Desde Tel Aviv, en medio de la escalada del conflicto entre Israel e Irán, la emergencia no solo se mide en sirenas, refugios y desplazamientos.
Hay otra crisis, silenciosa pero devastadora, el hambre. Así lo expone Gal Apel Alon, gerente de Alianzas Estratégicas de Leket Israel, en entrevista exclusiva con Enlace Judío.
Con más de dos décadas de existencia, Leket Israel se ha consolidado como el principal banco de alimentos del país. Su modelo combina eficiencia logística y compromiso social: rescata excedentes de alimentos —frutas, verduras y comidas preparadas— que, aunque no cumplen estándares comerciales, conservan pleno valor nutricional.
Estos alimentos provienen de agricultores, hoteles, comedores institucionales e incluso bases militares. A través de una red de más de 346 organizaciones asociadas, llegan semanalmente a más de 470,000 personas en situación de vulnerabilidad. Solo el año pasado, más de 120,000 voluntarios hicieron posible esta operación de gran escala.
El objetivo es garantizar acceso a una alimentación digna, saludable y suficiente para quienes más lo necesitan.
La guerra dispara la inseguridad alimentaria
Pero el escenario cambió drásticamente. “La demanda de alimentos ha aumentado de forma significativa y muy drástica”, explica Apel Alon. Las razones son múltiples: pérdida de ingresos, desplazamientos forzados, dificultad de acceso a puntos de distribución y el cierre de muchas organizaciones sociales.
El impacto es particularmente severo entre poblaciones vulnerables como adultos mayores, sobrevivientes del Holocausto, familias monoparentales y personas evacuadas.
“Hay gente que dependía completamente de estas comidas. Si no llegan al centro de distribución, simplemente no comen ese día”, afirma.
La crisis no solo incrementó la demanda, también redujo la oferta. Las restricciones de seguridad han limitado el acceso a campos agrícolas y centros logísticos. Agricultores y voluntarios, pilares del sistema, no siempre pueden operar.
El resultado es contundente, la recolección diaria de comidas calientes cayó de 8,000 a apenas 2,000. Además, de las más de 360 organizaciones asociadas, solo unas 170 permanecen activas:
“La operación se vuelve extremadamente compleja. Hay zonas a las que simplemente no podemos acceder”, señala.
Adaptarse o detenerse: el giro operativo de emergencia
Frente a este escenario, Leket Israel ha transformado su modelo de acción. Ya no basta con rescatar alimentos, ahora también los compra.
Este “cambio de mentalidad”, como lo define Epel Alon, implica una transición hacia un modelo híbrido que combina rescate y adquisición directa de productos agrícolas y comidas preparadas para compensar la escasez.
Además, han implementado soluciones innovadoras:
Vales de supermercado por 500 shekels para familias que no pueden salir de casa.
“Leket Express”, un sistema móvil que entrega cajas de alimentos directamente en comunidades sin acceso a ONGs.
Expansión de cobertura territorial para evitar aglomeraciones y garantizar acceso.
Todo esto, en cuestión de semanas.
El costo de sostener la emergencia
La magnitud del esfuerzo es también económica. Desde inicios de marzo, la organización ha distribuido 121,000 comidas y 1.5 millones de kilos de productos frescos.
Pero la emergencia exige más:
5,000 comidas adicionales diarias
125,000 kilos de productos frescos
Un costo extra aproximado de 1.5 millones de shekels por semana
Todo financiado exclusivamente mediante donaciones.
“Hemos tenido que ampliar nuestro presupuesto y comprar el doble. No podemos dejar a la gente sin comida”, enfatiza.
Una crisis dentro de la crisis
Más allá de las cifras, el testimonio deja ver la dimensión humana del problema. En medio del conflicto, hay personas —muchas de ellas ancianas— que no pueden siquiera llegar a un refugio, mucho menos a un centro de distribución.
“Pensar que alguien no va a comer hoy, en medio de todo esto… es algo que rompe el corazón”, confiesa Epel Alon.
Mientras Israel enfrenta amenazas externas, organizaciones como Leket libran otra batalla, la de garantizar que nadie quede atrás en lo más básico que es el derecho a alimentarse.
En esa doble resistencia —la que se libra en el frente y la que se sostiene en la vida cotidiana— se revela una de las fortalezas más profundas de la sociedad israelí, su capacidad de organizarse, adaptarse y responder incluso en los momentos más adversos, convirtiendo la solidaridad en una forma concreta de supervivencia colectiva.
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