Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026

Rabino Yosef Bitton / Yom Hashoá: Día del Recuerdo del Holocausto

Mis padres no nacieron en Europa, tampoco mis abuelos. Vengo de una típica familia sefaradí. Del lado materno, mis ancestros vienen de Siria y del lado paterno, de Marruecos. Ninguno de mis parientes cercanos fue enviado a un campo de concentración, ni falleció en una cámara de gas. Mis padres, mis hermanas y yo, todos nacimos en Argentina. No vivimos directamente la experiencia de la Shoá, ni tenemos sobrevivientes en nuestras familias.  

Aprendí sobre la Shoá en la escuela a la que asistí en mi ciudad natal, Buenos Aires: el colegio secundario Talpiot, que siempre recuerdo con mucho cariño, en la calle Azcuénaga al 700. Cada año nos hacían mirar unas películas documentales en blanco y negro. Eran los filmes reales filmados por los mismos nazis, si no me equivoco. Mis compañeros y yo veíamos horrorizados las imágenes de los trenes de la muerte, los cadáveres, los hornos crematorios, las cámaras de gas. Nunca me voy a olvidar de aquella escena que mostraba a un grupo de niños de edad escolar, acompañados de un maestro, ingresar inocentemente a un camión del ejército alemán, del cual nunca salieron vivos, pues para hacer el trámite de su asesinato más expeditivo, los nazis dirigían los gases de monóxido de carbono hacia adentro del mismo. Lloré, y mucho… por el horror que sufrieron nuestros hermanos en manos de los humanos más inhumanos que conoció la historia, yemaj shemam…

Pero lo que más recuerdo, y lo que hizo que mi experiencia de la Shoá se transformara en algo “personal“, ocurrió el año en que nuestro director, el Sr. Eliezer Shlomowitz, z”l, invitó a un sobreviviente del Holocausto a hablar con nosotros (era probablemente el año 1977). Hay que tener en cuenta que en ese tiempo no era habitual que los sobrevivientes de la Shoá hablaran en las escuelas.

El invitado era un hombre anciano. Le costaba hablar en español y se podía ver que no tenía un discurso memorizado. Quizás era la primera vez que hablaba en público. Si bien recuerdo vívidamente la experiencia de haberlo escuchado, me avergüenza confesar que no me acuerdo de todos los detalles de su historia personal. Ni su nombre. Ni si creyó necesario mencionarlo. Después de contarnos su holocausto personal, cómo perdió a sus padres, a sus hermanitos y prácticamente a todos sus seres queridos, y cómo pudo escapar de Auschwitz, este hombre de avanzada edad nos dijo más o menos esto:

Ustedes no han vivido la Shoá personalmente, gracias a Dios. Pienso, temo, que quizás para ustedes la Shoá pueda algún día convertirse solo en un capítulo más de la historia judía moderna. Una historia que quizás pueda ser refutada, cuestionada o negada por nuestros enemigos. Y por eso quiero que entiendan que el esfuerzo de nuestros enemigos por negar la historia es el primer paso para intentar repetirla. Y ustedes nunca pueden permitir que eso suceda. No alcanza con ‘aprender’ sobre el Holocausto. Ustedes tienen que ser testigos de la Shoá. Todos ustedes. ¿Por qué? Porque la historia se puede negar y los documentos pueden ser cuestionados. Los únicos que podrán proteger la memoria de la Shoá son los testigos de la Shoá. Hoy, han escuchado mi historia. Y también me han visto. Y han visto mis ojos… Ahora ustedes cargan sobre sus jóvenes hombros una nueva y tremenda responsabilidad. Hoy, ustedes se han convertido en testigos presenciales de la Shoá. ¿Cómo? Les voy a explicar. Mis ojos vieron la Shoá. No la vieron en blanco y negro. Mis ojos vieron el verde oscuro de los uniformes nazis, el gris metálico de sus fusiles, los dientes amenazantes de sus perros ovejeros y el rojo de la sangre de nuestros seres queridos. Mis ojos vieron la muerte en todos sus horribles colores. Mis ojos vieron un tipo de horror que mis palabras no pueden describir. Y ahora quiero que ustedes miren mis ojos. Para que desde hoy puedan decirle a los demás, y para que algún día le cuenten a sus hijos: ‘Yo no he visto la Shoá. Pero mis ojos han visto a los ojos que vieron la Shoá. Y ahora, hijo mío, mira mis ojos y conviértete en un testigo más’.”

Cuando terminó de hablar, se arremangó la camisa y nos invitó a que contempláramos su número de prisionero. Era la primera vez que veíamos un número tatuado en la piel humana. Yo me acerqué a él un poco más y me obligué a mirar sus ojos. Eran pequeños, grises, tristes, fatigados y apagados. Había algo vacío y ausente en esa mirada. Les faltaba “vida”. Y allí fue cuando me di cuenta de que en los cansados ojos de ese anciano, yo había presenciado un reflejo, o una pequeña y oscura sombra del horror de la Shoá. Y desde entonces me convertí en un testigo. La Shoá se convirtió en parte de mi experiencia personal. Y con el tiempo me di cuenta de que yo también era un sobreviviente.

________________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío