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lunes 22 de junio de 2026

Rubén Kaplan / Sin el desarme nuclear iraní, no hay fin de la guerra

Las negociaciones en curso en Medio Oriente no conducen a la paz. En el mejor de los casos, solo derivan en pausas transitorias dentro de un conflicto que permanece abierto en todos sus frentes. La idea de un cierre cercano de la guerra no solo es prematura: es, en las condiciones actuales, ilusoria.

En el norte, Hezbollah actúa como un frente activo y un actor de veto permanente. No solo mantiene su capacidad militar, lanzando de forma sistemática misiles y drones contra la población civil del norte de Israel, sino que ha anunciado su disposición a sabotear cualquier entendimiento entre Líbano e Israel. Mientras Hezbollah continúe armado, hablar de acuerdos es una ficción diplomática. 

En Gaza, Hamas ya ha dejado claro que no está dispuesto a desarmarse. Esto convierte cualquier intento de alto el fuego en una pausa táctica, pero no en una solución estratégica. Sin desarme, no hay final de la guerra, solo intervalos antes de su reanudación.

Pero el verdadero eje del conflicto no está ni en Gaza ni en el Líbano. Está en Irán.

Las propuestas iraníes para poner fin a la guerra han sido rechazadas porque eluden lo esencial: Teherán no está dispuesto a renunciar a su programa nuclear ni a entregar el uranio enriquecido que posee. Este punto no es negociable. Es el núcleo del problema.

Altos mandos israelíes han sido categóricos: si el uranio enriquecido no es eliminado o retirado, cualquier resultado militar será un fracaso. Porque Irán conservaría la capacidad de reconstruir su programa nuclear en poco tiempo, reinstalando la amenaza en el centro del escenario regional.

Esto redefine la guerra en términos absolutos. No se trata únicamente de contener a Hamas o disuadir a Hezbollah. Se trata de impedir que Irán alcance una capacidad nuclear que modificaría de manera irreversible el equilibrio estratégico en Medio Oriente.

A este escenario se suma un elemento de alcance global: la situación del estrecho de Ormuz. Por esa vía transita una parte sustancial del petróleo mundial, y cualquier restricción o alteración en su circulación por parte de Irán tiene consecuencias sobre la economía internacional. La presión sobre Ormuz no es solo un recurso táctico, sino una herramienta de disuasión estratégica que amplía el conflicto más allá del plano regional.

En este contexto, las negociaciones actuales no resuelven el conflicto: lo postergan. Mientras el programa nuclear iraní permanezca intacto, cualquier acuerdo será, en el mejor de los casos, una tregua precaria.

A esto se suma un factor decisivo: la incertidumbre sobre el futuro respaldo de Estados Unidos. La posibilidad de un cambio en la política exterior norteamericana obliga a Israel a prepararse para escenarios en los que deba actuar sin apoyo pleno.

En ese marco, el suministro por parte de Estados Unidos de aviones cisterna Boeing KC-46 Pegasus —que Israel comenzaría a recibir en el corto plazo— no es un dato técnico menor. Se trata de una capacidad estratégica que permite reabastecimiento en vuelo y amplía significativamente el alcance operativo de la aviación israelí, particularmente en escenarios de larga distancia como Irán.

Esto no solo mejora capacidades: anticipa escenarios. Indica preparación para operaciones que podrían ejecutarse sin intervención directa estadounidense.

Israel enfrenta así una realidad ineludible: múltiples frentes activos, actores que rechazan cualquier desarme efectivo y un adversario central que persiste en su ambición nuclear.

La conclusión es clara: mientras Irán conserve su programa nuclear —y en particular su capacidad de enriquecimiento— la guerra no podrá cerrarse.

No estamos ante un conflicto en resolución, sino ante una guerra estructuralmente inconclusa.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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