada debajo”, resume.

Conoce más del budismo que del judaísmo tradicional; practica meditación y pasó años estudiando filosofías orientales. Sin embargo, no reniega de su herencia, dice sentirse profundamente conectado con el corazón místico del judaísmo, especialmente a través de figuras como el rabino Zalman Schachter-Shalomi, referente del misticismo judío contemporáneo.

Su crítica no es a la tradición en sí, sino a la confusión entre forma y contenido. Las reglas —mezclar o no carne y lácteos, por ejemplo— pueden convertirse en sustitutos de la experiencia espiritual. Recuerda a su abuelo, un judío ortodoxo y estrictamente observante, pero extremadamente infeliz. “Para mí fue una advertencia. Eso es lo que pasa cuando sigues la letra de la ley pero olvidas el amor, la generosidad, la cooperación, los principios espirituales”, admite.

Aun así, reconoce una afinidad profunda con el judaísmo, basada en la conciencia del sufrimiento y la solidaridad ante la pérdida: “Los judíos saben que la vida es frágil y preciosa”, comenta. Haber estado al borde de la muerte reforzó esa percepción; desde entonces mira el mundo con la certeza de que nada está garantizado.

Sexualidad y espíritu

Lejos de oponer cuerpo y trascendencia, Matousek sostiene que la sexualidad puede ser parte de una vida espiritual plena. Todo depende de la mirada; si el otro es visto como un alma, un misterio, la relación cambia radicalmente. La espiritualidad —explica— libera la sexualidad de moralismos vacíos y la devuelve al terreno del juego, la intimidad y la presencia.

Observa con franqueza que muchas parejas abandonan la vida sexual no por falta de deseo, sino por rigidez, incapacidad de cambiar, de jugar, de ver al otro de nuevo. En ese sentido, la dimensión espiritual puede revitalizar vínculos que se han vuelto mecánicos.

Herramientas para una vida con sentido en tiempos de incertidumbre

Ante la incertidumbre, su consejo es concreto. Primero: presencia radical, “estar aquí y
ahora, sin quedar atrapados en el miedo al futuro o el remordimiento por el pasado”.
Segundo: comunidad. “Es en la sombra del otro donde florecemos”, cita a la expresidenta
irlandesa Mary Robinson, subrayando que la adversidad compartida fortalece. Tercero:
relativizar el materialismo.

Las crisis —como la pandemia— revelan que la conexión humana vale más que cualquier acumulación: “El materialismo puede ser una distracción terrible de lo que realmente importa”, advierte. Y añade una cuarta recomendación: “Apagar el teléfono y hablar con la persona que tienes enfrente”.

Un taller inesperado

Su visita a la Ciudad de México, invitado por Safe Space, fue una sorpresa; aceptó sin saber
exactamente qué encontraría y halló un público atento, culto y comprometido. Ciento cincuenta personas participaron en un taller de dos horas que, asegura, pasó en un suspiro y lo dejó con deseos de volver.

A lo largo de la entrevista, Matousek deja claro el papel del autoconocimiento como centro de la vida espiritual; se trata de preguntarse con honestidad quién soy realmente.

La propuesta de Matousek resulta necesaria; invita a mirar la sombra, a recordar que somos narradores de nuestra historia y a entender que el sentido no se alcanza acumulando respuestas, sino atreviéndose a formular las preguntas correctas. En ese proceso, la escritura deja de ser un ejercicio literario para convertirse en una práctica de conciencia, un espacio donde la verdad personal puede emerger sin artificios.

Al final, la verdadera transformación ocurre en el territorio íntimo donde cada persona decide mirarse sin máscaras.


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