Ruben Kaplan / La tregua no es el fin de la guerra

En medio del actual conflicto, algunos análisis —como los publicados por The Times of Israel— sostienen que Israel no ha logrado una victoria decisiva. Pero esa conclusión no se sostiene en el contexto actual. Lo que estamos viendo no es un desenlace, sino una fase dentro de un proceso más amplio, donde la presión militar, la diplomacia y la disputa narrativa se entrelazan. 

El núcleo del conflicto es la incompatibilidad entre Estados Unidos e Irán. Washington exige la entrega del uranio enriquecido, el fin del desarrollo misilístico y la apertura incondicional del Estrecho de Ormuz. Irán ha dejado en claro que no está dispuesto a aceptar esos puntos centrales. No hay base real para un acuerdo estructural.

En ese contexto, el inicio de negociaciones previsto para este sábado entre Estados Unidos e Irán —con el vicepresidente JD Vance al frente de la delegación estadounidense, acompañado por enviados como Steve Witkoff y Jared Kushner, y el canciller Abbas Araghchi encabezando la representación iraní— nace condicionado. No se trata de un proceso orientado a resolver diferencias, sino, en el mejor de los casos, a administrarlas.

La tregua debe entenderse dentro de la lógica de la hudna, término árabe que significa “calma” o “tregua temporal”, no paz definitiva. Históricamente, ha sido utilizada como una pausa estratégica para rearmarse, reorganizarse y ganar tiempo. Actores como Hezbollah y Hamas han recurrido sistemáticamente a esta práctica.

Las tensiones actuales lo reflejan con claridad. Irán y Pakistán acusaron a Israel de violar la tregua a raíz de sus acciones de represalia contra Hezbollah, mientras que países europeos como Francia y Alemania, entre otros, han instado a Israel a cesar esas operaciones para evitar una escalada mayor en la región. Sin embargo, Estados Unidos desmintió que Hezbollah y el Líbano formaran parte del acuerdo. No existe, por lo tanto, un entendimiento común sobre los términos de la tregua, sino interpretaciones enfrentadas que revelan su fragilidad.

En paralelo, y bajo presión de Estados Unidos, Israel ha accedido a iniciar lo antes posible conversaciones con el Líbano con el objetivo de poner fin al conflicto en ese frente. Pero ese eventual acuerdo tiene una condición central: el desarme efectivo de Hezbollah. Este requisito, ya contemplado en resoluciones internacionales, nunca fue implementado, y no existen indicios de que la organización esté dispuesta a deponer las armas.

El rol de Pakistán resulta particularmente revelador. Se presenta como mediador, pero su ministro de defensa calificó a Israel como “una maldición para la humanidad” y “un cáncer” parafraseando a  Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, a quien las principales universidades flamencas de Bélgica (Amberes, Gante y Libre de Bruselas) otorgaron un doctorado honoris causa conjunto el 2 de abril de 2026-.  Esta doble condición invalida su neutralidad y expone la dimensión ideológica del conflicto.

A esto se suma el modo en que se construye la percepción internacional. Antes del plazo fijado para las 20:00 en Washington, luego aplazado, Donald Trump escribió en Truth Social: “Una civilización entera morirá esta noche, para nunca más ser recuperada. No quiero que eso suceda, pero probablemente pasará”. La declaración fue tomada en sentido literal, amplificada y condenada de manera inmediata. Sin embargo, desde 1979, Irán ha sostenido reiteradamente la eliminación del Estado de Israel sin generar una reacción equivalente. Esta asimetría revela un doble estándar que distorsiona el análisis del conflicto.

La contención de la respuesta estadounidense puede explicarse también por factores operativos y políticos. Actores como Hamas y Hezbollah han utilizado sistemáticamente a la población civil como escudos. Irán intentó replicar esa lógica convocando a hombres, mujeres y niños —el mismo pueblo que había reprimido y asesinado en protestas internas— a rodear instalaciones energéticas estratégicas para disuadir eventuales ataques. Este tipo de prácticas introduce un costo humano deliberado que condiciona las decisiones militares.

En el plano internacional, decisiones como la de España de avanzar en la apertura de su embajada en Irán reflejan una memoria selectiva. Europa fue escenario de uno de los atentados más brutales de su historia reciente en Atocha, en Madrid, en 2004, y sin embargo hoy ciertos posicionamientos parecen desconectados de aquella experiencia. Al mismo tiempo, dentro de Estados Unidos, sectores del Partido Demócrata muestran una creciente oposición a la guerra, con encuestas que indican que cerca del 70% de sus votantes mantienen una postura crítica hacia Israel. Este dato condiciona la política exterior y limita el margen de maniobra de Washington.

En este contexto, hablar de fracaso resulta prematuro. No hay una victoria definitiva, pero tampoco una derrota. Lo que existe es un conflicto abierto, atravesado por posiciones irreconciliables, treguas frágiles y mediaciones condicionadas. Si esas condiciones no cambian, la tregua será necesariamente breve. La guerra no ha terminado, y todo indica que su reanudación podría ser no una posibilidad lejana, sino un escenario inminente.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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