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sábado 18 de julio de 2026

Alejandro Klein / El surgimiento del cristianismo y su relación con el antisemitismo – Tercera parte: Judaizar la muerte de Jesús

Es innegable el hecho de que Jesús era judío totalmente convencido de su fe y de la Torá. Lo mismo se aplica a los apóstoles y la primera generación de cristianos, cristianos-judíos, que hacia el año 150 van perdiendo poder y hegemonía frente a los cristianos- gentiles, aquellos a los que dedicó su prédica Pablo de Tarso.   

A partir de ese momento era obvio que la Iglesia tuvo un interés primordial en separar cada vez más a Jesús de sus orígenes judíos, transformándolo en un Dios o en Dios mismo.

Lo curioso es que creo entender que al mismo tiempo que dejuidaizaba a Jesús, es como que el judaísmo seguía presente, pero esta vez culpándolo cada vez más de los sucesos que llevaron a la muerte y crucifixión de Jesús.

La hipótesis que manejo es que ambos procesos se dieron de forma simultánea y alcanzaron su culminación casi al mismo tiempo: Jesús transformado definitivamente en Dios en la obra de Agustín de Hipona (354-430) y la judaización de la muerte de Jesús en Ambrosio de Milán (340-397).

Concentrémonos ahora en la judaización de la muerte de Jesús.

A muchos críticos les cuesta admitir que Jesús haya sido detenido en la noche de Pascua, juzgado por el Sanhedrín de mañana temprano, conducido delante de Pilato y crucificado en ese primer día de los panes sin levadura, que era la fiesta más solemne del judaísmo; que ese mismo día Jesús, conducido al Gólgota, haya podido encontrar a Simón el cireneo que regresaba del campo y que haya consentido en llevar la cruz; que José de Arimatea haya comprado una mortaja y las santas mujeres bálsamos odoríferos para el embalsamiento; y que en fin José de Arimatea lo hubiera puesto en una tumba aún provisoria, y todo en ese día sagrado.

La concatenación tan rápida y ardua de sucesos hace que se sospeche de los mismos, pues se quiere dar a entender que todo fue claramente documentado y vivido.

Pero en realidad, según los únicos documentos a que podemos referirnos, sus discípulos quedaron en ese momento de tal modo perturbados, que se dispersaron; de manera que no fueron más testigos de dichos sucesos. La misma tradición cristiana aunque fijada, desde temprano, no sabe decirnos otra cosa nada más que esto: juicio y crucifixión, todo se hizo con muy grande rapidez, en presencia de una multitud hostil, y el cuerpo del crucificado fue depositado provisoriamente hasta que hubiera pasado el shabat, que siguió inmediatamente al día de Pascua. Y cuando hubo pasado el shabat, había desaparecido el cuerpo de Jesús, no sabiéndose lo que él había llegado a ser.

No hay en los relatos evangélicos ninguna huella de una condenación regular, sino simplemente la búsqueda de los medios de hacer morir a Jesús. Los sacerdotes le conducen al Tribunal de Pilato no para pedir la ratificación de una sentencia del Sanhedrín, sino para acusarlo, y es la multitud la que reclama la aplicación de la pena romana de la crucifixión.

El relato de Lucas, más amplificado, más alejado también de la realidad, supone ya una reunión más completa del Sanhedrín (22, 66). Pero se puede juzgar de su precisión histórica, cuando se ve que coloca en la misma mañana la reunión del cuerpo de ancianos y de los escribas, la denuncia de Jesús a Pilato por los sacerdotes, el envío de Jesús de Pilato a Herodes, la comparecencia ante éste, el retorno de Jesús a Pilato, una convocación de los sacerdotes, de los arcontes y del pueblo en el tribunal de Pilato, la condenación pronunciada por éste, la marcha de Jesús hasta el Calvario situado fuera de Jerusalén, todo esto de mañana temprano, puesto que a la hora sexta, o sea, a mediodía, Jesús ya está en la cruz (23, 44).

Todo lo anterior muestra claramente que los relatos evangélicos que describen la historia de la Pasión, han sido adulterados, puesto que se ha buscado hacer recaer sobre los judíos la responsabilidad de la muerte de Jesús, descargando de la misma a la autoridad romana, insistiendo en que Pilato estaba convencido de la inocencia de Jesús y que sólo debió permitir la crucifixión de éste por la irresistible presión de las autoridades judías y del populacho judío. En efecto, son esas autoridades que deciden obrar contra Jesús (Marc. 14, i, 2); que con alegría reciben la proposición de Judas de realizar sus designios (Marc. 14, 10-11); fue una turba de judíos que con espadas y palos, arrestan a Jesús (Marc. 14, 43); y lo conducen al sumo sacerdote (Marc. 14. 55), el sanedrín unánimemente lo condena a muerte (Marc. 14, 64).

Añadido a esto tenemos el tema del discípulo que traiciona, hecho vaticinado por el mismo Jesús en la llamada última cena (que como tendré ocasión de desarrollar en otro trabajo no tuvo nada que ver con la festividad de Pesaj) (Marcos 14, 18-21), discípulo que se ligó al nombre de Judas Iscariote. Pero dudo de la veracidad del episodio en cuestión, es decir que haya existido. Entiendo en realidad que es una aplicación del Salmo 41, 9: “el que comía mi pan, ha levantado contra mi el calcañar” que ha sido desde temprano aplicada a Judas (Juan 13, 18). Debe haber sido bajo la influencia de este pasaje que se ha imaginado el anuncio de la traición y que se le ha relacionado a la última comida.

El recurso es frecuente en los evangelios sinópticos, especialmente en la época primitiva del mismo en que era primordial demostrar que a la figura de Jesús se le aplicaban todas las profecías, las escrituras y hasta comentarios anodinos de la Biblia, todo lo cual daba legitimidad al mismo y por extensión al grupo de los judíos-cristianos.

Es claro que el nombre Judas Iscariote tenía directa relación con Judá, los judíos y el judaísmo y era una forma de concluir y redondear claramente las acusaciones de Lucas y Marcos de que Jesús había muerto por culpa de los judíos. Es pues una figura inventada y tan es así que los evangelios nunca mencionan ni aclaran sobre su unión al grupo de seguidores de Jesús.

Señalemos inclusive que Pablo dice en relación a la resurrección de Jesús: “Que fue levantado al tercer día, de acuerdo a las escrituras, y que se apareció a Cefas y luego a los doce” (1 Cor. 15:4-5). Los “doce” pues alcanza a Judas, si es que éste existió. Lo importante es que parece necesario concluir que Pablo nunca había oído la acusación de que uno de los doce había traicionado a Jesús

Pero la concatenación funesta ya estaba hecha y desde al menos el año 300 para los cristianos ya no había duda al respecto: Jesús había muerto de forma infame por el infame pueblo judío.-
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